martes, octubre 26, 2021

Apertura ecuménica

Del Retiro del 19 de enero de 1986 en Casa San Sergio

En el octavario de oración por la unidad de los cristianos […] se insiste sobre todo en el regreso de todos los creyentes en Cristo a la Iglesia. Entonces, hay que notar una cosa, sobre la cual nos llama la atención continuamente el papa Juan Pablo II: Es verdad que la unidad se expresa en el plano visible en la Iglesia católica que tiene su centro en el papado, pero es verdad también que, independientemente del papado, la Iglesia occidental, toda la Iglesia occidental – es decir todos los católicos de América, África, Europa, setecientos millones de católicos – son solamente una parte de la Iglesia una católica. Es cuanto repite siempre el Papa. No sé si los italianos lo hemos comprendido.

El gesto del Papa de hacer patronos de Europa a Cirilo y Metodio significa que el catolicismo latino es sólo una parte. Si nos encerramos en nuestro catolicismo latino, aunque estemos con el Papa, prácticamente le impedimos a la Iglesia ser católica de hecho, mostrarse una de hecho, porque la Iglesia es ya Oriente y Occidente […].

Desde cuando nació la Comunidad, podemos decir que miramos hacia el Oriente. Debemos darnos cuenta de que lo que vale no es tanto el regreso de los orientales a nosotros, sino nuestra disponibilidad a acogerlos, aunque somos pocos. Démonos cuenta, pues, de que nuestro cristianismo necesita completarse con la visión, con la mentalidad, con la sensibilidad del Oriente cristiano […].

Esta es la razón de Casa San Sergio. De hecho, en esta casa sentimos esta necesidad de asumir en la Iglesia católica los valores de la Iglesia oriental. Un poco me da miedo todo esto, porque no quiero que sea una moda ni quiero dejar de ser un católico latino. Soy católico justamente si trasciendo lo parcial de mi confesión cristiana occidental, integrándolo con lo parcial de la confesión cristiana oriental. Debo sentirme verdaderamente hermano de san Serafín, hermano de san Sergio, hermano de todos los grandes santos de Rusia, de los de Grecia de estos últimos tiempos […].

Debemos admirar y amar a estos cristianos, y el amor no es solamente dar, sino que implica también querer recibir. Si no quieres recibir, no amas. Debo amar al Oriente sin pretender nada, pero tampoco puedo negarme a recibir. Debo saber recibir el testimonio de su cristianismo, de un cristianismo que es uno con el nuestro, aunque diferente. Son aspectos complementares de un misma vida y en estos aspectos complementares nuestro mismo cristianismo se hace uno y católico, porque sin estos aspectos nuestro cristianismo corre el riesgo de ser demasiado racional, lógico, jurídico, los defectos típicos del cristianismo occidental.

¿Por qué hoy en día son muchos los que adversan a la Iglesia como institución? Porque el sentido jurídico ha pesado demasiado en nuestra experiencia cristiana […]. ES precisamente esto lo que debemos aprender del Oriente: debemos aprender a liberarnos de un cierto legalismo y también de una concepción demasiado moralista del cristianismo. Debemos volver a una espiritualidad más dogmática e litúrgica, en vez de moralista. ¿Qué son nuestras virtudes en comparación con los Sacramentos divinos que nos unen a Cristo y nos hacen una sola cosa con Él? Debemos volver a vivir los Sacramentos. ¡Pensad qué es la Misa! Es Cristo que se hace presente por nosotros en el acto supremo de su amor […].

Mis queridos hermanos: Debemos liberarnos de estos defectos que delatan lo parcial que es nuestro cristianismo. Ciertamente también el oriental es un cristianismo parcial, pero, como somos católicos, es justo que no nos fijemos demasiado en los defectos ajenos, sino más bien en lo que nos hace falta a nosotros, aun sabiendo y reconociendo que somos la verdadera Iglesia. Debemos agradecer a Dios el hecho de que hemos nacido en la Iglesia católica, el hecho de que para nosotros es tan fácil y natural reconocer en el Papa el verdadero vértice de toda la jerarquía, el sacramento visible de la unidad de la Iglesia. Pero esta gratitud a Dios no nos debe impedir sentir, como quiere al Papa actual, lo parcial que es nuestro cristianismo, el cual debe completarse con otro complementar con el nuestro. Todo esto no significa que debemos convertirnos en orientales, porque, si lo hacemos, ni seremos orientales ni occidentales. Hemos nacido aquí, nuestra leche materna es la de la Iglesia latina y un hijo sigue siendo hijo de su madre. Sin embargo, debemos abrirnos para acoger cuanto nos pueda dar la Iglesia oriental, para que nuestro cristianismo sea más vivo, más pleno, más uno, más católico.

No te apartes…

Dio solo e Gesù crocifisso, 1985, pp. 56-58

Vivimos con Cristo una sola vida y nuestra vida es la alabanza al Padre, es la salvación del mundo. Si el Hijo de Dios es la alabanza sustancial al Padre, tú tienes que ser la alabanza a su gracia […]. Pero Cristo es también el Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo. Entonces tenemos que ser la alabanza a Dios porque somos una sola cosa con el Verbo encarnado, pero tenemos que ser también una sola cosa con todos los hombres, porque somos una sola cosa con Cristo Salvador del mundo. Cristo es la santidad de Dios y Cristo ha cargado con el pecado del mundo.

Es esta la paradójica vida del cristiano. Suprema paradoja: en tu amor, en Cristo, has de realizar la unión con Dios y con los hombres pecadores, has de vivir la santidad de Dios y responder por todos los pecados del mundo. No puedes apartarte de algún pecador: si te apartas, aunque sea de un solo pecador, te apartas de Cristo. Ser uno con Cristo significa ser en Él alabanza a Dios y también el Cordero que carga con el pecado del mundo. En esto se convirtió Cristo en su muerte de cruz.

Hasta antes de su muerte no había asumido el pecado. Había asumido nuestra naturaleza, pero no el pecado de los hombres. En el mismo instante en que asumió la responsabilidad del universal pecado, se descargó sobre el castigo de todos los pecados hasta matarlo. En el acto de su muerte, Él reveló su amor, un amor más grande que todos los pecados. Por eso, en su muerte, se ha hecho el Salvador de todos. ¿Quieres separar tu responsabilidad de la de los hermanos que amas? No. Entonces, tú también has de asumir el peso de ellos.

Demasiado nos ocupamos de nuestra pequeña huerta. Nos parece que hemos fallado sólo porque nos distraemos en la oración… ¡No te separes del pecado del mundo! ¡Siente como tuyo el pecado de todos, porque todos son una sola cosa contigo! En tu amor, tienes que salvar a todos.

El pecado separa al hombre de Dios, separa a los hombres entre ellos, pero tu amor en Cristo ha de superar su pecado y salvarlos: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Este es el amor. Los hombres pueden querer apartarse de Cristo, odiarlo, pero Cristo no se aparta de alguno: a todos los abraza en su misericordia y en su amor. Y abrazar a todos en el amor y la misericordia significa para Cristo hacerse responsable de todo el pecado del mundo ante el Padre. Por eso ha de sufrir la experiencia del abandono por parte del Padre, ha de hacerse como el pecado viviente. Lo afirma san Pablo: «Se hizo pecado» (ver 2 Co 5,21); no porque ha pecado, sino porque, asumiendo todos los pecados, se hace responsable ante Dios de todo el mal.

Magdalena de Canossa tuvo este amor. En sus Memorias dice que quisiera estar en el purgatorio toda su vida, con tal de salvar a todas las almas. Y vosotras, ¿qué habéis hecho, qué hacéis? ¿Qué sentido tienen todas vuestras obras, si las almas que habéis conocido acaban cayendo al infierno? La suprema caridad hacia el prójimo no puede ser más que llevarlo a la salvación. Todo lo que hacéis, toda obra, tiene como fin la salvación. Sin la salvación, todas las obras precipitan en la nada, se esfuman. Si, después de trabajar tanto, las almas van al infierno, ¿cuál bien habéis realizado?

La caridad tiene como fin esta salvación. Lo mismo hizo Jesús crucificado: Él siempre amó, pero sólo en su muerte obró la salvación, porque en su muerte asumió el pecado del universo. Os consagrasteis a Dios para que ningún hombre se apartara de vosotras. No tenéis solamente que atender a todas las necesidades humanas, sino responder por todos los pecados del mundo. No debéis escudaros frente al pecado: Nuestro Señor no se defendió, cuando la Magdalena se echó a sus pies. No debéis apartaros, no debéis condenar. Toda condenación del prójimo es vuestra condenación, porque la condenación implica una separación, y separarnos, aunque sea del último de los pecadores, es separarnos de Cristo.

Mientras el hombre esté con vida, siempre está llamado a la redención. Cristo ha muerto por Él, se ha identificado con él, para asumir su pecado, su dolor, su sufrimiento, su humillación. Todo lo propio de todo hombre ha de ser tuyo. La caridad ha de hacerte uno con todos y no te exige menos que la muerte, por eso mismo.

Abrirnos para acoger a Dios que viene

Final de la homilía de la Santa Misa de Navidad del 24 de diciembre de 1984

Él ha nacido por nosotros. Creámoslo también en este momento. Hemos cantado al comienzo del Oficio de lectura: «Christus natus est nobis – Cristo ha nacido por nosotros». ¡Por nosotros, para ser nuestro! ¡No dudemos del regalo de Dios! Es cierto que debemos acoger este regalo con un sentimiento de profunda humildad, el sentimiento de que este regalo divino es totalmente gratuito, porque el regalo de Dios no se motiva por ningún mérito nuestro, sino que supone sólo el pecado. Él ha bajado justamente para entregarse a nosotros los pecadores. Cuanto dice san Pablo respecto al amor de Dios, que se manifiesta en la muerte de Cristo, es verdad desde el nacimiento de Jesús: «Esto prueba el amor que Dios tiene hacia nosotros: que, aun siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). No sólo murió, sino que también nació. Todo el milagro, toda la inmensa bondad de Dios se manifiesta en los misterios de Cristo y supone en nosotros no virtud ni bondad, sino sólo miseria y pecado.

¿Logramos creerlo? ¿Somos tan atrevidos que logramos creer superando la vergüenza de sentirnos todavía totalmente contaminados por el mal? Debemos superar esta vergüenza con una fe viva. Debemos tratar no de reconocer nuestro pecado, sino de reconocer que inmensamente mayor que él es la misericordia de Dios y de abrirnos para recibir este infinito regalo de misericordia que Él nos da, aunque pecadores.

Sí, Él mismo nos lo ha enseñado. ¿Por qué no creer en su palabra? ¿Acaso no dijo que tenemos que saber perdonar igual que Dios setenta veces siete (Mt 18,22)? Esto significa que siempre que al alma se abre ante Dios, Él la colma de bien.

¡Que nuestra alma se abra a un vivo sentimiento de su pobreza espiritual, de su miseria, de su pecado, para acoger esta misericordia infinita! […] ¡De verdad es Dios un abismo infinito de amor para con el hombre! ¡De verdad, nunca podremos juzgar cuán grande sea la bondad que Él tiene para con nosotros, la misericordia que Él nos tiene! Resulta tan inconcebible lograr creerla que tratamos siempre de reducir la misericordia de Dios a la capacidad de nuestro pensamiento. Sí, podemos pensar que Dios es bueno, pero nunca lograremos entender cuán bueno es. Nuestra inteligencia se niega y tampoco podría extenderse tanto cuanto se extiende esta misericordia infinita.

Tenemos que abrirnos humildemente para acoger a Dios que viene. Tenemos que creer verdaderamente en este amor y, a pesar de la experiencia de nuestras caídas, creer que Él es de verdad todo nuestro, todo para nosotros, que no nos niega nada, que su regalo de amor es todo su mismo Ser. No nos da sus cosas, nos dona a Sí mismo. De ninguna otra manera manifestaría más claramente su voluntad de ser Él mismo nuestra riqueza, sino naciendo de nosotros, naciendo por nosotros.

Esta es la Navidad, mis queridos hermanos. Tratemos de veras de vivir este misterio con una fe profunda que nos permita vivir la alegría de la Navidad aun siguiendo en una vida de pobreza, en una vida de humildad y quizá de muchas imperfecciones. Pidámosle por lo menos que estas imperfecciones no sean voluntarias y que nuestra miseria también termine siendo alabanza a Él, el reconocimiento de su bondad infinita que se entrega sin medida. Y se entrega también a los que no merecen nada, también a los que nos parecen merecer ser cada día más rechazados por un amor fundado en el cálculo, pero que en cambio no son rechazados por un amor que no condena a nadie, porque no tiene límites.

Esto es, mis queridos hermanos, lo que nos dice esta noche el misterio de esta Navidad.

Dejarnos invadir por Dios

De la homilía dictada en Casa San Sergio el 6 de agosto de 1984

[…] Esta mañana hablaba de la importancia que la memoria tiene en la vida cristiana. San Basilio Magno, quien, en el fondo, es el doctor de la vida contemplativa en el cristianismo oriental, el maestro del monacato oriental, amaba hablar del “recuerdo de Dios”. El recuerdo de Dios es precisamente este lento quedar invadidos por la presencia de Dios en nosotros, de manera que llegamos a tener conciencia de esta presencia en nuestra vida. Es menester que cada día más, aun lentamente, esta invasión de luz penetre en nosotros y nos transforme, que hagade toda nuestra vida una adhesión pura a la luz divina. No se trata de hacer grandes cosas, al contrario, la vida contemplativa simplifica. Si ahora decís muchas oraciones, diréis menos, pero diréis una oración que abarca toda la vida y que es, como decía san Gregorio de Nisa, el “sentimiento de Dios”; de Dios como presencia que nos invade en lo íntimo, que nos hace sentir poseídos por Él. Sentimos que su presencia nos transforma, nos convertimos en como instrumento de su acción. Poseídos por el Señor, sentimos que Él vive a través de nuestras potencias, piensa con nuestra inteligencia, ama con nuestro corazón, actúa con nuestras manos.

Mientras no vivamos esto, no podemos decir que vivimos nuestra vocación en la Comunidad. Es necesario que de verdad el Señor nos arranque de nosotros mismos y que Él solo viva en nosotros. Somos un solo cuerpo con Él y, si somos un solo cuerpo con Él, es Él quien debe vivir en nosotros. Las palabras de san Pablo deberían ser verdad para todo cristiano, pero deben serlo en sentido absoluto para nosotros, si no queremos ser mentira: «Vivo yo, pero ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo el que vive en mí» (Ga 2,20).

[…] ¿Qué podemos decir de nuestra vida? ¡Que jugamos y nada más! Recibimos al Señor todos los días y ¡todavía el Señor no nos ha transformado en Él mismo! ¡Oh!, sé bien que somos pobres creaturas, míseras creaturas, pero también sé cuánto este fracaso depende de nosotros, de nuestro poco empeño, de nuestra escasa voluntad y, sobre todo, de nuestro orgullo: creemos que lo hemos hecho todo y, en cambio, todavía hemos de emprender la vida cristiana. Mejores que nosotros son los públicos pecadores, ¿no lo creéis? ¡Yo sí lo creo! ¡Se puede aceptar que podamos hablar de estas cosas y que todavía estemos tan lejos de cumplirlas? Todos los días hablamos de ellas y, sin embargo, vivimos una vida distraída, disipada, superficial; todavía estamos llenos de nosotros mismos, de amor propio; todavía no sabemos liberarnos de nuestra susceptibilidad. ¿Es posible? Es cierto que Él se dona a nosotros, pero nosotros no nos donamos a Él […].

Se impone una única cosa, como decía el card. Mercier y, antes que él, Lallemant: la docilidad al Espíritu Santo. Se trata sólo de esta docilidad, de arrancarnos de nuestro egoísmo, de dejarnos poseer por Dios en humildad y sencillez, en una gran paz interior. Así nuestra vida conocería la alegría. Porque lo veis, mis queridos hermanos, tiene la razón el p. Lallemant, al decir que, por miedo a ser felices, escogemos ser infelices toda la vida. Esto es, tenemos miedo a donarnos a Dios. Sentimos algún desconcierto, pues queremos mantener el timón en nuestras manos, queremos ser nosotros los que guiamos nuestro camino y, por eso, no nos donamos a Dios y permanecemos infelices […].

Mis queridos hermanos, no nos desanimemos. ¿Qué pedimos todos los días con la oración de san Efrén? «Líbranos del espíritu de ociosidad, del desaliento». Es lo segundo que pedimos. Primero, la ociosidad, porque debemos empeñarnos, no debemos jugar, no debemos dormir. Corren los años y debemos trabajar en serio no sólo para escuchar a Dios, sino también para abandonarnos en Él. Segundo, el desaliento. Dios es omnipotencia. ¿Perdimos todos estos años? ¡Ánimo! ¡Aun en menos de cuatro años Él nos puede hacer santos!

[…] Celebramos hoy la fiesta de la Transfiguración de Cristo. Nosotros debemos transfigurarnos. Como ya os he dicho, nuestra transformación acontece, primero que todo, en lo más íntimo de nuestro ser y de ello no podemos tener ninguna experiencia. Ya se realiza en el Bautismo, por el hecho de que el Bautismo nos inserta en el cuerpo de Cristo. Pero, luego, la acción de la gracia invade las potencias espirituales: el intelecto y la voluntad. Por eso, lo primero que se nos exige después de esta transfiguración realizada por los Sacramentos divinos (especialmente por los que imprimen en nosotros un carácter) es el conocimiento de Dios, conocimiento que no es pura abstracción, sino tener conciencia de Dios. Así como somos conscientes de nosotros mismos, así debemos ser conscientes de que Dios nos invade, de que Dios nos posee, de que Dios está en nosotros. Sentirnos no como el copón que contiene el Cuerpo de Cristo, sino como almas vivientes que saben que estamos penetrados, colmados de Él.

Verdaderamente somos la morada de Dios, el lugar de Dios. Debemos sentirlo. Nada hay más sagrado, para nosotros, que nosotros mismos. Tampoco el paraíso es más sagrado que yo, porque en el paraíso Dios será para los demás, pero Dios es para mí porque está en mi corazón. Debo descender en mi íntimo, para tomar conciencia de esta presencia de Dios en mí, para dejar que Dios totalmente me colme con su presencia y que no haya vacío en mí que no se llene de Él.

Sentir en nosotros esta presencia de Dios, presencia de Cristo. He aquí lo primero que tenemos que realizar. Y de aquí nace la vida de contemplación, de aquí, la vida de oración, porque no es posible que se viva una oración continua sin tener este sentimiento de Dios que lentamente penetra toda nuestra vida y la colma de Sí.

Contentos con Dios, pero no con nosotros mismos

Homilía dictada en Florencia, para la fiesta de la Transfiguración, 6 de agosto de 1984

Dos son las fiestas que amamos de modo especial, porque nos recuerdan más de cerca lo que estamos llamados a vivir en virtud de nuestra vocación, si es que no la hemos perdido. Es una vocación a la oración, a la intimidad con Dios, a la contemplación. Si confiáramos en la gracia divina, nos daría vergüenza hablar de estas cosas…

Esta mañana hablamos de la importancia de la memoria en la vida cristiana. El “recuerdo de Dios” – expresión amada por san Basilio Magno, en el fondo el doctor de la vida contemplativa en el Oriente cristiano, el maestro del monacato oriental – es precisamente este progresivo y lento se invadido por la presencia de Dios, tomando conciencia de esta presencia. Hace falta que esta invasión de luz penetre cada día más en nosotros, aunque paulatinamente, y nos transforme, haga de nuestra vida una pura adhesión a la luz divina. No se trata de hacer grandes cosas, al contrario, la vida contemplativa simplifica. Si hoy rezáis muchas oraciones, mañana diréis menos, pero vuestra oración abarcará toda vuestra vida y será, según enseña san Gregorio de Nisa, el “sentimiento de Dios”; sentimiento de Dios no como una presencia extraña a nosotros, no como una presencia contigua frente a nosotros, sino como una presencia que nos colma desde adentro. Nos sentimos poseídos por Él, sentimos su presencia en nosotros que nos transforma, nos volvemos como el instrumento de su acción. Poseídos por el Señor, sentimos que vive a través de nuestras potencias, piensa con nuestra inteligencia, ama con nuestro corazón, actúa con nuestras manos.

Mientras no vivamos esto, no podemos decir que vivimos nuestra vocación en la Comunidad. Es preciso que de verdad el Señor nos arranque de nosotros mismos y que Él viva en nosotros. Somos un solo cuerpo con Él y, si somos un solo cuerpo con Él, es Él quien debe vivir en nosotros. Las palabras de san Pablo deberían ser propias de todo cristiano, pero deben ser a toda costa propias de nosotros, si no queremos ser mentirosos: «Vivo yo, pero ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).

Es esto lo que debemos pedir al Señor cada día. Pensad: ¡Todos los días recibimos la Comunión! ¿Es posible? ¡Nosotros jugamos! ¿Qué podemos decir de nuestra vida? Que jugamos toda la vida. Recibimos al Señor todos los días y ¡todavía el Señor no nos ha transformado en Sí mismo! Oh, bien sé yo que somos pobres creaturas, míseras creaturas, pero también sé cuánto nuestro fracaso depende de nosotros, de nuestro poco empeño, de nuestra escasa voluntad y sobre todo de nuestro orgullo: creemos que lo hemos hecho todo y aún tenemos que empezar la vida cristiana. ¡Mejores que nosotros son los pecadores públicos! ¿No lo creéis? Yo lo creo.

¿Es posible que podamos hablar de estas cosas y que todavía estemos tan lejos de vivirlas? […].

De veras bastaría que Dios nos poseyera, bastaría que nos abandonáramos a su acción. Una sola cosa se impone: la docilidad al Espíritu Santo. Porque – lo veis, mis queridos hermanos – tiene razón el p. Lallemant al decir que por miedo a ser infelices escogemos ser infelices toda la vida; esto es, tenemos miedo a entregarnos a Dios. Sentimos angustia, queremos controlar nosotros el timón, queremos ser nosotros los que guiamos nuestro camino, y de esta manera no nos donamos a Dios y terminamos siendo infelices. En efecto, creo que ninguno de nosotros está del todo contento consigo mismo. ¡Ciertamente tenemos que estar contentos con Dios, por lo menos porque nos ha soportado hasta el día de hoy! De verdad, debemos estar contentos con Dios, con su amor que nunca se ha apartado de nosotros. Incluso esta noche nos está llamando, incluso esta noche nos dice: «¿Quieres ser todo para mí? Yo soy todo para ti, me donaré todo a ti, pero tú, en cambio, ¿quieres donarme a ti mismo?». Seguramente no podemos estar descontentos con Dios, pero ¿quién de nosotros puede decir que está contento consigo mismo? Quien esté contento consigo mismo ¡no es más que un desalmado! Los santos, entre más santos eran, más sentían la infinita distancia que los separaba de Dios. ¿Y nosotros?

Mis queridos hermanos, no debemos desanimarnos. ¿Qué pedimos todos los días en la Oración de san Efrén? «Líbrame del espíritu de ociosidad, del desaliento». La liberación del desaliento es la segunda cosa que pedimos.

Primero la liberación de la ociosidad, porque tenemos que comprometernos; no debemos jugar, no debemos dormir. Pasan los años y tenemos que comprometernos en serio no sólo en la escucha de Dios, sino también en abandonarnos en Él.

Luego pedimos la liberación del desaliento. Dios es la omnipotencia. ¿Perdimos todos estos años? ¡Ánimo! ¡Aun en menos de cuatro años nos puede hacer santos!

Nuestra vida es el misterio pascual

De la Reunión mensual del 3 de abril de 1958 (Jueves Santo)

Tratemos de no distraernos, de prepararnos para la liturgia de hoy, que es participación en el misterio de Cristo. Cristo hace presente este misterio no como un espectáculo, sino renovándolo en nosotros: nos inserta en este acto del cual somos más actores que espectadores.

La liturgia pascual debe llevarnos a vivir este misterio durante toda nuestra vida. No podemos responder a nuestra consagración más que viviendo este misterio, porque siempre dijimos que la consagración religiosa no es más que la consagración bautismal; sin embargo, es una consciente y libre aceptación de las obligaciones que se derivan de la consagración bautismal. Y dichas obligaciones son una sola cosa, pero que involucra toda la vida: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». Esto prometimos el día de nuestro Bautismo y nadie puede ir más allá del cumplimiento de esta ley. En el fondo, sólo Cristo acató esta ley, sólo Cristo se orientó totalmente hacia Dios, gracias al misterio de la encarnación, por el cual el Hijo de Dios pudo entregar perfectamente al Padre la naturaleza humana asumida.

Vivir estas obligaciones, vivir esta consagración bautismal implica que vivamos la muerte y resurrección de Jesús. Ya san Pablo, en la carta a los romanos, demuestra que somos bautizados en la muerte de Cristo y que el Bautismo es también participación en la resurrección, cuando, al emerger de las aguas, el alma resurge regenerada por el baño de vida.

El Bautismo […] nos dio participar en el misterio de Cristo, de manera que realmente participamos en el misterio de la divina encarnación. Sin embargo, nuestra inserción en Cristo todavía no nos permite vivir personalmente su misterio, todavía no manifiesta nuestra participación en este misterio voluntaria, libre, consciente, plena, personal. En cambio, la consagración que hicimos más tarde es aceptación de las obligaciones del Bautismo, a fin de comprometernos, libre y voluntariamente, hasta las extremas consecuencias, a corresponder a todas las exigencias divinas de muerte y resurrección.

Ahora, esta muerte y esta resurrección las podemos vivir solamente en la medida en que estemos unidos a Jesús. Es inútil pensar vivir la consagración religiosa, si no vemos esta consagración religiosa como el acto por el cual nos insertamos en Cristo y vivimos en unión con Él.

Vivir nuestra consagración religiosa es compromiso constante de unión con Cristo, es compromiso constante de participar en el misterio pascual. El acto que estamos para cumplir asistiendo a la Santa Misa es el acto social más alto, más grande, más significativo, pero también más eficaz, de todo el año que estamos viviendo. Del mismo modo, la Comunión pascual que hacemos esta noche es el acto más grande de todo el año. Hablo de la Comunión de esta noche, pero no separo la Comunión de esta noche de la de la Vigilia Pascual o del Domingo de Pascua, así como no separo la participación en la Santa Misa de esta noche de la participación en la Liturgia de mañana y en la Santa Misa de la noche del Sábado Santo. No puedo pretender que todos estéis presentes el sábado en la noche. Por lo tanto, es importante que al menos en la primera Misa del Triduo pascual todos estemos presentes y que los que no pueden estar aquí se sientan unidos con nosotros, vivan con nosotros este misterio.

Es claro por qué. Toda nuestra vida no es más que una participación en el misterio que se celebra, no es más que hacer nuestro el misterio al cual asistimos, no es más que la inserción cada vez más profunda en esta Presencia que la liturgia establece y hace realidad.

Vivir esto, para sentir que ya no somos pobres hombres, para sentir que ya no estamos separados entre nosotros. La participación en el misterio cristiano realiza la comunidad, porque crea nuestra unidad, por la cual todos somos un solo Jesús, un solo Cristo. Pero no es solamente esto: la participación en el misterio cristiano hace de manera que ya no podemos vivir una vida nuestra ni personal ni puramente humana. Nuestra vida es la vida de Cristo. Nuestra vida no tiene otro valor, otro significado. Es la vida de Cristo. ¡Con qué respeto debemos usar de nosotros mismos, con qué sentimiento de reverencia debemos percatarnos de la grandeza de cada jornada nuestra! Es fácil y también cómodo adorar a Jesús en el sagrario, porque esto lleva a distinguirnos de Él, a separarnos de Él: «Tú eres el Otro a quien adoro». Mucho más difícil, en cambio, es vivir esta unidad con Cristo, por la cual debemos usar de nosotros con la máxima reverencia, como cosa sagrada, porque en nosotros es Él quien vive, en nosotros es Él quien se hace presente.

Nuestra vida es el misterio de Dios.

El Sacramento de la Penitencia (1988)

El cristianismo oriental es más ontológico y menos moral, menos jurídico que el cristianismo occidental. En Oriente, es impensable un lenguaje tan poco cristiano come el de nosotros los católicos a propósito del Sacramento de la Penitencia. Pensad un poco: la absolución, la acusación, el tribunal de la penitencia… ¿Qué son esos términos? ¿No os parece que se debe tomar una escoba y barrer de la Santa Iglesia de Dios ese lenguaje tan poco cristiano? La absolución la dan en un proceso judicial; lo mismo, la acusación; y luego, ¡nada más y nada menos que el tribunal! Es un lenguaje que no es evangélico. El Sacramento de la Penitencia es el don de la misericordia: confesaste tu pecado y Dios te perdonó, ¡te lo borró todo! ¿Qué absolución quieres dar, si basta que confieses tus pecados, si Dios los olvida todos y te dona su amor? En el cristianismo oriental este lenguaje jurídico no existe.

Miren que la misma crisis del Sacramento de la Penitencia en Occidente, quizás también haya sido provocada por una mayor influencia del Oriente. No es que podamos prescindir de este Sacramento, pero pienso que se debería administrar de un modo diferente. En Oriente, las personas se presentan ante el sacerdote, en el centro de la iglesia, y dicen: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (las palabras del hijo pródigo) y el padre abraza al penitente. Si pensamos en cómo se considera el Sacramento de la Penitencia en el Concilio de Trento, quedamos pasmados: ¡hay que confesar número, género y especie de cada pecado! ¿Qué saben de eso los que vienen a confesarse? ¿Cómo quieren que los que, quizás, desde hace treinta años no se confiesan recuerden todas las veces que pudieron haber pecado? ¿Es posible, entonces, que no se pueda dar el perdón a quien no pueda acusarse como quisiera el Concilio de Trento? Entendámonos: No nos podemos desviar, estamos vinculados por lo que la Iglesia quiere de nosotros, pero nos damos cuenta de que el modo de ejercer este ministerio del perdón, de la reconciliación con Dios, ha llegado a ser extremamente difícil.

Y no sólo eso, sino que puede provocar también actitudes psicológicas no justas, tantas veces hasta morbosas. Por ejemplo, recuerdo que, cuando estaba en el Convento de la Calza, llegó una viejita forastera, se confesó y me dijo: «Padre, tengo otro pecado, pero me da vergüenza decirlo». «Pero, ¡ánimo!». ¡Después de veinte minutos de estar luchando para que ella hablara, me dijo que le había caído una gota de la nariz en la sopa y, como era viernes ese día, había infringido el precepto de la Iglesia comiendo carne. ¡Mirad que no son cuentos! Se puede llegar a estas cosas, con lo que la Iglesia nos ha enseñado.

Abrámonos a Dios, que es infinita misericordia, y aceptemos ser amados por nada! Debemos tener una relación más verdadera con el Señor, que no es juez. ¿Quién dijo que es juez? En el Evangelio sí existe también el juicio, pero diferido para los últimos tiempos. En este mundo Dios no juzga, perdona solamente. El juicio viene después de la muerte, no antes de ella. Antes de la muerte existe sólo el perdón, si te diriges a Él. Basta que te abras y aceptes su amor.

Son involuciones que se derivan de cierta visión de la Confesión. De hecho, si creemos de verdad en el amor de Dios y si lo confesamos por lo menos una vez, ¿pensamos, tal vez, que Dios está allí apuntándonos con el fusil, para hacernos morir justamente cuando estamos en pecado, para mandarnos al infierno? ¿Acaso goza de nuestra condena? ¿Acaso goza de vernos separados de Él, de tal modo que vivamos sólo la muerte? ¡Tengamos una visión más plena y verdadera de Dios, que es infinita misericordia! Los que lo buscamos, que realmente con sinceridad quisiéramos ser suyos, pensamos verdaderamente que nuestra salvación está tan en peligro? Entonces, ¿qué será de este mundo que ya no conoce a Dios, que vive de veras en el mal? Si es cierto que los que lo buscan, los que quieren amarlo, están siempre en peligro de caer al infierno, entonces, debemos decir que no hay ninguna esperanza para nadie, porque si pensamos en la inmoralidad que se propaga, en esta incredulidad que aumenta cada día, quedamos turbados.

Reunión del 7 de febrero de 1988 en Florencia

La ley de la alegría (1959)

Si la alegría es la ley fundamental del cristiano, lo es porque la alegría implica primero que todo el amor. Acertadamente siempre se vio una relación entre el amor y la felicidad: quien contrae matrimonio piensa que el día de la boda es el día más feliz de su vida.

Efectivamente, en el amor, aun humano, el hombre encuentra su plenitud y en su perfección natural encuentra precisamente el cumplimiento de sus deseos, la respuesta de la naturaleza a sus propias exigencias, a las necesidades no sólo del alma, sino incluso del cuerpo. Todo encuentra su cumplimiento en la unión nupcial y la unión nupcial no es otra cosa sino el fruto del amor. Amor y alegría parece que van de acuerdo. La alegría es el fruto del amor; por lo tanto también la alegría implica el amor. Nadie, pues, puede poseer la alegría si no está libre de todo egoísmo.

Si queremos tener la alegría es necesario que nos liberemos de nosotros mismos. Esta es la primera experiencia. Es necesario vencer todo tipo de egoísmo que nos encierre en nosotros mismos y nos haga el centro de todas las cosas.

Pero, si la alegría implica el amor, a su vez exige la victoria sobre el egoísmo, implica el olvido de uno mismo. Nadie que se encierre en sí mismo puede poseer la alegría. El alma encuentra la alegría más bien en la donación de sí misma. Pero donarse implica al mismo tiempo un sacrificio. Por eso, no es verdad que el sacrificio se oponga a la alegría. Por eso, no es verdad que la muerte a uno mismo acabe realmente la alegría; al contrario, es la puerta que se abre a la infinita bienaventuranza, a la plenitud de la paz, porque es también la puerta del amor.

En consecuencia, si uno quiere poseer la alegría es necesario que no tenga miedo al sufrimiento. Puede parecer que este lenguaje sea paradójico, contradictorio; en cambio, nada más justo, nada más natural; no sólo justo y natural, sino también nada más necesario. Verdaderamente la alegría es una flor que se abre en el sacrificio. Verdaderamente la alegría es la participación en la Resurrección que supone la muerte. No tener miedo al sufrimiento es una exigencia de la alegría. Estar disponible al sufrimiento, estar dispuesto al sufrimiento. Precisamente para poseer la pureza de la alegría, para que se mantenga pura, incontaminada; justamente para que no se turbe, no conozca el peligro de disminuir, de fracasar, de desviarse.

Pero, si la alegría implica el amor, si implica el don de sí mismo, si es fruto de la donación de nosotros mismos que es sacrificio, se deriva otra consecuencia: que la alegría más pura jamás se realiza en ausencia de dolor. Es en la misma presencia del sufrimiento como el alma goza. Paradoja cristiana, pero al mismo tiempo experiencia de vida. Quien posee la alegría más pura es aquel que más ha sido mortificado. No sólo «bienaventurados los pobres en el espíritu», sino también «bienaventurados los perseguidos» (ver Mt 5,10). iRecordémoslo, porque debemos vivir la enseñanza evangélica! No debemos reducirlo a un tema académico ni a bellas palabras. Debemos vivirla. Y la enseñanza evangélica es esta: la gloria de la Resurrección, el gozo de la Pascua, es el fruto de la muerte […].

¡Tengamos temor cuando la alegría no nos pida nada! Porque quizá sea una alegría contaminada, una alegría ambigua; quizá no sea ni siquiera cristiana, aunque vivamos en la dulzura de la oración. ¡No es la pura alegría cristiana! ¡Pureza de la alegría que florece en la humildad! ¡Plenitud de la alegría que es fruto del sacrificio! Inmutabilidad de una alegría que es el signo de la presencia y también de la pobreza, de la humildad y de la muerte. ¡No temamos el dolor! Esto es lo que quiere decir tener por ley la alegría. ¡Acojámonos, abandonémonos al sufrimiento! Esto es lo que quiere decir tener por ley la alegría.

Retiro del 18 de octubre de 1959 en Settignano

El amor de Dios es eterno (1958)

La eternidad del amor divino una cosa nos asegura: que Él nos precedió. El amor de Dios no es consecuencia de algo; antes de que nosotros existiéramos, de que existiera el mundo, Él ya nos amaba. ¿Somos conscientes del significado de esta verdad?

Si Él nos ha amado siempre no puede sino continuar amándonos, porque el amor con el cual Él nos ama es el mismo amor con el cual Él se ama. Entonces, si es el amor con el cual Él se ama, ¿cómo puedo pensar que jamás me ha amado a mí? No hablo de “mí” en cuanto independiente de Él, porque, amándome, de hecho Dios me hace uno consigo mismo. El acto de amor divino no es sólo el acto por el cual Él se dona a la creatura, sino el acto por el cual Él atrae la creatura a su íntimo. El acto del amor de Dios, del amor del Padre, es el don de su único Hijo al mundo, pero ¿qué significa esto? Significa que Dios asume la naturaleza humana. Vemos entonces que el acto de amor de Dios con el cual Él se dona, es también el acto de amor por el cual ama, porque amando, verdaderamente lleva a la creatura dentro de sí mismo. Precisamente porque el amor de Dios es así, no podemos y no debemos temer.
 Él nos ama como se ama a sí mismo. Si Él nos amara de un modo diferente, dudaríamos de ser amados y de ser amados por Él, pero si nos ama como a sí mismo, su amor es inmutable, nada lo puede cansar, nada puede hacer que se agote este amor. Podría dejar de amarnos, cuando ya no pueda amarse a sí mismo.
[…] Él nos ama eternamente. Mirad que esta verdad nos radica en lo más íntimo de la vida divina y en el centro del ser mismo de Dios; estamos como radicados, plantados en el corazón mismo de la Divinidad. Es verdad, nuestro pecado nos separa de Dios, pero no separa a Dios del amor con el cual Él se ama, no le quita a Dios poder amarnos con un amor eterno, mientras estemos en la tierra. Permanecer en este mundo quiere decir permanecer en una economía de salvación, en una economía de anuncio.  ¿Qué quiere decir “Evangelio”? “Buena nueva”, el mensaje de amor de Dios.
 Entonces, mientras permanezca en el mundo, escucho este mensaje. Por eso los predicadores hacen mal cuando dicen: «¡Dios podría cansarse!». Dios jamás se cansa; eres tú el que, cayendo con la muerte en un mundo en el cual todo es definitivo y ya no hay mensaje, ya no hay anuncio, en el cual Dios ya no ofrece el amor, sino que fija ya las cosas para siempre allá donde están, eres tú el que, cayendo en esta otra economía, te excluyes para siempre de Dios.
 Mientras viva en este mundo, estoy llamado a ser incorporado a Cristo, a ser asumido por Él, a ser uno con Dios. ¡No sólo yo, todo hombre! Dios nos ha amado eternamente: «In caritate perpetua dilexi te» (Jr 31,3). Lo que le dice Dios a Israel, no es más que el eco de lo que le dice el Padre a su Hijo, porque con un amor eterno, con un amor divino, Dios no puede amarse más que a sí mismo. El Padre ama al Hijo, el Hijo, al Padre, eterna, inviolable, indefectible e inmensamente con un amor único e inmenso; es el eco de esa palabra, es más, es esa misma palabra, ese mismo amor, porque yo en realidad soy visto por el Padre como una sola cosa con Cristo, aunque soy pecador; de lo contrario ofenderíamos a Cristo, porque Jesús asumió verdaderamente todos mis pecados, no sólo los que he cometido, sino también los que podría cometer: todos.
De modo que no existe un “basta” al amor de Dios, mientras yo viva acá en la tierra.

Retiro del 26 de diciembre de 1958 en Venecia

Responsables de todos los pecados del mundo (1980)

Tú puedes ser – y eres – el pecado viviente; eres responsable de todos los pecados del mundo, solidario con el pecado humano; en la medida en que lleves a cabo esto, puedes vivir la misma santidad de Cristo. No en la medida en que te sientas ya santo, porque cometiste solo cualquier acto de impaciencia o simplemente te distrajiste en la oración; por este hecho, eres como los fariseos, que pensaban que la gracia divina no era más que hacer que Dios fuera tu deudor. Pretender que el hombre tenga derechos ante Dios, es negar el amor.

Es precisamente esto lo que nos impide a los católicos ser santos; esta pretensión estúpida y absurda, creer que el hombre tenga derechos ante Dios. El hombre es solo aquel que es amado y amado gratuitamente; amado de tal manera que verdaderamente el amor vence en él, no sólo el pecado realmente cometido, sino también la misma capacidad de pecar que es igual para todos y es la posibilidad de poder llegar a cometer todos los pecados. Si no sientes que has sido perdonado de todo pecado de adulterio, de asesinato, etc.,… no vives el amor de Dios, porque pretendes presentarte delante de Él con un rostro limpio, casi como si fuera un mérito tuyo el no haber caído en algunos pecados; casi como si fuera mérito tuyo, independientemente de la gracia divina, el hecho de no ser un adúltero, un asesino, etc. Dios nos perdona todos los pecados, pero en la medida en que seamos conscientes de ellos.
[…] Os he dicho otras veces, que cada uno de nosotros es toda la Iglesia, pero debo decir algo más. La persona tiene un valor tal que, en sí misma, en acto primero, potencialmente puede asumir a toda la humanidad. En cada uno de nosotros está toda la humanidad, humanidad que Él perdona y asocia a Sí mismo. Si toda la humanidad está en nosotros, está también toda la potencia del pecado. Aún antes de que Cristo se solidarice con todos y se haga el único hombre, tú eres la única esposa.
¿No es verdad que el matrimonio implica no solo la indisolubilidad, sino también la monogamia? La monogamia y la indisolubilidad, no son propias solamente del matrimonio humano. Son propias del matrimonio humano, porque, antes que todo, son signos característicos de la unión de Dios con el hombre y de éste último con Dios. Como Él es el único hombre («Ecce Homo»!; Jn 19, 5), el nuevo Adán, así cada uno de nosotros realiza la propia vocación cristiana en la medida en que es toda la Iglesia, toda la humanidad y en la medida en que cada uno de nosotros se sienta responsable de todos los pecados para ser perdonado por Él.
Pero la misericordia divina es tal, que realmente te hace santo de su santidad, no de otra santidad sino de su santidad. En la medida en que te ama, Él depone su amor en ti y tú aceptas ser amado y, por lo tanto, crees en su amor; Él vive en ti y en ti no vive más que su santidad. He aquí la santidad de María. La vocación cristiana, sólo María la realiza en modo pleno; no porque la Virgen sea diferente a nosotros, sino porque creyó en el amor, mientras que nosotros no. «Bienaventurada tú que creíste!» (cfr. Lc 1, 45).  La bienaventuranza de María es sólo creer en el amor de Dios que ella vivió hasta el fondo. Tú no crees, ni yo, ni san Pablo, ni san Pedro, ninguno ha creído como la Virgen. Por eso, solo ella ha realizado hasta el fondo dicha vocación y es santa.
En la medida en que cada uno crea, realiza esa vocación y es santo. Santo con una santidad menor que la de la Virgen, pero no por eso menos real, porque la fe en el amor de Dios no alcanza la pureza, la sencillez, la universalidad de la fe de la Virgen pura. Precisamente porque su fe es plena, justamente por esto en Ella fue perdonado todo pecado. Todo el pecado humano ha sido perdonado en ella, aún antes de que lo cometiera; es por eso que ella es el refugio de los pecadores, la primera en ser perdonada, ella que, como dice la bula Ineffabilis, es «sublimiori modo redempta – redimida de un modo más sublime.

Ejercicios del 13 al 17 de junio de 1980 en Arliano