martes, octubre 26, 2021

Toda la vida cristiana es un sacerdocio (1982)

Todos los cristianos, así como somos profetas – es decir, testigos, reveladores del Padre como declaramos en la Oración de los Encuentros – así también somos sacerdotes y debemos ejercer nuestro sacerdocio. Todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo, no sólo porque revelamos a Dios, sino porque actuamos. ¿Qué actúa el sacerdocio? Realiza el sacrificio y con el sacrificio santifica; así nos debemos santificar también nosotros mismos y de alguna manera preparar el sacrificio de los demás, como lo hace el sacerdote, de manera que la ofrenda a Dios sea ofrenda de todo lo que entra en comunión con nosotros […]. La primera tarea de nuestro sacerdocio, según san Pablo es: «Ofreced vuestros cuerpos como un sacrificio» (Rm 12,1), es este ofrecernos nosotros mismos. La santificación es vivir el sacrificio de nosotros mismos […].

Vivimos el amor cristiano solamente cuando vivimos nuestra vida como sacrificio, como ofrenda. “Ofrenda”, porque, en la medida en que nos donemos, nos santificamos y el amor que nos santifica es el amor mismo de Dios que es un amor oblativo. La santidad es solamente la perfección de la caridad y la perfección de la caridad es el sacrificio […].

Que tu trabajo sea el ejercicio de tu caridad: eso es lo que quiere el cristianismo. Por lo tanto, no vivas tu misión en el trabajo como una necesidad para sacar adelante a tu familia; y, si hay necesidad, también esto se vuelve un servicio al amor, dado que lo haces por tu familia, pero no es justo, porque el trabajo en sí mismo se debe vivir como compromiso de amor. Por eso digo que debéis amar las calles, las piedras, debéis querer el bien de la ciudad; no se trata solo de hacer vuestro trabajo a conciencia para luego recibir el sueldo a conciencia al final del mes, pues eso sería muy poco. Como cristianos estáis llamados a vivir vuestro trabajo como oblación sacerdotal. Nunca lo pensamos pero es así: el trabajo es una misión y una misión cristiana.

Pensemos en una modista; cuando hace un vestido, ¡cómo debe alegrarse pensando en lo bonito que le quedará a la persona que lo vestirá! Porque ella debe desear que los demás vistan decorosamente, que vistan con elegancia; porque es propio de la mujer el deseo de mostrarse también en el vestir, en su postura. No para atraer a los hombres, sino porque incluso la nobleza, la dignidad del modo de vestir conviene a la dignidad de la persona humana, de una hija de Dios.

No debéis ser desaliñados, descuidados en el vestir. Daos cuenta de que en todo lo que hacéis debéis vivir un servicio de amor, no para vosotros mismos, sino para los demás. También el testimonio que dais es para los demás, porque la persona descuidada nunca revela la belleza de Dios.

Preparar la comida es un servicio, mantener la casa dignamente, vivir vuestro trabajo en la relación con los demás. Que todo sea transformado verdaderamente en un sacrificio, en una oblación de amor. Este es el ejercicio de vuestro sacerdocio, porque la Misa dura toda nuestra vida y es nuestra participación en el Sacrificio de Cristo que vivimos solamente en la medida en que vivamos el mismo amor que Él vivió. ¿Cómo participamos en la muerte de Cristo? Participando de su amor sacrificial, participando de este amor por el cual Él se donó […].

Vuestro sacerdocio es: transformar toda vuestra vida en un acto de ofrenda, ofrenda a Dios, primero que todo, porque el sacrificio no puede tener otro fin sino Dios, aunque no es el único fin. El sacrificio de Cristo, de hecho, tuvo también un segundo fin, es decir, la salvación del mundo. Así vuestra vida no puede ser solamente un acto de sacrificio a Dios, de alabanza, de adoración, sino que debe ser también un acto de propiciación, de intercesión, de ayuda, de amor a los hermanos, al trabajo, a la ciudad, a la sociedad, a la naturaleza […].

El sacerdocio es el poder que tenéis para llevar a Dios toda la creación en su belleza, a fin de que glorifique a Dios en su salvación: este es el fin de la ecología, porque ella también es un servicio de amor. Pero si tiráis papeles al piso, no ejercitáis vuestro sacerdocio, pues también los prados deben mantenerse limpios.

Tened en cuenta que nuestro sacerdocio nos compromete en relación con todas las cosas, en relación con la sociedad, con el hombre, y no sólo en lo relacionado con su alma. En la educación del niño la mamá ejerce su sacerdocio; la formación de un niño es un acto sacerdotal.

Todo es un sacerdocio, toda nuestra vida cristiana.

Biella, Retiro del 9 al 10 de enero de 1982 

Extenderse entre dos extremos (1988)

Probablemente la décima Exclamación de santa Teresa es la más bella de todas, la más viva de sentimiento, de drama. La oración está estructurada en tres párrafos de la misma medida y en una sabia contraposición continua entre los pecadores y Dios, entre Dios y los pecadores. Teresa, en la mitad, es solidaria con los unos y con el Otro; se siente partidaria de Dios y, al mismo tiempo, pecadora. Se convierte verdaderamente en la que une los dos extremos: la santidad divina y el pecado del mundo […].
 

Primero que todo, veamos a Dios como uno de los “personajes” del drama. ¿Quién es Dios según Teresa? Los nombres que le da no son atributos impersonales jamás o muy de vez en cuando […]. Primero lo llama «¡Dios de mi alma!» y más adelante «Amigo sincero». Con este nombre va más allá, porque Dios ciertamente es el nombre que transciende todo nombre, pero, cuando llama «Amigo» al que acaba de llamar «Dios», quiere decir que toda la Divinidad se ofrece en comunión de amor al alma esposa. Es justamente por esta amistad como Teresa puede dirigirle a Dios una oración verdaderamente extraordinaria, la oración de todos los grandes amigos de Dios. Ella pide que, por medio de su oración, los pecadores se salven, aunque no quieran; se ofrece no por los que no tienen quien interceda por ellos, sino por los que ni siquiera desean esta intercesión. Su amor debe vencer la obstinación del mal […].

A este Dios, al cual Teresa está íntimamente unida, ella dirige su oración, en la que pide la salvación universal. En un primer momento, parece que se pone al lado de Dios contra los pecadores, pero después prevalece la piedad. Mientras al comienzo ve a su Dios herido, matado entre horribles dolores, después ve a los pecadores difuntos, condenados a un castigo eterno. Pasa, entonces, de la visión de Dios, con el cual se hace solidaria en el sentimiento de la pena por la ofensa recibida, a una pena, aún más grave, por los pecadores que han ocasionado estas heridas, que han matado a su Dios.

Teresa está unida contemporáneamente a Dios y, a pesar de todo, a los pecadores. Su unión con Dios no la separa de ningún pecador. Este es el drama del cristiano en esta tierra; en virtud de nuestra unión con Dios, debemos sentirnos solidarios con el pecado del mundo. Cuanto más nos unamos a Dios, más nos convertimos, como Cristo, en el Cordero que carga con el pecado del mundo. Teresa no defiende a los pecadores, sino que quiere que aquel Dios, a quien ofendieron y crucificaron, done ahora su salvación a ellos […].

Teresa así se convierte en corredentora: está consciente de sus pecados pasados que la hacen aún más solidaria con este mundo de pecado. Y no puede hacer menos que pedir que cesen «con los míos» también los pecados de todos. Pero, como sus pecados ya desaparecieron, inmediatamente se pone en la condición de quien fue una pecadora. Así como por las oraciones de Marta y de María Magdalena (probablemente piensa en Magdalena como en el modelo del alma contemplativa) Jesús resucitó a Lázaro, así Teresa, pecadora perdonada, ahora con su oración y sus lágrimas pide la resurrección de estos muertos. Y dice: «No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia».

En el tercer párrafo ya no es ella la que ora, sino el Hijo de Dios en ella. El Juez es aquel que es infinita misericordia: «Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar». Notemos estas palabras de grandísimo valor: es Dios quien les ruega a los hombres, quien se dirige a ellos para que acojan su amor; Dios quiere ser escuchado, implora a los hombres para que le den un puesto en su corazón. No es el pecador el que quiere apartar su pena, que no quiere precipitar en el infierno, sino que es Dios quien no aguanta que un hijo suyo, aunque pecador, se pueda perder. «El Juez que os ha de condenar». Ha de condenar, porque no os puede salvar, si no queréis.

Al final de la oración verdaderamente es la misericordia la que triunfa; no hay otra justicia que la de la misericordia: aquí se funden la justicia y la misericordia. En esta oración, la Santa mantiene una unión profunda, viva y dramática, ya sea con Dios ya sea con los pecadores, y esta unión la crucifica. Esta es la verdadera crucifixión: extenderse entre los dos extremos, deber abrazar al mismo tiempo el pecado del mundo y la misma santidad de Dios, el abismo del mal humano y el abismo de la infinita misericordia. Los dos brazos se extienden para alcanzar estos dos extremos infinitamente lejanos. Teresa se convierte, al final, en la misma mediación de Cristo que extiende sus brazos.

Del Libro Chiedere Dio a Dio, 1988 (comentario a las Exclamaciones de Santa Teresa de Ávila)

X exclamación:

¡Oh Dios de mi alma, qué prisa nos damos a ofenderos y cómo os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?

Cercándome los dolores de la muerte (1). ¡Oh, oh, oh, qué grave cosa es el pecado, que bastó para matar a Dios con tantos dolores! ¡Y cuán cercado estáis, mi Dios, de ellos! ¿Adónde podéis ir que no os atormenten? De todas partes os dan heridas los mortales.

  1. ¡Oh cristianos!, tiempo es de defender a vuestro Rey y de acompañarle en tan gran soledad; que son muy pocos los vasallos que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer. Y lo que peor es, que se muestran amigos en lo público y véndenle en lo secreto; casi no halla de quién se fiar. ¡Oh amigo verdadero, qué mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos!, ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas lágrimas (2), sino por los que no habían de querer resucitar, aunque Su Majestad los diese voces. ¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites.
  2. No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veis la aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no os lo quieren pedir. Ya sabéis, Rey mío, lo que me atormenta verlos tan olvidados de los grandes tormentos que han de padecer para sin fin, si no se tornan a Vos.

¡Oh, los que estáis mostrados a deleites y contentos y regalos y hacer siempre vuestra voluntad, habed lástima de vosotros! Acordaos que habéis de estar sujetos siempre, siempre, sin fin, a las furias infernales. Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios.

NOTAS (X)

1 Salmo 17, 5-6.
2 Jn 11, 35 y 43.

La pena màs grave (1984)

La Iglesia es la esposa y al mismo tiempo cada uno de nosotros es la esposa, porque cada uno de nosotros es toda la Iglesia. Dice san Pedro Damiani: In ómnibus una, una en todos, pero también in síngulis tota, toda en cada uno. Yo soy toda la Iglesia y cada uno de vosotros es toda la Iglesia en la medida en que se realiza nuestra vocación a la santidad.

¿Qué quiere decir ser toda la Iglesia? ¿Qué le da la humanidad a Cristo? La muerte, los pecados. ¿Qué nos da Cristo? Su vida divina, su Espíritu.

¿Qué debemos llevar a Cristo? No sólo nuestro pecado, sino el pecado de toda la humanidad. Sintámonos responsables de todo el pecado del mundo para ofrecérselo a Él y obtener para todos misericordia y perdón. La misericordia que deseamos para nosotros, no la podemos separar de la que debemos desear para los demás, para todos.

[…] Todos debemos sentirnos comprometidos a vivir esta co-redención, asumiendo junto a Jesús el peso del pecado del mundo. Peso que Jesús de alguna manera recibe de nosotros, ya sea porque nosotros mismos somos pecadores, ya sea porque también el pecado que no hemos cometido es en cierto modo nuestro, por el hecho de que somos una sola cosa con todos. No podemos separarnos de los demás. Por eso, el pecado de todos es asumido por Cristo a través de nosotros. Eso es lo que quiere decir vivir la dimensión eclesial de la Eucaristía, vivir la solidaridad con el pecado humano.

Es impresionante la oración de Gregorio de Narek en la cual él se acusa a sí mismo, página tras página, de los pecados más graves: violaciones, asesinatos, adulterios, sacrilegios innumerables. ¡Queda uno sin respiro! Sin embargo, no podemos separarnos de ninguno. Convirtiéndonos en la esposa de Cristo por medio de la Eucaristía, cada uno de nosotros se convierte en toda la humanidad que Él llama de nuevo a la unión con Él.

[…] Es ésta la solidaridad que la Comunión debe despertar en nosotros, dándonos el sentido del pecado universal, para llevarlo a Cristo, porque Él lo desea de cada uno de nosotros. Debemos sentirnos cubiertos, oprimidos por la responsabilidad del pecado universal, para que a través de nosotros, a quienes Él ama, el pecado sea redimido, sea cancelado y, por medio de nosotros, Dios tenga misericordia de todos. Porque nosotros somos todos.

[…] Santa Teresa del Niño Jesús asume el pecado de su tiempo, la incredulidad: debe vivir la angustia terrible de la falta de fe, como si Dios no existiera. Ella misma dice, de hecho, que ya no cree. Usa precisamente esta expresión. Ciertamente creía, si no ¿cómo podía estar allí? ¿Cómo hacía para vivir la vida de oración? Sin embargo, era como si no creyera; tanta era su pena, tanta era su angustia. El pecado del mundo le pesaba con todos sus efectos, dándole el sentido de la irrealidad del mundo divino.

Es la pena más grave que un alma pueda sufrir. De hecho, ésta es precisamente la purificación que Dios pide hoy a las almas. Santa Teresa de Jesús no la conoció ni tampoco san Juan de la Cruz, mientras que santa Teresa del Niño Jesús, que vivió en una época en la que crecía la incredulidad, vivió este sentido de la ausencia de Dios, de la muerte de Dios, para usar un lenguaje propio de cierta teología moderna.

Y también vosotros, en la medida en que viváis la unión nupcial con Cristo, viviréis este drama, porque el pecado del mundo os debe oprimir, no porque lo hayáis cometido, sino porque estáis llamados a cargar con el castigo: el abandono del Padre. Sentirse como suspendido en el vacío, sentir inútil, quizá absurda, la propia vida es la pena que pueden probar las almas religiosas de hoy y que no probaron las de hace siglos.

¿Qué nos permitirá resistir? La gracia de Dios. Esta gracia nos permitirá vivir también la muerte, porque la unión con Cristo se realiza en su muerte. El tálamo de las nupcias con Él es la Cruz, en la cual nos acostamos como Él lo hizo. Quizá no es muy agradable, pero ¡es así como se ama!

Con esta muerte, el alma vive realmente la unión, porque con la muerte dona a Cristo lo que ella es o lo que tiene. Y Cristo nos dona lo que Él es: el Amor. 

Del libro: Spiritualità carmelitana e sacramenti, 1984

Bondada y belleza (1984)

En san Juan de la Cruz, así como en el cuarto Evangelio, predomina la función reveladora del Verbo encarnado. Se ha hablado siempre sobre la importancia que tiene, para este Santo, el atributo de la belleza en el conocimiento de Dios. A través del Verbo encarnado «se verá» la «bondad» del Padre, «su grande potencia, justicia y sabiduría», pero, sobre todo, el mismo Verbo enterará al mundo de la Belleza, la Dulzura y la Soberanía de Dios. La Bondad es aparte: parece que de la Bondad toman origen dos series de tres atributos de Dios [potencia, justicia, sabiduría; belleza, dulzura, soberanía]. La Bondad ciertamente está casi por «amor», como en san Francisco; entonces, más que un atributo, es el nombre de la misma naturaleza de Dios. Los atributos son los aspectos de Dios al actuar en el mundo y al revelar a su Rostro a las creaturas. En esta revelación del Verbo divino, la Belleza, al principio de la segunda serie de atributos, parece concluir y resumir todo conocimiento de Dios. Así, en la palabra del Hijo que responde al Padre, aprobando plenamente su plan, se acentúan principalmente Bondad y Belleza […].

El Padre dispone dar una esposa al Hijo y Él corresponde a ese don con la revelación de la Bondad y la Belleza del Padre. La revelación es la misma glorificación.

La oración sacerdotal de Jesús en el cuarto Evangelio termina con las palabras: «Padre […] les di a conocer tu nombre y aún lo haré conocer, porque el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).

En el conocimiento de Dios está el proceso de la vida divina. El Verbo divino comunicará a la creatura, su esposa, todo su bien que es el conocimiento del Padre. Un conocimiento vivo en el amor.

La única propiedad de toda Personas divina es ser relación infinita de amor hacia la otra Persona correlativa. La propiedad del Hijo es la de ser Hijo. En el Hijo de Dios, la esposa se convierte en hija, será, con el Hijo y en el Hijo, un único Hijo unigénito. No sólo hablará del Padre, sino que dirigirá y llevará a la esposa hasta el Padre. Al comienzo, el Verbo encarnado habla del Padre: «Iré a decirlo al mundo – dice – y le hablaré de tu belleza». Y de verdad el Verbo no habla de Sí mismo, no revela a Sí mismo, sino que dice el nombre del Padre. Pero, en últimas, anuncia: «La sacaré del abismo de su miseria y la dirigiré hacia ti». El Hijo se dirige hacia el Padre, está frente a su Rostro. En su unión nupcial con el Hijo de Dios, la esposa participará en la relación de amor infinita entre el Hijo y el Padre. La esposa mirará al Padre con los ojos del Verbo.

La vida cristiana termina con la alabanza al Padre. Hechos una sola cosa con el Hijo, nosotros mismos seremos con Él alabanza de su gloria, viviremos con el Hijo en el seno del Padre.

Por la encarnación del Verbo, el hombre entra en el misterio de Dios; con el Esposo, la esposa penetra en este infinito misterio de amor y es arrastrada en la corriente infinita de amor que pasa de una Persona divina a la Otra. Nuestra relación no termina en el Hijo, si el Hijo es pura relación de amor con el Padre.

Es la vida divina: la transfiguración del ser, la luz, la alegría de la cual habla san Juan. Evidentemente esta relación de amor no puede ser otra cosa sino fuente de gozo, fuente de luz, fuente de eternidad. Sin embargo, la luz, la alegría, son fruto, efecto de lo que es esencial en la vida divina: ser relación de amor. La naturaleza de la vida cristiana es ser relación con el Hijo de Dios.

Según san Juan de la Cruz, la unión nupcial transforma al amante el cual se parece cada vez más al amado. Es más: transforma al amante en el amado y al amado en el amante.

De La teologia spirituale di san Giovanni della Croce, 1990  

“Una esposa que te ame…” (1990)

«Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería, / que por tu valor merezca…» (inicio del tercer Romance de san Juan de la Cruz). Si el Padre quiere donar una esposa al Hijo, el Hijo será el Esposo que se dona a la esposa y ella deberá donarse al Esposo.

No existe otro vínculo entre la esposa y el Esposo, excepto el del amor. «Una esposa que te ame»: ¿Qué quieren decir estas palabras? Suponen que la unión nupcial se debe cumplir con una doble donación: la del Esposo, porque la creatura no podría ser la esposa del Hijo de Dios si el Hijo no la amara y no se donara primero; pero también la de la esposa que responde al amor del Esposo con su mismo amor. Con esta donación recíproca se consuma la unión.

Es necesario que el mismo amor reine tanto en el uno como en la otra; en este amor se une el esposo a la esposa y la esposa al esposo. Así como el Espíritu Santo es la Unidad del Padre y del Hijo, así en el Espíritu Santo se cumple la unión del Esposo, que es el Hijo de Dios, con la esposa que es la creatura. En el acto de ese amor que orienta a los esposos el uno hacia el otro y realiza la donación recíproca del uno al otro es como se cumple la unión. El Padre celestial, en el designio de darle al Hijo una esposa, determina también que la esposa lo ame. No es solo el Esposo el que ama, también la esposa amará al Esposo. Y podrá amar al Esposo con el amor que Él “merece”, porque su amor es del Espíritu Santo.

Cuando la persona creada se convierte en la esposa de Cristo, sucede lo que dice el Padre: tal esposa «que, por tu valor, merezca / tener nuestra compañía». Si te casas, pierdes tu apellido y tomas el de tu esposo. Con el matrimonio la esposa pierde su apellido y adquiere el del esposo. Por el valor y la dignidad del Esposo, la esposa misma entra en el mundo de Dios, «en compañía» no sólo del Hijo sino también del Padre. El mismo Hijo la levanta y la lleva con la fuerza de su Espíritu. Si la esposa adquiere la dignidad del Esposo, ella, entonces, para el Padre cuenta lo mismo que cuenta el Hijo de Dios. El Padre ya no separa lo que el Amor ha unido. La esposa es verdaderamente una sola cosa con el Esposo, posee su misma riqueza y vive su misma vida. Por esto entra en el misterio inaccesible de Dios, es admitida a vivir su comunión con el Padre. Inseparable del Hijo, ella se vuelve en Él también inseparable del Padre. Ella es generada por el Padre en la misma generación del Hijo, y con el Hijo vive en el abismo de Dios, en pura relación de amor al Padre. No es que se multipliquen las Personas divinas, sino que la esposa ya no es extraña a la compañía de los Tres, su vida es la misma vida de Dios.

El designio de Dios depende todo de la libertad del amor, del amor del Padre que quiere donar una esposa a su Hijo, del amor del Hijo que quiere a la esposa. La libertad, sin embargo, nada le quita a la realidad del amor. No sería amor si no fuera libre, pero, ya que es el amor de Dios, es también un amor infinito y nada excluye en la donación de Sí mismo que Dios hace como Esposo a la esposa.

Si la esposa se nutre del mismo pan del Padre, entonces conocerá a su Esposo como lo conoce el Padre y en este conocimiento gozará de su posesión. En la posesión de su Esposo, ella vivirá la plenitud de todos sus bienes, así como los conoce y los disfruta el Padre: «a fin de que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo / de tu gracia y lozanía».

En realidad, como escribe el apóstol Juan: «El Hijo de Dios es la vida eterna» y en el Hijo de Dios es que el hombre posee esta vida que también es la vida del Padre. El Hijo se donará a la esposa y se convertirá en todo su bien, así como Él es el bien del Padre. La vida de la esposa es solo el Esposo. El conocimiento de Dios no puede multiplicar a Dios en una vana imagen de Él; su verdadero conocimiento no puede ser otra cosa que la posesión de Dios, no puede ser sino su morada en el hombre.

A las palabras del Padre el Hijo responde: «Mucho me agrada, Padre». Libertad en el Padre, libertad en el Hijo. Es libre el amor del Padre al crear y querer darle una esposa a su Hijo; libre es el amor del Hijo que hace suya la voluntad del Padre.

Del libro La teología espiritual de San Juan de la Cruz, 1990

¿Cuándo nace la comunidad? (1955)

En la primera alianza, el signo fue la Ley, el Decálogo […]. La antigua alianza esto establecía: Israel se vincularía a Dios por medio del Decálogo. En la nueva alianza se otorga una nueva ley, el mandamiento nuevo. A todos los mandamientos del antiguo pacto corresponde un único y nuevo mandamiento: el del amor y del amor fraterno. San Juan insiste en el amor fraterno más que en el amor del hombre hacia Dios. El amor del hombre hacia Dios san Pablo no lo conoce y poco lo conoce san Juan, aunque los Evangelios sinópticos sí lo conocen. Jesús no da un nuevo mandamiento del amor del hombre hacia Dios, no hace otra cosa sino confirmar el mandamiento del Deuteronomio: «Amarás al Señor con todo tu corazón».

El nuevo mandamiento de Dios es el amor recíproco que se deben los discípulos. Pero pongamos atención: ni siquiera es el amor al prójimo, no es un amor — esto es importante para nosotros los de la Comunidad – como lo expresan los Evangelios sinópticos, un amor que rompe todos los límites, que no conoce división de razas, de religiones; no es un gratuito amor universal. Puede parecer que el nuevo mandamiento de Cristo, de hecho, sea un amor que limita la concepción de la caridad cristiana, como está descrita en los Evangelios sinópticos. De hecho no restringe nada. Este amor que nos manda Cristo después de la Última Cena es el amor recíproco, aquel que los hombres se deben tener los unos a los otros; pero no los hombres en general, sino sus discípulos. Un amor por el cual los unos deben amar a los otros como Jesús ama, con un amor total, con un amor que es entrega plena y total de sí mismo, con un amor que comporta también recibir plenamente la donación del otro, con un amor que crea la comunidad, la unidad de los creyentes, la unidad de los fieles, de los discípulos.

Un amor universal es un amor que se entrega totalmente, que se ofrece, pero que no necesariamente obtiene una respuesta. En cambio el amor que Cristo nos manda después de la Última Cena es el amor que exige una respuesta, el amor recíproco: «Amaos unos a otros» (Jn 13,34). Es el amor que crea la comunidad y, es más, demuestra la unidad de todos en Él […].

Comunidad: «Omnia mea túa sunt et túa mea sunt – Todo lo que es mío es tuyo y lo tuyo, mío». Ya no existe ni lo mío ni lo tuyo: cada uno está comprometido a donarse totalmente y no sólo a donarse, sino también a recibir la donación de los demás. No es verdadera caridad la que sólo dona. Nos mantenemos siempre en una condición de privilegio, en el fondo, si sólo nos donamos. Dar y recibir: debemos sentirlo así. No viviríamos la Comunidad, si solamente sintiéramos que debemos donar algo a otra hermana porque la vemos más simple, más pobre que nosotros. También esta hermana tiene mucho que darnos y debemos recibir lo que nos done, debemos sentir que necesitamos cuanto nos da y aceptarlo.

Con humildad y sencillez estar verdaderamente comprometidos a amarnos los unos a los otros. Creo que verdaderamente es este el nuevo mandamiento de Cristo y que la Comunidad exige precisamente el ejercicio de este amor recíproco que comporta una compenetración del uno en el otro, casi una circuminsessio entre nosotros, una pericoresis. Lo que es propio de las Personas divinas, también deben ser propio de las personas humanas en el misterio de aquella unidad que es el Cristo total. Así como en la única naturaleza de Dios subsisten tres Personas divinas, las cuales se donan mutuamente, así en la unidad del Cuerpo místico de Cristo, cuerpo que se realiza precisamente por la unión eucarística, en la unidad de este Cuerpo místico el uno vive en el otro, se dona al otro y recibe al otro […].

En el fondo, hay orgullo en el querer solamente amar y donar, en el querer hacerlo todo solamente nosotros. Debemos también sentir la necesidad de los demás. No solamente la necesidad de donarnos, sino también la necesidad de recibir. Os podría parecer que yo no puedo recibir nada: en cambio debo recibirlo todo de vosotros, como vosotros debéis recibirlo todo de mí. Es entonces cuando nace la Comunidad: cuando la donación es verdaderamente recíproca.

De los Librotes Verdes, Reunión del 7 de abril de 1955