martes, enero 26, 2021

Uno con todos

Si eres uno con todos, entonces no existe un pecado que sea sólo tuyo y un pecado ajeno, sino que es tuyo todo pecado. Ya no puedes distinguir tu responsabilidad de la responsabilidad universal y has de implorar para todos la infinita misericordia de Dios.

Cento pensieri sull’amore (1988), n. 49

La paz y la alegría de la Navidad

La paz de la Navidad, la alegría de la Navidad necesitan como condición el recogimiento de la noche, la soledad del portal […]. Jesús nace en la noche, nace en el portal. Tú también debes vivir así.

Si no entras en esta soledad, si no desciendes en este silencio, no posees la paz, no puedes pretender conocer la alegría. La alegría del cristiano […] es encontrarse con Dios en el secreto del alma, en el centro de sí mismo.

Retiro del 19 de diciembre de 1971 en Casa San Sergio

El hombre no puede separarse de los demás

Yo no estoy en Cristo, si no soy una sola cosa con todos. Lo primero requerido de la oración cristiana es el espíritu de universalidad. Nada es más contrario al cristianismo que apartarse de la presencia de los otros. Tú y los otros sois una sola cosa. Uno de los caracteres fundamentales de la vida cristiana es el siguiente: El hombre no se puede apartar de los demás.

Hacia la vejez…

A medida que pasan los años, eres más pobre, más solo. No sé cómo es posible: la desolación más profunda y la pobreza más indefensa te acompañan, pero parecen identificarse con la paz más profunda y el gozo más puro.

Tomado de Battesimo di fuoco, p. 62. 7 de febrero de 1967

La verdadera y última Pascua

La fiesta de la Pascua es ciertamente el recuerdo sacramental de la muerte y resurrección de Cristo, pero aquel misterio no se podría celebrar si no anticipáramos también el fin y la resurrección de todas las cosas, la verdadera Pascua, la Pascua última, definitiva, cuando en torno a la mesa de Dios se sienten todos los hombres, todas las naciones, de todos los tiempos, para vivir la alegría pura e inmensa de su comunión con Dios.

Tomado de La presenza del Cristo

Ésta es oración

Hay que evitar malentendidos, cuando se habla de oración continua. Se dice que el trabajo es oración, que el sufrimiento es oración, también se dice que el estudio es oración. Al contrario, ni el trabajo es oración, ni el sufrimiento es oración, ni el estudio es oración. Sólo la oración es oración, nada más. De por sí, el sufrimiento es sufrimiento, el estudio es estudio, el trabajo es trabajo, como también la oración es oración, pues dos nombres no pueden definir la misma cosa. Dos nombres identifican dos cosas distintas. Si trabajo y oración, sufrimiento y oración, estudio y oración, fueran la misma cosa, no tendrían nombres distintos.

Entonces, ¿cómo vivir una oración continua? Orar es vivir una relación con Dios: el alma debe vivir esta relación. ¿Cómo la vivirá? Tampoco la oración es oración, si pensamos que la oración consiste en la recitación de fórmulas. En cambio, la oración es un acto que propiamente establece una relación con Dios y hace de manera que el hombre empiece un diálogo, un movimiento de amor, viva cierta unión con Dios […].

La oración continua es lo contrario que hacer continuas oraciones. La multiplicación de una fórmula, en vez de realizar una continua oración parece que la hace imposible, porque la continua oración no es una multiplicación de actos, sino un estado de unidad, de sencillez, de pureza. Sin embargo, es sólo por medio de la multiplicación de actos que fijen el espíritu en un único contenido inteligible como se hace posible la oración pura.

Es cierto que todo esto se cumple del modo más consciente y puro mediante la oración comúnmente entendida, la cual implica una palabra que es acto de amor, de humildad, de abandono; una palabra que incluye el acto de fe, esperanza y caridad. Pero no es cierto que un acto que de por sí no se exprese en palabra no pueda establecer una relación, una unión. No siempre se necesita la palabra para establecer la unión. También el silencio traba la unión, cuando el amor es profundo. O un acto. Por ejemplo, si encuentro a alguien que desde hace tiempo no veo, le aprieto la mano, aun sin hablarle. Apretar la mano establece un contacto, reafirma y reaviva una amistad, un afecto, la estima. Establezco una unión con aquella persona.

Asimismo, vivo mi relación con Dios a través de la palabra, a través del silencio, a través de actos exteriores. También ese silencio, esos actos son oración, si establecen esta relación. Al contrario, puedo rezar el rosario sin orar, si el rosario no me pone en contacto con Dios. Una madre que sufre al lado de lecho de su hijo enfermo vive una relación con su niño mediante el mismo sufrimiento, mediante su ojo que lo contempla; también puede trabar la relación mediante la manito del niño que la madre estrecha a su corazón; aun cuando la madre no puede estar ahí ni puede vivir otra relación con el niño, sino la del sufrimiento de saber que no está a su lado, que no lo puede ver, que no sabe nada de él. En este sufrimiento la relación existe, es verdaderamente el vehículo mediante el cual la madre vive su relación con el hijo.

Del mismo género es la relación del padre con su hijo, cuando está trabajando por él, cuando fatiga, cuando suda para obtener los medios a fin de adelantar el estudio del hijo, de educarlo, de alimentarlo. El trabajo del padre es un acto por el que el padre vive su relación con el hijo. No la vive charlando todo el día con él, sino trabajando por él.

Podemos sufrir y orar, si el sufrimiento nos pone en contacto con Dios. Podemos trabajar y orar, si el trabajo nos pone en contacto con Dios. Es oración el acto que pone al hombre en relación con Dios, que establece este contacto y lo afianza e interioriza cada vez más.

Por si sola, podemos decir que ni siquiera la oración es oración, cuando la oración sea mera recitación de fórmulas. Oración es solamente aquel acto humano que es expresión de fe, de esperanza, de caridad, por el que el alma se abandona, se entrega, se confía, por el que el alma desea a su Dios y hacia Él se lanza, con Él se une, lo abraza y lo ama. Ésta es oración.

El amor puro

Reunión en Florencia del 1ro de julio de 1984

En el Evangelio, cuando el escriba se dirige al Maestro y le pregunta cuál es el más grande mandamiento de la ley (ver Mt 22,3), Jesús responde con las palabras del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-9), añadiendo en seguida el precepto del amor al prójimo que también se encuentra en la antigua ley y precisamente en el libro del Levítico (19,18).

¿Por qué en el Evangelio que leímos hoy (Mt 10,37-42) este mandamiento se transforma? De hecho, en las palabras del Deuteronomio debían crear una relación de absoluta dependencia, de absoluta dedicación a Dios en cuanto Dios. En este Evangelio, Jesús sustituye a Dios consigo mismo. Bueno, cuando Jesús habla de Dios, quiere hablar del Padre. ¡Por qué en este Evangelio exige el amor a Él mismo? ¿Y qué amor exige? Es evidente que, cuando se le pregunta cuál es el mandamiento por excelencia, Jesús responde conforme a la palabra de Dios en la antigua alianza: eran hebreos y debían saber que toda la ley se resumía en este precepto del Deuteronomio. Los remite, entonces, a lo que ya sabían, pero que nunca habían puesto en práctica. ¿Por qué, en cambio, aquí Jesús sustituye el amor a Dios con el amor a Él mismo? […].

«Quien ama a su padre y a su madre más que a Mí no es digno de Mí. Quien ama al hijo o a la hija más que a Mí no es digno de Mí» (Mt 10,37). Dos son los temas y ambos grandes. Se podría decir que el tema es único, pero es mejor distinguir. Primero, el amor a Dios lo podemos concebir de dos formas: o amor físico, como enseña santo Tomás de Aquino, o amor extático, como enseña san Bernardo. Respecto al amor físico, san Basilio, en sus Reglas más amplias, nos dice que el amor a Dios es un amor natural, pues no se puede no amar a Dios. El amor a Dios es un hecho del corazón humano, el más espontáneo, el más sencillo, porque el corazón humano está hecho para la verdad, para la belleza, para la bondad, para la alegría, y Dios es todo esto. En otras palabras, el hombre es hecho para encontrar en Dios su finalidad; por lo tanto, la misma naturaleza lo empuja, o estimula en este camino, en esta relación que debe unir al hombre con Dios. Bueno, pero ¿es este amor el más perfecto? No, este es un amor de concupiscencia. Será un gran amor este también, porque es el amor por el cual el alma encuentra en Dios su perfección y su felicidad… pero el alma ¿ama a Dios o se ama a sí misma, al amar a Dios por ser Él su felicidad, al amar a Dios por ser Él la hermosura a la cual el alma aspira, al amar a Dios por ser Él la bondad que el alma quiere?

Es un hecho muy importante, éste. En el catolicismo, durante siglos y siglos, los más grandes maestros de espiritualidad y los más grandes místicos han luchado entre ellos justamente sobre el tema del amor puro. El amor puro es un amor que no se mira a sí mismo. Es amar a Dios porque es Dios. El amor a Dios porque es Dios implica que el hombre salga de sí mismo y no quiera atraer a Dios a sí mismo como bien propio, ni buscar en Dios la felicidad y la perfección propia, sino que, en el total olvido de sí mismo, se orienta hacia Él. A diferencia de santo Tomás de Aquino, san Bernardo enseña que el amor a Dios es un amor extático. Antes que él, también Dionisio el Areopagita afirmó que Dios, amando, sale de Sí mismo y, de hecho, se hace hombre; del mismo modo, también el hombre, amando a Dios, sale de sí mismo, se olvida a sí mismo y no quiere sino a Dios.

En un soneto famoso, atribuido a san Francisco Xavier, se dice:

«No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Entonces, durante muchos siglos, en la espiritualidad cristiana estuvo presente este problema o, mejor dicho, este mandamiento del amor puro que no se entendía qué fuera ni cómo lo debería vivr el alma. Sin embargo, sigue siendo verdad que el amor puro es el amor extático, un amor por el cual el hombre sale de sí mismo, no trae a Dios hacia sí, sino que se orienta hacia Él y muere por Él, es decir, olvida a sí mismo, no quiere a sí mismo, sino sólo a Dios.

Entonces, el amor en el cristianismo no puede ser solamente el del Antiguo Testamento, porque en el Antiguo Testamento nunca se halla un amor puro. En el Antiguo Testamento, el texto más hermoso que expresa el amor es el versículo 28 del Salmo 72: «Mi bien es estar junto a Dios», pero es ¡mi bien! El amor en el Antiguo Testamento es siempre un amor de deseo, es el eros, el tender toda el alma hacia Dios por ser Dios su suprema felicidad. Siempre es eros el amor a Dios en el Antiguo Testamento. En el Nuevo es agape, un amor que exige arrancarse de las propias raíces, del propio egoísmo, no quererse a sí mismo, no pensar ya en sí, sino querer que Dios sea Dios.

La progresiva manifestación de un único misterio

Dal mito alla verità, Gribaudi, Turín 1991, pp. 12-16

Eurípides es un escritor ejemplar para el que intenta descubrir la acción secreta de Dios, que, aun fuera de Israel, prepara paulatinamente el advenimiento de Cristo, término final del camino del hombre.

Si Dios ha elevado desde el principio a la humanidad al orden de gracia – al punto que ya debemos admitir que el estado de naturaleza pura concretamente nunca ha existido para el hombre –, debemos también afirmar que desde el principio Dios ha orientado al hombre hacia el Cristo venidero, aun antes del pecado de Adán. La Biblia no empieza con la vocación de Abrahán, sino con la creación del hombre, y Adán ya es figura de Cristo, y Eva, de María.

Toda la vida de la humanidad es una historia sagrada. Ciertamente, si es difícil reconocer el carácter profético de la historia de Israel sin la acción del Espíritu Santo, mucho más difícil es descubrir el rostro de Cristo en la revelación cósmica, fundamento de las religiones paganas. Sin embargo, la teología católica cada vez más ha de estudiar no sólo la armonía entre los dos Testamentos, sino también – y ya sobre todo – la relación secreta y la armonía entre todas las religiones y el cristianismo. Digo “ya sobre todo”, porque el conocimiento de las diferentes tradiciones religiosas se ha hecho tan vasto, por medio de la red de comunicación social, que postergar este estudio, lo único que puede garantizar la trascendencia del cristianismo y por eso su catolicismo, puede llevar a negar su justa pretensión de ser la única religión verdadera.

El camino de la humanidad no es más que la progresiva manifestación de un único misterio. Por eso la expresión de toda cultura humana en la literatura, en el arte de toda nación, tiene carácter profético, aunque parcialmente. Todo anuncia y aguarda el cumplimiento de aquel misterio, en la Presencia, velada pero real, de Cristo.

Privilegiada entre todas nos parece la cultura griega, ya que la misma revelación del Antiguo Testamento se concluye en lengua griega y todo el Nuevo Testamento se expresa en ese idioma. Si queremos escuchar a Dios, es a través de esa lengua como hoy también nos habla. El idioma no es un instrumento indiferente en la transmisión del mensaje de Dios. Juntamente con el idioma, Dios tuvo que asumir de alguna manera también el pensamiento, también la poesía, porque pensamiento y poesía no se pueden separar de la lengua. La lengua de toda nación es plasmada por el pensamiento y la poesía. Por lo tanto, nos parece un deber descubrir en el pensamiento y la poesía griegos la preparación para el Evangelio. Hay profetas también entre los paganos, según los místicos Justino y Clemente de Alejandría, pero hemos de decir más: Todo gran poeta, todo gran filósofo misteriosamente anuncia al Cristo venidero o, si ya ha venido, lo supone.

Debemos escuchar a Dios en todo hombre que nos habla, porque Dios, antes de asumir nuestra naturaleza humana, ha asumido una lengua humana […].

Ciertamente no debemos forzar los textos. Los textos deben hablar por sí mismos. Sin embargo, a estos textos de la literatura clásica les ocurre algo parecido a lo que a los textos del Antiguo Testamento: sólo en su cumplimiento final se reconoció la profecía en ellos. El Nuevo Testamento ilumina el Antiguo. Sólo Cristo puede abrir el libro siete veces sellado, sólo de Cristo el libro recibe su interpretación auténtica. ¿Es lo mismo respecto a la tragedia griega? ¿Podemos hoy reconocer en la literatura clásica esa preparación evangélica de la que habla el Concilio Vaticano II?

Los héroes míticos más grandes y famosos son Heracles y Dionisio. Su historia rebosaba de nuevas e impredecibles pruebas. Los dos difieren en el desenlace de sus vicisitudes: Heracles es un hombre y se hace un dios; Dionisio es un dios y desciende entre los hombres, se manifiesta, vive con ellos. En el primero, el mito responde al ansia del hombre que anhela convertirse inmortal y en compañero de los dioses; en el segundo, al contrario, el mito parece mostrar como dios se hace cercano al hombre, busca su compañía y, aun permaneciendo dios, fije su morada entre ellos. Siempre terrible es la divinidad, pero el hombre igual lo va buscando, desea su cercanía. El mito parece nacer de esta invencible atracción de lo divino y al mismo tiempo de la oscura percepción de su presencia.

Donde haya caridad y amor, allá está Dios

Del Comentario a la primera carta de san Pedro

La vida de los cristianos es una vida que se deriva de una sola fuente, de un solo principio “casi formal”, esto es el Espíritu Santo, el cual, viviendo en todos nosotros, debe poner en cada día más evidencia la unidad ontológica propia de nuestro ser. El Espíritu Santo no solamente unifica las potencias del hombre y une a los hombres entre ellos en una Iglesia única, cuerpo de Cristo, sino que esta unidad, que es de toda la Iglesia, debe manifestarse en una actividad propia. Si el Espíritu Santo ha creado la comunidad cristiana, la comunidad cristiana debe ahora manifestar esta unidad.

¿Cómo? En el amor, en un amor fraterno que dona a todos los mismos sentimientos, los mismos pensamientos; un amor fraterno que hace que el amor del uno anticipe la necesidad del otro, sea un amor preveniente, un amor por el cual cada uno está al servicio del otro; un amor recíproco que se traduce en humildad, en beniginidad, en paciencia; un amor que nunca oprime, que nunca posee, que al contrario se dona. Cuando el don es recíproco, se realiza la unidad verdaderamente; porque, si donara solamente sin recibir, me perdería a mí mismo. Es cierto que, al donar sin recibir nada, siempre recibimos a Dios, pero, si jamás recibo nada de la comunidad, no se crea verdadera unidad entre los hermanos, que sólo se realiza en la medida en que sea recíproco el amor. Yo me dono y el otro igualmente se dona; yo vivo en el otro y el otro en mí. Pero todo esto se cumple a una condición: que nuestro amor, como el amor de Cristo, se encarne en la obediencia, en la humildad, en la paciencia, que son el verdadero rostro del amor cristiano.

Es por eso porque en el capítulo XIII de la primera carta a los corintios Pablo dice que la caridad es bondadosa, es generosa, es paciente, todo lo aguanta, todo lo espera; es una caridad que nunca se deja vencer de ninguna cosa, porque nada aguarda en cambio, porque nunca es respuesta al amor del otro. Si fuera respuesta al amor del otro, se mediría sobre el amor del otro y el valor del otro. En cambio, recibe su medida de Dios, quien vive en ti, de la posibilidad que le das a Dios de vivir en ti.

Amor paciente, bondadoso, generoso, humilde – según dice san Pedro –, un amor que no responde a la afrenta con una afrenta, porque tampoco responde a la bendición con una bendición, porque previene y por eso siempre es un amor gratuito. No amo porque el otro me ama; amo porque amor como Dios. Y justamente porque no espero nada, nunca puede menguar mi amor al otro ni puede haber una reacción contraria al amor, por si acaso recibo afrenta por parte del otro. Así como el amor de Dios es una pura efusión de luz sin fin hacia todos, así estamos llamados a ser lo mismo, a vivir la heredad de los santos y la heredad de los santos es Dios mismo. Dios que vive en tu corazón, Dios que no es otra cosa sino el amor […].

Esta vida compuesta en unidad y paz es una vida en que está presente Dios mismo. Los ojos de Dios, pues, descansan sobre el justo y Él escucha su oración. La vida del hombre ya no es una simple vida humana; es el signo, el sacramento de la presencia de Cristo entre los hombres, porque donde reina el amor, allá se establece la paz, allá Dios está presente: Donde haya caridad y amor, allá está Dios. La enseñanza suprema de esta catequesis parece ser justamente esta: una vida de paz, de serenidad, de benevolencia ya es sacramento de la divina presencia. Los cristianos, ya en esta vida, realizan y ofrecen a los demás el testimonio de la presencia de Dios y viven en esta presencia la alegría de la intimidad divina, la alegría de una comunión que excede el tiempo y las cosas. Más aún: en esta comunión con los hombres, el cristiano comparte ya con el Absoluto, comparte con Dios.