martes, septiembre 17, 2019

El amor de Dios es eterno (1958)

La eternidad del amor divino una cosa nos asegura: que Él nos precedió. El amor de Dios no es consecuencia de algo; antes de que nosotros existiéramos, de que existiera el mundo, Él ya nos amaba. ¿Somos conscientes del significado de esta verdad?

Si Él nos ha amado siempre no puede sino continuar amándonos, porque el amor con el cual Él nos ama es el mismo amor con el cual Él se ama. Entonces, si es el amor con el cual Él se ama, ¿cómo puedo pensar que jamás me ha amado a mí? No hablo de “mí” en cuanto independiente de Él, porque, amándome, de hecho Dios me hace uno consigo mismo. El acto de amor divino no es sólo el acto por el cual Él se dona a la creatura, sino el acto por el cual Él atrae la creatura a su íntimo. El acto del amor de Dios, del amor del Padre, es el don de su único Hijo al mundo, pero ¿qué significa esto? Significa que Dios asume la naturaleza humana. Vemos entonces que el acto de amor de Dios con el cual Él se dona, es también el acto de amor por el cual ama, porque amando, verdaderamente lleva a la creatura dentro de sí mismo. Precisamente porque el amor de Dios es así, no podemos y no debemos temer.
 Él nos ama como se ama a sí mismo. Si Él nos amara de un modo diferente, dudaríamos de ser amados y de ser amados por Él, pero si nos ama como a sí mismo, su amor es inmutable, nada lo puede cansar, nada puede hacer que se agote este amor. Podría dejar de amarnos, cuando ya no pueda amarse a sí mismo.
[…] Él nos ama eternamente. Mirad que esta verdad nos radica en lo más íntimo de la vida divina y en el centro del ser mismo de Dios; estamos como radicados, plantados en el corazón mismo de la Divinidad. Es verdad, nuestro pecado nos separa de Dios, pero no separa a Dios del amor con el cual Él se ama, no le quita a Dios poder amarnos con un amor eterno, mientras estemos en la tierra. Permanecer en este mundo quiere decir permanecer en una economía de salvación, en una economía de anuncio.  ¿Qué quiere decir “Evangelio”? “Buena nueva”, el mensaje de amor de Dios.
 Entonces, mientras permanezca en el mundo, escucho este mensaje. Por eso los predicadores hacen mal cuando dicen: «¡Dios podría cansarse!». Dios jamás se cansa; eres tú el que, cayendo con la muerte en un mundo en el cual todo es definitivo y ya no hay mensaje, ya no hay anuncio, en el cual Dios ya no ofrece el amor, sino que fija ya las cosas para siempre allá donde están, eres tú el que, cayendo en esta otra economía, te excluyes para siempre de Dios.
 Mientras viva en este mundo, estoy llamado a ser incorporado a Cristo, a ser asumido por Él, a ser uno con Dios. ¡No sólo yo, todo hombre! Dios nos ha amado eternamente: «In caritate perpetua dilexi te» (Jr 31,3). Lo que le dice Dios a Israel, no es más que el eco de lo que le dice el Padre a su Hijo, porque con un amor eterno, con un amor divino, Dios no puede amarse más que a sí mismo. El Padre ama al Hijo, el Hijo, al Padre, eterna, inviolable, indefectible e inmensamente con un amor único e inmenso; es el eco de esa palabra, es más, es esa misma palabra, ese mismo amor, porque yo en realidad soy visto por el Padre como una sola cosa con Cristo, aunque soy pecador; de lo contrario ofenderíamos a Cristo, porque Jesús asumió verdaderamente todos mis pecados, no sólo los que he cometido, sino también los que podría cometer: todos.
De modo que no existe un “basta” al amor de Dios, mientras yo viva acá en la tierra.

Retiro del 26 de diciembre de 1958 en Venecia

Toda la vida cristiana es un sacerdocio (1982)

Todos los cristianos, así como somos profetas – es decir, testigos, reveladores del Padre como declaramos en la Oración de los Encuentros – así también somos sacerdotes y debemos ejercer nuestro sacerdocio. Todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo, no sólo porque revelamos a Dios, sino porque actuamos. ¿Qué actúa el sacerdocio? Realiza el sacrificio y con el sacrificio santifica; así nos debemos santificar también nosotros mismos y de alguna manera preparar el sacrificio de los demás, como lo hace el sacerdote, de manera que la ofrenda a Dios sea ofrenda de todo lo que entra en comunión con nosotros […]. La primera tarea de nuestro sacerdocio, según san Pablo es: «Ofreced vuestros cuerpos como un sacrificio» (Rm 12,1), es este ofrecernos nosotros mismos. La santificación es vivir el sacrificio de nosotros mismos […].

Vivimos el amor cristiano solamente cuando vivimos nuestra vida como sacrificio, como ofrenda. “Ofrenda”, porque, en la medida en que nos donemos, nos santificamos y el amor que nos santifica es el amor mismo de Dios que es un amor oblativo. La santidad es solamente la perfección de la caridad y la perfección de la caridad es el sacrificio […].

Que tu trabajo sea el ejercicio de tu caridad: eso es lo que quiere el cristianismo. Por lo tanto, no vivas tu misión en el trabajo como una necesidad para sacar adelante a tu familia; y, si hay necesidad, también esto se vuelve un servicio al amor, dado que lo haces por tu familia, pero no es justo, porque el trabajo en sí mismo se debe vivir como compromiso de amor. Por eso digo que debéis amar las calles, las piedras, debéis querer el bien de la ciudad; no se trata solo de hacer vuestro trabajo a conciencia para luego recibir el sueldo a conciencia al final del mes, pues eso sería muy poco. Como cristianos estáis llamados a vivir vuestro trabajo como oblación sacerdotal. Nunca lo pensamos pero es así: el trabajo es una misión y una misión cristiana.

Pensemos en una modista; cuando hace un vestido, ¡cómo debe alegrarse pensando en lo bonito que le quedará a la persona que lo vestirá! Porque ella debe desear que los demás vistan decorosamente, que vistan con elegancia; porque es propio de la mujer el deseo de mostrarse también en el vestir, en su postura. No para atraer a los hombres, sino porque incluso la nobleza, la dignidad del modo de vestir conviene a la dignidad de la persona humana, de una hija de Dios.

No debéis ser desaliñados, descuidados en el vestir. Daos cuenta de que en todo lo que hacéis debéis vivir un servicio de amor, no para vosotros mismos, sino para los demás. También el testimonio que dais es para los demás, porque la persona descuidada nunca revela la belleza de Dios.

Preparar la comida es un servicio, mantener la casa dignamente, vivir vuestro trabajo en la relación con los demás. Que todo sea transformado verdaderamente en un sacrificio, en una oblación de amor. Este es el ejercicio de vuestro sacerdocio, porque la Misa dura toda nuestra vida y es nuestra participación en el Sacrificio de Cristo que vivimos solamente en la medida en que vivamos el mismo amor que Él vivió. ¿Cómo participamos en la muerte de Cristo? Participando de su amor sacrificial, participando de este amor por el cual Él se donó […].

Vuestro sacerdocio es: transformar toda vuestra vida en un acto de ofrenda, ofrenda a Dios, primero que todo, porque el sacrificio no puede tener otro fin sino Dios, aunque no es el único fin. El sacrificio de Cristo, de hecho, tuvo también un segundo fin, es decir, la salvación del mundo. Así vuestra vida no puede ser solamente un acto de sacrificio a Dios, de alabanza, de adoración, sino que debe ser también un acto de propiciación, de intercesión, de ayuda, de amor a los hermanos, al trabajo, a la ciudad, a la sociedad, a la naturaleza […].

El sacerdocio es el poder que tenéis para llevar a Dios toda la creación en su belleza, a fin de que glorifique a Dios en su salvación: este es el fin de la ecología, porque ella también es un servicio de amor. Pero si tiráis papeles al piso, no ejercitáis vuestro sacerdocio, pues también los prados deben mantenerse limpios.

Tened en cuenta que nuestro sacerdocio nos compromete en relación con todas las cosas, en relación con la sociedad, con el hombre, y no sólo en lo relacionado con su alma. En la educación del niño la mamá ejerce su sacerdocio; la formación de un niño es un acto sacerdotal.

Todo es un sacerdocio, toda nuestra vida cristiana.

Biella, Retiro del 9 al 10 de enero de 1982 

La pena màs grave (1984)

La Iglesia es la esposa y al mismo tiempo cada uno de nosotros es la esposa, porque cada uno de nosotros es toda la Iglesia. Dice san Pedro Damiani: In ómnibus una, una en todos, pero también in síngulis tota, toda en cada uno. Yo soy toda la Iglesia y cada uno de vosotros es toda la Iglesia en la medida en que se realiza nuestra vocación a la santidad.

¿Qué quiere decir ser toda la Iglesia? ¿Qué le da la humanidad a Cristo? La muerte, los pecados. ¿Qué nos da Cristo? Su vida divina, su Espíritu.

¿Qué debemos llevar a Cristo? No sólo nuestro pecado, sino el pecado de toda la humanidad. Sintámonos responsables de todo el pecado del mundo para ofrecérselo a Él y obtener para todos misericordia y perdón. La misericordia que deseamos para nosotros, no la podemos separar de la que debemos desear para los demás, para todos.

[…] Todos debemos sentirnos comprometidos a vivir esta co-redención, asumiendo junto a Jesús el peso del pecado del mundo. Peso que Jesús de alguna manera recibe de nosotros, ya sea porque nosotros mismos somos pecadores, ya sea porque también el pecado que no hemos cometido es en cierto modo nuestro, por el hecho de que somos una sola cosa con todos. No podemos separarnos de los demás. Por eso, el pecado de todos es asumido por Cristo a través de nosotros. Eso es lo que quiere decir vivir la dimensión eclesial de la Eucaristía, vivir la solidaridad con el pecado humano.

Es impresionante la oración de Gregorio de Narek en la cual él se acusa a sí mismo, página tras página, de los pecados más graves: violaciones, asesinatos, adulterios, sacrilegios innumerables. ¡Queda uno sin respiro! Sin embargo, no podemos separarnos de ninguno. Convirtiéndonos en la esposa de Cristo por medio de la Eucaristía, cada uno de nosotros se convierte en toda la humanidad que Él llama de nuevo a la unión con Él.

[…] Es ésta la solidaridad que la Comunión debe despertar en nosotros, dándonos el sentido del pecado universal, para llevarlo a Cristo, porque Él lo desea de cada uno de nosotros. Debemos sentirnos cubiertos, oprimidos por la responsabilidad del pecado universal, para que a través de nosotros, a quienes Él ama, el pecado sea redimido, sea cancelado y, por medio de nosotros, Dios tenga misericordia de todos. Porque nosotros somos todos.

[…] Santa Teresa del Niño Jesús asume el pecado de su tiempo, la incredulidad: debe vivir la angustia terrible de la falta de fe, como si Dios no existiera. Ella misma dice, de hecho, que ya no cree. Usa precisamente esta expresión. Ciertamente creía, si no ¿cómo podía estar allí? ¿Cómo hacía para vivir la vida de oración? Sin embargo, era como si no creyera; tanta era su pena, tanta era su angustia. El pecado del mundo le pesaba con todos sus efectos, dándole el sentido de la irrealidad del mundo divino.

Es la pena más grave que un alma pueda sufrir. De hecho, ésta es precisamente la purificación que Dios pide hoy a las almas. Santa Teresa de Jesús no la conoció ni tampoco san Juan de la Cruz, mientras que santa Teresa del Niño Jesús, que vivió en una época en la que crecía la incredulidad, vivió este sentido de la ausencia de Dios, de la muerte de Dios, para usar un lenguaje propio de cierta teología moderna.

Y también vosotros, en la medida en que viváis la unión nupcial con Cristo, viviréis este drama, porque el pecado del mundo os debe oprimir, no porque lo hayáis cometido, sino porque estáis llamados a cargar con el castigo: el abandono del Padre. Sentirse como suspendido en el vacío, sentir inútil, quizá absurda, la propia vida es la pena que pueden probar las almas religiosas de hoy y que no probaron las de hace siglos.

¿Qué nos permitirá resistir? La gracia de Dios. Esta gracia nos permitirá vivir también la muerte, porque la unión con Cristo se realiza en su muerte. El tálamo de las nupcias con Él es la Cruz, en la cual nos acostamos como Él lo hizo. Quizá no es muy agradable, pero ¡es así como se ama!

Con esta muerte, el alma vive realmente la unión, porque con la muerte dona a Cristo lo que ella es o lo que tiene. Y Cristo nos dona lo que Él es: el Amor. 

Del libro: Spiritualità carmelitana e sacramenti, 1984

Bondada y belleza (1984)

En san Juan de la Cruz, así como en el cuarto Evangelio, predomina la función reveladora del Verbo encarnado. Se ha hablado siempre sobre la importancia que tiene, para este Santo, el atributo de la belleza en el conocimiento de Dios. A través del Verbo encarnado «se verá» la «bondad» del Padre, «su grande potencia, justicia y sabiduría», pero, sobre todo, el mismo Verbo enterará al mundo de la Belleza, la Dulzura y la Soberanía de Dios. La Bondad es aparte: parece que de la Bondad toman origen dos series de tres atributos de Dios [potencia, justicia, sabiduría; belleza, dulzura, soberanía]. La Bondad ciertamente está casi por «amor», como en san Francisco; entonces, más que un atributo, es el nombre de la misma naturaleza de Dios. Los atributos son los aspectos de Dios al actuar en el mundo y al revelar a su Rostro a las creaturas. En esta revelación del Verbo divino, la Belleza, al principio de la segunda serie de atributos, parece concluir y resumir todo conocimiento de Dios. Así, en la palabra del Hijo que responde al Padre, aprobando plenamente su plan, se acentúan principalmente Bondad y Belleza […].

El Padre dispone dar una esposa al Hijo y Él corresponde a ese don con la revelación de la Bondad y la Belleza del Padre. La revelación es la misma glorificación.

La oración sacerdotal de Jesús en el cuarto Evangelio termina con las palabras: «Padre […] les di a conocer tu nombre y aún lo haré conocer, porque el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).

En el conocimiento de Dios está el proceso de la vida divina. El Verbo divino comunicará a la creatura, su esposa, todo su bien que es el conocimiento del Padre. Un conocimiento vivo en el amor.

La única propiedad de toda Personas divina es ser relación infinita de amor hacia la otra Persona correlativa. La propiedad del Hijo es la de ser Hijo. En el Hijo de Dios, la esposa se convierte en hija, será, con el Hijo y en el Hijo, un único Hijo unigénito. No sólo hablará del Padre, sino que dirigirá y llevará a la esposa hasta el Padre. Al comienzo, el Verbo encarnado habla del Padre: «Iré a decirlo al mundo – dice – y le hablaré de tu belleza». Y de verdad el Verbo no habla de Sí mismo, no revela a Sí mismo, sino que dice el nombre del Padre. Pero, en últimas, anuncia: «La sacaré del abismo de su miseria y la dirigiré hacia ti». El Hijo se dirige hacia el Padre, está frente a su Rostro. En su unión nupcial con el Hijo de Dios, la esposa participará en la relación de amor infinita entre el Hijo y el Padre. La esposa mirará al Padre con los ojos del Verbo.

La vida cristiana termina con la alabanza al Padre. Hechos una sola cosa con el Hijo, nosotros mismos seremos con Él alabanza de su gloria, viviremos con el Hijo en el seno del Padre.

Por la encarnación del Verbo, el hombre entra en el misterio de Dios; con el Esposo, la esposa penetra en este infinito misterio de amor y es arrastrada en la corriente infinita de amor que pasa de una Persona divina a la Otra. Nuestra relación no termina en el Hijo, si el Hijo es pura relación de amor con el Padre.

Es la vida divina: la transfiguración del ser, la luz, la alegría de la cual habla san Juan. Evidentemente esta relación de amor no puede ser otra cosa sino fuente de gozo, fuente de luz, fuente de eternidad. Sin embargo, la luz, la alegría, son fruto, efecto de lo que es esencial en la vida divina: ser relación de amor. La naturaleza de la vida cristiana es ser relación con el Hijo de Dios.

Según san Juan de la Cruz, la unión nupcial transforma al amante el cual se parece cada vez más al amado. Es más: transforma al amante en el amado y al amado en el amante.

De La teologia spirituale di san Giovanni della Croce, 1990  

“Una esposa que te ame…” (1990)

«Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería, / que por tu valor merezca…» (inicio del tercer Romance de san Juan de la Cruz). Si el Padre quiere donar una esposa al Hijo, el Hijo será el Esposo que se dona a la esposa y ella deberá donarse al Esposo.

No existe otro vínculo entre la esposa y el Esposo, excepto el del amor. «Una esposa que te ame»: ¿Qué quieren decir estas palabras? Suponen que la unión nupcial se debe cumplir con una doble donación: la del Esposo, porque la creatura no podría ser la esposa del Hijo de Dios si el Hijo no la amara y no se donara primero; pero también la de la esposa que responde al amor del Esposo con su mismo amor. Con esta donación recíproca se consuma la unión.

Es necesario que el mismo amor reine tanto en el uno como en la otra; en este amor se une el esposo a la esposa y la esposa al esposo. Así como el Espíritu Santo es la Unidad del Padre y del Hijo, así en el Espíritu Santo se cumple la unión del Esposo, que es el Hijo de Dios, con la esposa que es la creatura. En el acto de ese amor que orienta a los esposos el uno hacia el otro y realiza la donación recíproca del uno al otro es como se cumple la unión. El Padre celestial, en el designio de darle al Hijo una esposa, determina también que la esposa lo ame. No es solo el Esposo el que ama, también la esposa amará al Esposo. Y podrá amar al Esposo con el amor que Él “merece”, porque su amor es del Espíritu Santo.

Cuando la persona creada se convierte en la esposa de Cristo, sucede lo que dice el Padre: tal esposa «que, por tu valor, merezca / tener nuestra compañía». Si te casas, pierdes tu apellido y tomas el de tu esposo. Con el matrimonio la esposa pierde su apellido y adquiere el del esposo. Por el valor y la dignidad del Esposo, la esposa misma entra en el mundo de Dios, «en compañía» no sólo del Hijo sino también del Padre. El mismo Hijo la levanta y la lleva con la fuerza de su Espíritu. Si la esposa adquiere la dignidad del Esposo, ella, entonces, para el Padre cuenta lo mismo que cuenta el Hijo de Dios. El Padre ya no separa lo que el Amor ha unido. La esposa es verdaderamente una sola cosa con el Esposo, posee su misma riqueza y vive su misma vida. Por esto entra en el misterio inaccesible de Dios, es admitida a vivir su comunión con el Padre. Inseparable del Hijo, ella se vuelve en Él también inseparable del Padre. Ella es generada por el Padre en la misma generación del Hijo, y con el Hijo vive en el abismo de Dios, en pura relación de amor al Padre. No es que se multipliquen las Personas divinas, sino que la esposa ya no es extraña a la compañía de los Tres, su vida es la misma vida de Dios.

El designio de Dios depende todo de la libertad del amor, del amor del Padre que quiere donar una esposa a su Hijo, del amor del Hijo que quiere a la esposa. La libertad, sin embargo, nada le quita a la realidad del amor. No sería amor si no fuera libre, pero, ya que es el amor de Dios, es también un amor infinito y nada excluye en la donación de Sí mismo que Dios hace como Esposo a la esposa.

Si la esposa se nutre del mismo pan del Padre, entonces conocerá a su Esposo como lo conoce el Padre y en este conocimiento gozará de su posesión. En la posesión de su Esposo, ella vivirá la plenitud de todos sus bienes, así como los conoce y los disfruta el Padre: «a fin de que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo / de tu gracia y lozanía».

En realidad, como escribe el apóstol Juan: «El Hijo de Dios es la vida eterna» y en el Hijo de Dios es que el hombre posee esta vida que también es la vida del Padre. El Hijo se donará a la esposa y se convertirá en todo su bien, así como Él es el bien del Padre. La vida de la esposa es solo el Esposo. El conocimiento de Dios no puede multiplicar a Dios en una vana imagen de Él; su verdadero conocimiento no puede ser otra cosa que la posesión de Dios, no puede ser sino su morada en el hombre.

A las palabras del Padre el Hijo responde: «Mucho me agrada, Padre». Libertad en el Padre, libertad en el Hijo. Es libre el amor del Padre al crear y querer darle una esposa a su Hijo; libre es el amor del Hijo que hace suya la voluntad del Padre.

Del libro La teología espiritual de San Juan de la Cruz, 1990

Mi Paraiso (1970)

Así como Dios no puede negarse a mí, así no puede negarme a los en quienes y por quienes se me ha dado a conocer. Debo amarlos tanto que los pueda salvar y mi paraíso es también su salvación.

Per l’acqua e per il fuoco, 30 de agosto de 1970, p. 49

Dios espera (1980)

Dios te ama aunque no respondas, pero no es verdad para nada que no espere tu respuesta.

El amor de Dios no te obliga, permanece totalmente gratuito, pero, justamente en la medida en que te quiere, espera.

¿Te amaría de veras, si no quisiera tu amor?.

Ejercicios espirituales de 3 a 10 de agosto de 1980 en La Verna

Perdón recíproco

Recuerda que el amor fraternal es un amor que se da en un perdón continuo. Porque siempre hay que perdonar a otros como también siempre debemos ser perdonados; y es en este perdón mutuo como verdaderamente el amor se encarna, igual que el perdón hacia nosotros que se encarnó en el amor de Cristo.

Homilía del 13 de marzo de 1988 en Siracusa

¡Eres el Diablo! (1988)

Acordaos que el nombre del demonio en la Sagrada Escritura es “acusador”: quien acusa se pone de parte del demonio. Recordad siempre esto: si un hermano en la Comunidad os dice siempre algo negativo sobre los demás, debéis decirle: “Eres el diablo”. Se lo dijo Jesús a san Pedro, así que también vosotros podéis decírselo a vuestros hermanos. El acusador siempre es el diablo. Recordadlo.

Retiro del 18 de septiembre de 1988 en Settignano

Si ya Dios no existe… (1978)

Si Dios ya no existe, el hombre es destruido. No queda otra cosa sino drogarlo, de manera que el hombre no pueda ensimismarse y reflexionar sobre su propio destino. Si el hombre no es amado, toda su vida ya no tiene sentido ni él ya tiene valor. Entonces no sólo la vida del hombre, sino también la aventura humana en este mundo pierde todo significado, todo sentido y no permanece más que el absurdo, no permanece más que el vacío.

Ritiro a Brescia, 22 dicembre 1978