martes, enero 26, 2021

Vida angélica

«Bios angelikós – vida angélica». En la vida angélica, la vida contemplativa se asocia a la vida activa, pues los ángeles están al servicio de los hombres al mismo tiempo que adoran a Dios. Podríamos pensar que la vida contemplativa nos separe de los hombres. Para nada: los ángeles que contemplan incesantemente a Dios son ellos mismos los que te guían en la vida y te acompañan en los caminos del Señor.

En el cristianismo, la vida contemplativa no aparta de los hermanos, sino que comporta una superación, trascender y abrazar toda cosa. Sólo el amor puede realizar esta vida. Vivimos una vida angélica sólo si vivimos ante el trono de Dios como representantes de nuestros hermanos. El hecho de trabajar por los hombres no te debe distraer de Dios. La vida contemplativa no ha de dispensarte de la vida activa, de ninguna manera puede ser pretexto para que menos te sientas comprometido a salvar a todos los hombres. Realizarás tu ideal de modo perfecto sólo cuando vivas ante Dios tu vida contemplativa como quien está al servicio de todos los hermanos y a todos los lleva en el corazón en la presencia del Señor. Esta es la vida angélica, el ideal de vida que estás llamado a realizar […].

Ya es difícil vivir una vida de oración continua; aún más es difícil esta oración que ha de consumir todas las facultades del corazón y del alma, toda la vida, mientras cumplimos nuestra misión en la oficina, en la escuela, en la casa, etc. Tenemos que vivir en el mundo, sin apartarnos nunca del mundo, viviendo en él como testigos de lo invisible, como una revelación de Dios. Vivir en el mundo, en unión con todos los hermanos, en continua relación de amor y de servicio, con ellos, pero estando en medio de ellos como una aparición celeste […].

Tenemos que vivir en el cielo estando en la tierra. Vivir en el cielo sería fácil, si el Señor no s sacara de aquí con la muerte. En cambio, no hemos de morir, no hemos de apartarnos de este mundo, sino que tenemos que estar aquí y vivir una continua relación con las cosas, un servicio continuo a nuestros hermanos; pero hemos de vivir en el mundo una vida de paz, de bienaventuranza, de amor, ser de alguna manera luz de Dios.

Hemos de ser como ángeles. ¿Qué quiere decir ser como ángeles por lo que concierne a nuestra relación con Dios, por lo que concierne a nuestra relación con los hombres? Ser ángel respecto a la relación con el Señor quiere decir vivir el total olvido de sí mismo, ser consumido en la presencia de Dios. Quien vea al Señor no puede acordarse de sí mismo; el alma que vea al Señor ya no tiene conocimiento de sí, pues Dios tanto la invade que como que la borra. El alma deja de sentir su valor, su existencia… ¡Humildad total del alma que desaparece a sus propios ojos, que se olvida de sí misma tanto que ni sabe nada de sí ni logra llamar la atención de alguna creatura! Humildad del alma que ya no está sometida a la fuerza centrípeta que atrae hacia uno mismo, sino a la ley del amor centrífugo que se entrega totalmente y ya no guarda para sí cosa alguna. Humildad total que se identifica con el acto de adoración. El perfecto acto de adoración no exige el anonadamiento ontológico, sino la pura aniquilación psicológica de la creatura que deja de percibir su propia existencia y consistencia […].

Sin embargo, no es suficiente. Invadido por la gracia, transformado en Cristo, vives todavía en el mundo y tienes una misión que cumplir, tienes que servir. ¿Qué es el ángel de Dios en su relación con el mundo? Puro instrumento de la voluntad divina. Dios quiso a los ángeles para realizar sus designios; es por medio de ellos por medio de quienes Dios cumple su querer.

Esto nos impone la vida religiosa: ser como ángeles para vivir una vida de pura adoración y universal servicio.

APOSTOLADO SOCIAL

Temi per una nuova coscienza sociale (1944), pp. 21-24

El papa Pío XII ha afirmado que la responsabilidad del mal es también de los cristianos. ¿Por qué esta responsabilidad? El cristiano no puede ni debe querer que en la vida social tengan valor otras doctrinas sino la doctrina de Cristo, ni puede confiar a otros la tarea que sólo él puede y debe realizar, so pena de negar el integralismo cristiano. La sociedad cristiana debe ser obra de los cristianos. El dualismo en la vida del cristiano debe ser suprimido. El cristianismo es la salvación del hombre, del hombre como tal, de todo el hombre […].

Es tiempo de introducir a Dios en el mundo. Es tiempo que la luz de Cristo resplandezca y que el reconocimiento de su Realeza universal done a los hombres la justicia, el amor y la paz. Sólo en el reino de Cristo la justicia se abraza con el amor y del amor y la justicia nace la paz […].

Reniega de Cristo, que quiere ser amado en los hermanos, el que en estos días terribles niega su responsabilidad de cristiano y no expresa el propósito de entregar toda su vida y de ponerse al servicio de los hermanos luchando y sacrificándose para el advenimiento de una sociedad por fin cristiana, y con su pasividad trabaja para quienes preparan para el pueblo amargas ilusiones y ruina.

«Expresar su parecer sobre los deberes que se le imponen; no estar obligado a obedecer sin ser escuchado» no son sólo dos derechos, sino también deberes del hombre en el Estado. El cristiano no puede ni debe renegar y despojarse de su libertad ni siquiera frente al Estado. Por encima del Estado y de la sociedad él debe afirmar sus derechos personales, su dignidad natural que es el fundamento necesario de su dignidad sobrenatural como hijo de Dios. El cristiano no puede aceptar la pura pasividad en el Estado, delegando totalmente en él el cuidado y respeto de sí mismo. Un cristiano que acepte el totalitarismo de Estado ya ha negado su dignidad como persona, su libertad de hijo de Dios.

En el Estado, el hombre cristiano debe poder intervenir, porque él también debe contribuir a la vida pública: debe reaccionar, cuando se amenacen los derechos que ha recibido de Dios, no puede permitir que el Estado afecte el instituto familair, la vida de los ciudadanos, la propiedad, la libertad de la Iglesia; tampoco debe permitir que el Estado, reducido a un simulacro de poder y autoridad, esté a la merced de la violencia revolucionaria o consagre con sus leyes la injusticia social rechazando las justas reivindicaciones de una masa que debe llegar a la verdadera dignidad de pueblo, gozando  verdaderamente en la vida civil de aquellos derechos que Dios ha otorgado a cada uno.

Se miente a sí mismo el que se declare cristiano y no haga todo lo a su alcance para que el odio entre las clases y las naciones se calme, para que cese la injusticia social que aplasta las masas obreras, para que la persona humana posea, en el nuevo orden social, la libertad jurídica, política y económica que sola permite un vivir humano. Y es difícil ver cómo cada uno pueda contribuir a esta sanación del mundo, sin entrar apasionadamente en un movimiento político que reúna a todas las almas rectas y de buena voluntad en una sola aspiración, en una sola fuerza, en una sola acción política. Le miente al pueblo el que se declare cristiano y no haga lo que el pueblo espera de una fe que anuncia justicia, amor entre los hombres, paz en la fraternidad universal. ¿Por qué la masa hoy no frecuenta la Iglesia, si no por culpa de los que nos hemos dado al pueblo una prueba suficiente de que el cristianismo no es solamente una luminosa doctrina, sino también realización de ella? Acción es el mandamiento de esta hora. Hagamos de manera que el pueblo vea el poder milagroso del amor cristiano, y el pueblo dejará de agitarse yendo tras cuantos los ilusionan con falsas promesas.

Miente, por fin, a Dios mismo el que se diga cristiano y no tenga como tal el vivo deseo del bien, la voluntad fuerte y determinada de servir a Dios en su prójimo. Sólo el que sirve es grande frente al Señor. Dios reconoce a sus hijos del amor y el servicio que brindan a su prójimo.

De la alienación a la Presencia

Ejercicios espirituales del Monte Alvernia, 3 a 10 de agosto de 1980

En este mundo vivimos una vida de alienación: no sólo las cosas no las tenemos presentes, sino que tampoco entre nosotros nos tenemos presentes. Mejor dicho, ni siquiera estamos presentes a nosotros mismos […]. Somos misterio a nuestros mismos ojos, no nos conocemos, no nos poseemos. En este mundo ninguna presencia es posible: toda nuestra vida es alienación […].

Y tened por cierto que experimentamos más la lejanía cuanto más amamos, porque cuanto más se ame, tanto más sentimos esta incomunicabilidad, porque en el amor desearíamos vivir una participación plena, desearíamos vivir en el otro y totalmente para el otro. Pero el otro ¿quién es? ¿Quién es para mí mi hermano? ¿Quién es para mí mi hijo? ¿Quién está ante mí?

¡Algo terrible, la presencia! Lo veis: puede morir una persona, pero otra se queda. ¿Cómo nos conocemos? ¿Qué es uno según el otro?

En cambio, en la Trinidad, si el Hijo no es, tampoco el Padre es. Si el Padre no es, tampoco es el Hijo. La Presencia que es la pericóresis, que es la circuminsessio, esto es la presencia de cada Persona en la otra, es la vida de las tres Personas divinas. Esta es la Presencia real de Cristo. Somos, en la medida en que Cristo vive en nosotros, porque lo que constituye nuestra vida verdadera, “nuestra vida inseparable”, como decía san Ignacio de Antioquía, es Cristo […].

Todos estamos llamados a vivir esta relación con Cristo, porque lo que distingue al cristiano es esta relación. Así como lo que distingue a las Personas divinas en la Trinidad es la relación de cada una con la correlativa, así en el cristianismo lo que nos distingue es la relación con Cristo. En las Personas divinas existe la relación del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre, en la unidad del Espíritu; en la economía cristiana, lo que la caracteriza es la relación nupcial (no de filiación, sino nupcial) entre Cristo y nosotros, entre nosotros y Cristo. Es por eso porque en los místicos la vida espiritual encuentra siempre su culmen en el que se llama matrimonio espiritual o unión transformante […].

Lo primero que se nos impone en vista de la relación con el Padre celestial, en vista de la relación con todos los hombres, de esta unidad que nos vincula entre nosotros, es encontrarnos con Jesús, Hijo de Dios. El Evangelio, el cristianismo es Jesús. El libro sagrado, para los cristianos, no es un libro de doctrina, sino que es el libro que nos habla de Cristo, que nos hace conocer a Cristo, que nos pone en relación con Él. Aún más que en el Evangelio, el cristianismo tiene su cumplimiento en la liturgia y en la liturgia eucarística, donde se hace presente para nosotros Cristo Señor. Y se hace presente porque ahí estamos nosotros, porque siempre se precisa la presencia de una persona creada para que se haga presente el sacerdocio de Cristo, como también siempre se precisa la presencia del cristiano para que esté Cristo víctima. Nunca Cristo está presente independientemente de ti. Nunca existes como hombre verdaderamente redimido sin Él. La presencia de Cristo supone siempre la presencia de otros. Desde el comienzo ¿podía el Señor hacerse presente sin María? Jesús no existe sin el hombre ni el hombre sin Jesús. El hombre es verdaderamente relación con el Verbo […].

La relación es total. Él lo quiere todo de ti y todo Él se entrega. Solamente esta relación nos hace sujeto, porque es una relación personal, pero, en esta relación personal por la cual somos todo para Él y Él es todo para nosotros, no vivimos más que una única vida: la vida de Cristo es mi vida, mi muerte es su muerte. No es la muerte de Cristo la que se hace mi muerte, sino que es mi muerte la que Él hace suya, asumiendo también mi pecado. En cambio, su vida se convierte en mi vida.

Entonces, ya no existe otra vida para nosotros. Si vivo una vida mía, quiere decir que no he logrado mi unidad con Cristo. Si todavía poseo como propios vida, sentimientos… no he realizado todavía mi vocación cristiana. Realizar mi vocación cristiana quiere decir que yo no vivo más que la vida de Cristo: «Vivo ego, iam non ego; vívit vero in me Christus – Ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo el que vive en mí» (Ga 2,20).

La justicia y la caridad

Reunión en Florencia del 6 de febrero de 1966

En la última parte de la parábola de los trabajadores en la viña, Nuestro Señor pone en relación y en oposición la justicia que los hombres quieren con la caridad que Él dona […]. ¿Qué derecho podía tener el que tan solo una hora había trabajado, sobre todo al no habérsele prometido nada como recompensa? No había nada establecido entre los trabajadores recogidos durante la jornada y el amo. A los que encuentra a la tercera hora les dice: «Id y os daré lo justo», pero a los de la hora sexta, novena y décimo primera, no les dice nada: «Id vosotros también a trabajar». Y éstos ciertamente no esperan nada. Quizás pensaran: «No estamos haciendo nada y casi nos aburre esto de esperar en vano que nos llamen a trabajar. Vamos, pues, a trabajar».

¿No es así? Tal vez ¿no es verdad que ya es un regalo el que nos aparten de nuestra pereza para darnos algo que hacer? Casi hay que agradecer a quien nos pide algún trabajo, más que estar sentados solos, sin hacer nada.

Y a los que en el fondo trabajaron sólo una hora, pero que hicieron cuanto el amo les estuvo pidiendo, justamente a éstos el amo se dirige primero, los trata de primeros, se entrega totalmente a ellos. Hacia ellos no manifiesta más que bondad, así como hacia Él estos trabajadores tuvieron la amabilidad de trabajar un poco sin pretender nada a cambio. No pretendieron nada y todo lo recibieron.

Es lo que nos enseña la parábola, a vivir nuestra relación con Dios en la verdad, como relación de amor. Sabemos que el servicio que le prestamos al Señor es sólo un pequeño juego. ¿Qué pensáis? Trabajar por diez minutos ¿no es un juego? No le demos importancia a nuestro trabajo. Los que trabajaron todo el día se creen mucho: «¿Cómo así? ¿Tratas a los que vinieron la última hora como a los que hemos aguantado el peso de la jornada y del calor?». Se creían. Pero ¿qué queréis que sea nuestra vida frente al Señor, aunque trabajamos? No es más que un pequeño juego. Nuestro trabajo es una cosa de nada, pero ¡hagámoslo con gusto, ya que Él nos lo pide! Y, en cambio, Él nos dona amor. No hemos hecho nada y todo lo recibimos […]. El santo siente siempre que todo lo que dona es un juego pequeño, una piedrecita que el niño regala al papá o a la mamá, nada más. Es nada y, justamente por ser nada, Dios te recompensa con amor inmenso, con amor infinito […].

Así es Dios para con el hombre, mis queridos hermanos. Nuestra relación con Dios se basa en el amor, en la pura misericordia. La debemos vivir como niños con nuestro Padre celestial, niños que saben lo nada que es lo que ofrecen, pero que también saben que todo pueden recibirlo a cambio de su pequeño regalo. Porque la medida del premio no es el precio de lo que donas, sino la grandeza del amor de Aquel que responde a tu pequeño gesto.

Es esto, mis queridos hermanos, lo que nos enseña la parábola. ¿No os parece algo grande? Y otra cosa grande de la parábola es la siguiente: en el fondo, nadie queda sin trabajar. Tarde o temprano, todos hemos sido contratados, llamados a horas diferentes a un trabajo más o menos fatigante, que realizamos con más o menos amor. Sin embargo, todos trabajamos. Y Dios nos dona a todos la recompensa, un premio al final de la jornada. Todos somos distintos y con distinto espíritu trabajamos, pero todos estamos trabajando y trabajamos para Él.

Es lindo sentir esto, para no oponernos los unos a los otros, como al contrario lo hacen los trabajadores de la viña. No, mis queridos hijos […], ¡qué felicidad mañana estar los unos al lado de los otros, recibiendo el premio juntamente con algún hereje o comunista que, aun sin saberlo, había trabajado para Dios. Y no pretendió nada por su trabajo, porque ni siquiera sabía que habría un amo que recompensaría el trabajo.

El amor nos condena para salvarnos

Verso la visione (Ed. Paccagnella, 1999), pp. 113-117

Poco a poco debemos volver a poner a servicio del amor todas nuestras potencias, a someterlas a la fuerza de un amor que nos permita llegar a Dios, transformarnos en Él para poder verlo. No nos reservemos nada en este entregarnos al poder de la caridad.

Pero es esta la cosa que más le cuesta a nuestra naturaleza, porque para someter a la caridad toda nuestra vida interior, con sus imperfecciones, sus faltas, debemos aceptar libremente en juicio divino, juicio experimentado y vivido en nuestra cotidianidad. ¿Por qué nos distraemos? Porque no toleramos esta condena. Pero el amor nos condena para salvarnos. La condenación de Dios, mientras vivamos en este mundo, es en vista de nuestra salvación.

Dios, para salvarnos, nos debe condenar. El primer acto con el que Dios nos salva es con el que nos juzga y nos condena. En la medida en que aceptemos este juicio, esta condenación divina, es como, renegando de nosotros mismos, nos unimos a Dios, como dice san Agustín. Para que se realice nuestra purificación, se precisa, primero que todo, que suframos esta condenación por parte del amor.

De hecho, nuestra purificación implica la experiencia de una condena y de una pena. No puedes acoger el amor, si no te dejas quemar, consumir por el fuego. La gran parte de la vida interior de un alma, mientras no llegue al umbral de la contemplación infusa y más profundamente aún entonces, porque el fuego del amor alcanza la íntima raíz del ser, es justamente la experiencia de un fuego que te quema, la experiencia de una espada que te penetra y te corta. Entonces, la vida del cristiano es, en gran parte, la aceptación amorosa de un juicio divino. Quedar en la presencia de Dios quiere decir soportar pacientemente una luz que ofende nuestros ojos demasiado débiles y nos ciega, soportar un fuego que nos quema. Estaríamos bien felices de poseer la gracia, pero queremos que se nos perdone su intervención sobre nuestro ser para transformarnos en Dios.

¿Por qué? Justamente porque no aguantamos este ardor, esta pena, esta luz que nos deslumbra.

Los antiguos Padres hablan de la vigilancia. Consiste en mantenernos firmes en la luz e Dios para soportar en todo instante su juicio que nos condena. La vigilancia está orientada hacia este juicio. Prácticamente en la vigilancia de la cual hablan los Padres se realiza el juicio divino. No sustraer nada de este fuego, no defender nada nuestro. Es decir: reconducirlo siempre todo a aquel centro en donde habita Dios, estar en su presencia, llevarlo todo bajo su luz, para que la luz todo lo ilumine y para que todo sea tirado al fuego de su santidad a fin de que este fuego todo lo queme y lo consuma. Ningún apego interior o exterior, ninguna aspiración pensamiento, nada se debe salvar. ¡Que Dios lo juzgue todo! Si no tienes el valor de renunciar de inmediato a tus imperfecciones, que al menos te desplazca conservarlas.

El amor puro es solamente de los santos. El alma que no sea santa, en la medida en que no lo sea y en la medida en que se entregue al amor, no puede querer menos que su purificación […].

El amor divino te condena para salvarte, debe despedazarte para poder volver a componerte, debe quemarte para que puedas resucitar. Y tú debes sufrir este fuego, debes aceptar en esta presencia el peso de una condena que te parte y te destruye. Se trata de la purificación de los pecados e imperfecciones voluntarios, propia de los principiantes. Cuando el amor divino no encontrase ya en nosotros imperfecciones voluntarias que quemar, habría de consumir la multiplicidad de los afectos y de los pensamientos, los modos humanos, pues la pureza del corazón exige la reducción a la unidad.

El gran combate de los monjes es la lucha contra los pensamientos. No sólo contra los pensamientos malos, sino contra todo pensamiento, para que al alma toda se recoja en una atención al Señor, humilde y pura. El hombre debe reducir a la unidad toda su vida: debe permanecer en el vacío de todo, fijo, inmóvil en Dios, en el sentimiento confuso de su presencia, en la atención a Él quien es silencio. El contenido de la vida del alma es esta adhesión a Dios en la fe pura. Por eso el alma debe despreciar toda visión, todo éxtasis, ir más allá, porque Dios no se asemeja a ningún pensamiento tuyo, no se identifica con ningún sentimiento.

Dialogando con el mundo

Reunión en Florencia del 6 de febrero de 1966

Esta mañana me decía: «El ateísmo moderno ¿qué es? ¿No es tal vez una condena a la Iglesia, a nosotros los cristianos? El ateísmo moderno ¿no es tal vez, al menos en parte, el testimonio religioso de la presente generación más valioso? […] Estas almas buscan y el hecho de que buscan es importante. Quiere decir que en ellas ciertamente Dios actúa. Un alma no puede buscar, si Dios mismo no la solicita. Probablemente somos nosotros los que ya no estamos buscando, los que ya somos extraños a Dios. Lo de no buscar puede significar solamente una cosa para unos cristianos: que ya hemos encontrado. Pero lo de haber encontrado, en el plano psicológico, en el plano moral, en el plano de la salvación, quiere decir para esos cristianos que ya son santos. Si en nuestra vida no hay cierto drama interior, si no hay cierto deseo de pureza, si no se quiere de alguna manera una extrema sinceridad, quiere decir que somos todos hipócritas, quiere decir que somos todos unas máscaras que esconden a Dios, quiere decir que, muy a menudo, nos convertimos en el principal obstáculo entre las almas que sinceramente buscan y Dios mismo […].

Mis queridos hijitos: Estas palabras ¿qué quieren decir? Que debemos ser sinceros y también que quizá deberíamos escuchar más a los hombres de hoy. Ciertamente podríamos aprender algo de lo que ellos nos dicen, pero también debemos estar alerta, pues es extremadamente peligrosa para nosotros la fascinación de su búsqueda, porque podríamos terminar prescindiendo de la verdad que de todas maneras poseemos, aunque tenemos que revisar constantemente el testimonio que de la verdad da nuestra vida.

Seguramente es peligroso escucharlos, pero es también muy necesario. Con otras palabras, el peligro, el riesgo no nos dispensa. La vida del hombre es de por sí un riesgo, un peligro. Si evito el riesgo, si evito el peligro, duermo y dejo de vivir. Vivir quiere decir ciertamente afrontar el peligro de un diálogo, según pide el Sumo Pontífice. Ahora entiendo la grandeza de su encíclica Ecclésiam súam con la cual Pablo VI quiso presentar como el programa de su pontificado: el diálogo. Programa de un pontificado que quiere ser apertura de la Iglesia hacia el mundo en un verdadero diálogo. Diálogo del católico no sólo con otros cristianos no católicos, sino también del católico con los ateos, con los comunistas, con todos los hombres, porque, en la medida en que los hombres viven, siempre tiene algo para darte.

Ahora entiendo que no la Iglesia Cuerpo místico de Cristo, sino la cristiandad – es decir la Iglesia que somos nosotros – vive sólo si nos mantenemos abiertos a un diálogo verdadero con todas las almas vivas, aunque blasfeman, porque muy a menudo la blasfemia puede ser un testimonio de Dios, como lo es el libro de Job en el Antiguo Testamento. El libro de Job ¿no es una continua rebelión contra Dios? Sin embargo, sigue siendo uno de los libros inspirados. Muy a menudo, en cambio, nuestros libritos de piedad – que seguramente no expresan ninguna rebelión contra Dios – son un obstáculo que esconde la grandeza divina, son solamente pequeños somníferos para almas piadosas. Y las almas piadosas son las viejas señoras que, pobrecitas, ya no saben hacer más que dormir y pasar de la cama al sillón. Probablemente somos así…

Ahora, un alma viva sabe afrontar la tempestad y el huracán. Y el cristiano debe afrontar el huracán y la tempestad así como los afrontó Jesús, que es verdaderamente nuestro Maestro. Él vivió en diálogo con el mundo en el cual estaba. Del mismo modo debemos vivir un diálogo abierto y vivo con los hombres de hoy.

Apertura ecuménica

Del Retiro del 19 de enero de 1986 en Casa San Sergio

En el octavario de oración por la unidad de los cristianos […] se insiste sobre todo en el regreso de todos los creyentes en Cristo a la Iglesia. Entonces, hay que notar una cosa, sobre la cual nos llama la atención continuamente el papa Juan Pablo II: Es verdad que la unidad se expresa en el plano visible en la Iglesia católica que tiene su centro en el papado, pero es verdad también que, independientemente del papado, la Iglesia occidental, toda la Iglesia occidental – es decir todos los católicos de América, África, Europa, setecientos millones de católicos – son solamente una parte de la Iglesia una católica. Es cuanto repite siempre el Papa. No sé si los italianos lo hemos comprendido.

El gesto del Papa de hacer patronos de Europa a Cirilo y Metodio significa que el catolicismo latino es sólo una parte. Si nos encerramos en nuestro catolicismo latino, aunque estemos con el Papa, prácticamente le impedimos a la Iglesia ser católica de hecho, mostrarse una de hecho, porque la Iglesia es ya Oriente y Occidente […].

Desde cuando nació la Comunidad, podemos decir que miramos hacia el Oriente. Debemos darnos cuenta de que lo que vale no es tanto el regreso de los orientales a nosotros, sino nuestra disponibilidad a acogerlos, aunque somos pocos. Démonos cuenta, pues, de que nuestro cristianismo necesita completarse con la visión, con la mentalidad, con la sensibilidad del Oriente cristiano […].

Esta es la razón de Casa San Sergio. De hecho, en esta casa sentimos esta necesidad de asumir en la Iglesia católica los valores de la Iglesia oriental. Un poco me da miedo todo esto, porque no quiero que sea una moda ni quiero dejar de ser un católico latino. Soy católico justamente si trasciendo lo parcial de mi confesión cristiana occidental, integrándolo con lo parcial de la confesión cristiana oriental. Debo sentirme verdaderamente hermano de san Serafín, hermano de san Sergio, hermano de todos los grandes santos de Rusia, de los de Grecia de estos últimos tiempos […].

Debemos admirar y amar a estos cristianos, y el amor no es solamente dar, sino que implica también querer recibir. Si no quieres recibir, no amas. Debo amar al Oriente sin pretender nada, pero tampoco puedo negarme a recibir. Debo saber recibir el testimonio de su cristianismo, de un cristianismo que es uno con el nuestro, aunque diferente. Son aspectos complementares de un misma vida y en estos aspectos complementares nuestro mismo cristianismo se hace uno y católico, porque sin estos aspectos nuestro cristianismo corre el riesgo de ser demasiado racional, lógico, jurídico, los defectos típicos del cristianismo occidental.

¿Por qué hoy en día son muchos los que adversan a la Iglesia como institución? Porque el sentido jurídico ha pesado demasiado en nuestra experiencia cristiana […]. ES precisamente esto lo que debemos aprender del Oriente: debemos aprender a liberarnos de un cierto legalismo y también de una concepción demasiado moralista del cristianismo. Debemos volver a una espiritualidad más dogmática e litúrgica, en vez de moralista. ¿Qué son nuestras virtudes en comparación con los Sacramentos divinos que nos unen a Cristo y nos hacen una sola cosa con Él? Debemos volver a vivir los Sacramentos. ¡Pensad qué es la Misa! Es Cristo que se hace presente por nosotros en el acto supremo de su amor […].

Mis queridos hermanos: Debemos liberarnos de estos defectos que delatan lo parcial que es nuestro cristianismo. Ciertamente también el oriental es un cristianismo parcial, pero, como somos católicos, es justo que no nos fijemos demasiado en los defectos ajenos, sino más bien en lo que nos hace falta a nosotros, aun sabiendo y reconociendo que somos la verdadera Iglesia. Debemos agradecer a Dios el hecho de que hemos nacido en la Iglesia católica, el hecho de que para nosotros es tan fácil y natural reconocer en el Papa el verdadero vértice de toda la jerarquía, el sacramento visible de la unidad de la Iglesia. Pero esta gratitud a Dios no nos debe impedir sentir, como quiere al Papa actual, lo parcial que es nuestro cristianismo, el cual debe completarse con otro complementar con el nuestro. Todo esto no significa que debemos convertirnos en orientales, porque, si lo hacemos, ni seremos orientales ni occidentales. Hemos nacido aquí, nuestra leche materna es la de la Iglesia latina y un hijo sigue siendo hijo de su madre. Sin embargo, debemos abrirnos para acoger cuanto nos pueda dar la Iglesia oriental, para que nuestro cristianismo sea más vivo, más pleno, más uno, más católico.

No te apartes…

Dio solo e Gesù crocifisso, 1985, pp. 56-58

Vivimos con Cristo una sola vida y nuestra vida es la alabanza al Padre, es la salvación del mundo. Si el Hijo de Dios es la alabanza sustancial al Padre, tú tienes que ser la alabanza a su gracia […]. Pero Cristo es también el Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo. Entonces tenemos que ser la alabanza a Dios porque somos una sola cosa con el Verbo encarnado, pero tenemos que ser también una sola cosa con todos los hombres, porque somos una sola cosa con Cristo Salvador del mundo. Cristo es la santidad de Dios y Cristo ha cargado con el pecado del mundo.

Es esta la paradójica vida del cristiano. Suprema paradoja: en tu amor, en Cristo, has de realizar la unión con Dios y con los hombres pecadores, has de vivir la santidad de Dios y responder por todos los pecados del mundo. No puedes apartarte de algún pecador: si te apartas, aunque sea de un solo pecador, te apartas de Cristo. Ser uno con Cristo significa ser en Él alabanza a Dios y también el Cordero que carga con el pecado del mundo. En esto se convirtió Cristo en su muerte de cruz.

Hasta antes de su muerte no había asumido el pecado. Había asumido nuestra naturaleza, pero no el pecado de los hombres. En el mismo instante en que asumió la responsabilidad del universal pecado, se descargó sobre el castigo de todos los pecados hasta matarlo. En el acto de su muerte, Él reveló su amor, un amor más grande que todos los pecados. Por eso, en su muerte, se ha hecho el Salvador de todos. ¿Quieres separar tu responsabilidad de la de los hermanos que amas? No. Entonces, tú también has de asumir el peso de ellos.

Demasiado nos ocupamos de nuestra pequeña huerta. Nos parece que hemos fallado sólo porque nos distraemos en la oración… ¡No te separes del pecado del mundo! ¡Siente como tuyo el pecado de todos, porque todos son una sola cosa contigo! En tu amor, tienes que salvar a todos.

El pecado separa al hombre de Dios, separa a los hombres entre ellos, pero tu amor en Cristo ha de superar su pecado y salvarlos: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Este es el amor. Los hombres pueden querer apartarse de Cristo, odiarlo, pero Cristo no se aparta de alguno: a todos los abraza en su misericordia y en su amor. Y abrazar a todos en el amor y la misericordia significa para Cristo hacerse responsable de todo el pecado del mundo ante el Padre. Por eso ha de sufrir la experiencia del abandono por parte del Padre, ha de hacerse como el pecado viviente. Lo afirma san Pablo: «Se hizo pecado» (ver 2 Co 5,21); no porque ha pecado, sino porque, asumiendo todos los pecados, se hace responsable ante Dios de todo el mal.

Magdalena de Canossa tuvo este amor. En sus Memorias dice que quisiera estar en el purgatorio toda su vida, con tal de salvar a todas las almas. Y vosotras, ¿qué habéis hecho, qué hacéis? ¿Qué sentido tienen todas vuestras obras, si las almas que habéis conocido acaban cayendo al infierno? La suprema caridad hacia el prójimo no puede ser más que llevarlo a la salvación. Todo lo que hacéis, toda obra, tiene como fin la salvación. Sin la salvación, todas las obras precipitan en la nada, se esfuman. Si, después de trabajar tanto, las almas van al infierno, ¿cuál bien habéis realizado?

La caridad tiene como fin esta salvación. Lo mismo hizo Jesús crucificado: Él siempre amó, pero sólo en su muerte obró la salvación, porque en su muerte asumió el pecado del universo. Os consagrasteis a Dios para que ningún hombre se apartara de vosotras. No tenéis solamente que atender a todas las necesidades humanas, sino responder por todos los pecados del mundo. No debéis escudaros frente al pecado: Nuestro Señor no se defendió, cuando la Magdalena se echó a sus pies. No debéis apartaros, no debéis condenar. Toda condenación del prójimo es vuestra condenación, porque la condenación implica una separación, y separarnos, aunque sea del último de los pecadores, es separarnos de Cristo.

Mientras el hombre esté con vida, siempre está llamado a la redención. Cristo ha muerto por Él, se ha identificado con él, para asumir su pecado, su dolor, su sufrimiento, su humillación. Todo lo propio de todo hombre ha de ser tuyo. La caridad ha de hacerte uno con todos y no te exige menos que la muerte, por eso mismo.

Abrirnos para acoger a Dios que viene

Final de la homilía de la Santa Misa de Navidad del 24 de diciembre de 1984

Él ha nacido por nosotros. Creámoslo también en este momento. Hemos cantado al comienzo del Oficio de lectura: «Christus natus est nobis – Cristo ha nacido por nosotros». ¡Por nosotros, para ser nuestro! ¡No dudemos del regalo de Dios! Es cierto que debemos acoger este regalo con un sentimiento de profunda humildad, el sentimiento de que este regalo divino es totalmente gratuito, porque el regalo de Dios no se motiva por ningún mérito nuestro, sino que supone sólo el pecado. Él ha bajado justamente para entregarse a nosotros los pecadores. Cuanto dice san Pablo respecto al amor de Dios, que se manifiesta en la muerte de Cristo, es verdad desde el nacimiento de Jesús: «Esto prueba el amor que Dios tiene hacia nosotros: que, aun siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). No sólo murió, sino que también nació. Todo el milagro, toda la inmensa bondad de Dios se manifiesta en los misterios de Cristo y supone en nosotros no virtud ni bondad, sino sólo miseria y pecado.

¿Logramos creerlo? ¿Somos tan atrevidos que logramos creer superando la vergüenza de sentirnos todavía totalmente contaminados por el mal? Debemos superar esta vergüenza con una fe viva. Debemos tratar no de reconocer nuestro pecado, sino de reconocer que inmensamente mayor que él es la misericordia de Dios y de abrirnos para recibir este infinito regalo de misericordia que Él nos da, aunque pecadores.

Sí, Él mismo nos lo ha enseñado. ¿Por qué no creer en su palabra? ¿Acaso no dijo que tenemos que saber perdonar igual que Dios setenta veces siete (Mt 18,22)? Esto significa que siempre que al alma se abre ante Dios, Él la colma de bien.

¡Que nuestra alma se abra a un vivo sentimiento de su pobreza espiritual, de su miseria, de su pecado, para acoger esta misericordia infinita! […] ¡De verdad es Dios un abismo infinito de amor para con el hombre! ¡De verdad, nunca podremos juzgar cuán grande sea la bondad que Él tiene para con nosotros, la misericordia que Él nos tiene! Resulta tan inconcebible lograr creerla que tratamos siempre de reducir la misericordia de Dios a la capacidad de nuestro pensamiento. Sí, podemos pensar que Dios es bueno, pero nunca lograremos entender cuán bueno es. Nuestra inteligencia se niega y tampoco podría extenderse tanto cuanto se extiende esta misericordia infinita.

Tenemos que abrirnos humildemente para acoger a Dios que viene. Tenemos que creer verdaderamente en este amor y, a pesar de la experiencia de nuestras caídas, creer que Él es de verdad todo nuestro, todo para nosotros, que no nos niega nada, que su regalo de amor es todo su mismo Ser. No nos da sus cosas, nos dona a Sí mismo. De ninguna otra manera manifestaría más claramente su voluntad de ser Él mismo nuestra riqueza, sino naciendo de nosotros, naciendo por nosotros.

Esta es la Navidad, mis queridos hermanos. Tratemos de veras de vivir este misterio con una fe profunda que nos permita vivir la alegría de la Navidad aun siguiendo en una vida de pobreza, en una vida de humildad y quizá de muchas imperfecciones. Pidámosle por lo menos que estas imperfecciones no sean voluntarias y que nuestra miseria también termine siendo alabanza a Él, el reconocimiento de su bondad infinita que se entrega sin medida. Y se entrega también a los que no merecen nada, también a los que nos parecen merecer ser cada día más rechazados por un amor fundado en el cálculo, pero que en cambio no son rechazados por un amor que no condena a nadie, porque no tiene límites.

Esto es, mis queridos hermanos, lo que nos dice esta noche el misterio de esta Navidad.

Dejarnos invadir por Dios

De la homilía dictada en Casa San Sergio el 6 de agosto de 1984

[…] Esta mañana hablaba de la importancia que la memoria tiene en la vida cristiana. San Basilio Magno, quien, en el fondo, es el doctor de la vida contemplativa en el cristianismo oriental, el maestro del monacato oriental, amaba hablar del “recuerdo de Dios”. El recuerdo de Dios es precisamente este lento quedar invadidos por la presencia de Dios en nosotros, de manera que llegamos a tener conciencia de esta presencia en nuestra vida. Es menester que cada día más, aun lentamente, esta invasión de luz penetre en nosotros y nos transforme, que hagade toda nuestra vida una adhesión pura a la luz divina. No se trata de hacer grandes cosas, al contrario, la vida contemplativa simplifica. Si ahora decís muchas oraciones, diréis menos, pero diréis una oración que abarca toda la vida y que es, como decía san Gregorio de Nisa, el “sentimiento de Dios”; de Dios como presencia que nos invade en lo íntimo, que nos hace sentir poseídos por Él. Sentimos que su presencia nos transforma, nos convertimos en como instrumento de su acción. Poseídos por el Señor, sentimos que Él vive a través de nuestras potencias, piensa con nuestra inteligencia, ama con nuestro corazón, actúa con nuestras manos.

Mientras no vivamos esto, no podemos decir que vivimos nuestra vocación en la Comunidad. Es necesario que de verdad el Señor nos arranque de nosotros mismos y que Él solo viva en nosotros. Somos un solo cuerpo con Él y, si somos un solo cuerpo con Él, es Él quien debe vivir en nosotros. Las palabras de san Pablo deberían ser verdad para todo cristiano, pero deben serlo en sentido absoluto para nosotros, si no queremos ser mentira: «Vivo yo, pero ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo el que vive en mí» (Ga 2,20).

[…] ¿Qué podemos decir de nuestra vida? ¡Que jugamos y nada más! Recibimos al Señor todos los días y ¡todavía el Señor no nos ha transformado en Él mismo! ¡Oh!, sé bien que somos pobres creaturas, míseras creaturas, pero también sé cuánto este fracaso depende de nosotros, de nuestro poco empeño, de nuestra escasa voluntad y, sobre todo, de nuestro orgullo: creemos que lo hemos hecho todo y, en cambio, todavía hemos de emprender la vida cristiana. Mejores que nosotros son los públicos pecadores, ¿no lo creéis? ¡Yo sí lo creo! ¡Se puede aceptar que podamos hablar de estas cosas y que todavía estemos tan lejos de cumplirlas? Todos los días hablamos de ellas y, sin embargo, vivimos una vida distraída, disipada, superficial; todavía estamos llenos de nosotros mismos, de amor propio; todavía no sabemos liberarnos de nuestra susceptibilidad. ¿Es posible? Es cierto que Él se dona a nosotros, pero nosotros no nos donamos a Él […].

Se impone una única cosa, como decía el card. Mercier y, antes que él, Lallemant: la docilidad al Espíritu Santo. Se trata sólo de esta docilidad, de arrancarnos de nuestro egoísmo, de dejarnos poseer por Dios en humildad y sencillez, en una gran paz interior. Así nuestra vida conocería la alegría. Porque lo veis, mis queridos hermanos, tiene la razón el p. Lallemant, al decir que, por miedo a ser felices, escogemos ser infelices toda la vida. Esto es, tenemos miedo a donarnos a Dios. Sentimos algún desconcierto, pues queremos mantener el timón en nuestras manos, queremos ser nosotros los que guiamos nuestro camino y, por eso, no nos donamos a Dios y permanecemos infelices […].

Mis queridos hermanos, no nos desanimemos. ¿Qué pedimos todos los días con la oración de san Efrén? «Líbranos del espíritu de ociosidad, del desaliento». Es lo segundo que pedimos. Primero, la ociosidad, porque debemos empeñarnos, no debemos jugar, no debemos dormir. Corren los años y debemos trabajar en serio no sólo para escuchar a Dios, sino también para abandonarnos en Él. Segundo, el desaliento. Dios es omnipotencia. ¿Perdimos todos estos años? ¡Ánimo! ¡Aun en menos de cuatro años Él nos puede hacer santos!

[…] Celebramos hoy la fiesta de la Transfiguración de Cristo. Nosotros debemos transfigurarnos. Como ya os he dicho, nuestra transformación acontece, primero que todo, en lo más íntimo de nuestro ser y de ello no podemos tener ninguna experiencia. Ya se realiza en el Bautismo, por el hecho de que el Bautismo nos inserta en el cuerpo de Cristo. Pero, luego, la acción de la gracia invade las potencias espirituales: el intelecto y la voluntad. Por eso, lo primero que se nos exige después de esta transfiguración realizada por los Sacramentos divinos (especialmente por los que imprimen en nosotros un carácter) es el conocimiento de Dios, conocimiento que no es pura abstracción, sino tener conciencia de Dios. Así como somos conscientes de nosotros mismos, así debemos ser conscientes de que Dios nos invade, de que Dios nos posee, de que Dios está en nosotros. Sentirnos no como el copón que contiene el Cuerpo de Cristo, sino como almas vivientes que saben que estamos penetrados, colmados de Él.

Verdaderamente somos la morada de Dios, el lugar de Dios. Debemos sentirlo. Nada hay más sagrado, para nosotros, que nosotros mismos. Tampoco el paraíso es más sagrado que yo, porque en el paraíso Dios será para los demás, pero Dios es para mí porque está en mi corazón. Debo descender en mi íntimo, para tomar conciencia de esta presencia de Dios en mí, para dejar que Dios totalmente me colme con su presencia y que no haya vacío en mí que no se llene de Él.

Sentir en nosotros esta presencia de Dios, presencia de Cristo. He aquí lo primero que tenemos que realizar. Y de aquí nace la vida de contemplación, de aquí, la vida de oración, porque no es posible que se viva una oración continua sin tener este sentimiento de Dios que lentamente penetra toda nuestra vida y la colma de Sí.