domingo, enero 24, 2021

Ésta es oración

Hay que evitar malentendidos, cuando se habla de oración continua. Se dice que el trabajo es oración, que el sufrimiento es oración, también se dice que el estudio es oración. Al contrario, ni el trabajo es oración, ni el sufrimiento es oración, ni el estudio es oración. Sólo la oración es oración, nada más. De por sí, el sufrimiento es sufrimiento, el estudio es estudio, el trabajo es trabajo, como también la oración es oración, pues dos nombres no pueden definir la misma cosa. Dos nombres identifican dos cosas distintas. Si trabajo y oración, sufrimiento y oración, estudio y oración, fueran la misma cosa, no tendrían nombres distintos.

Entonces, ¿cómo vivir una oración continua? Orar es vivir una relación con Dios: el alma debe vivir esta relación. ¿Cómo la vivirá? Tampoco la oración es oración, si pensamos que la oración consiste en la recitación de fórmulas. En cambio, la oración es un acto que propiamente establece una relación con Dios y hace de manera que el hombre empiece un diálogo, un movimiento de amor, viva cierta unión con Dios […].

La oración continua es lo contrario que hacer continuas oraciones. La multiplicación de una fórmula, en vez de realizar una continua oración parece que la hace imposible, porque la continua oración no es una multiplicación de actos, sino un estado de unidad, de sencillez, de pureza. Sin embargo, es sólo por medio de la multiplicación de actos que fijen el espíritu en un único contenido inteligible como se hace posible la oración pura.

Es cierto que todo esto se cumple del modo más consciente y puro mediante la oración comúnmente entendida, la cual implica una palabra que es acto de amor, de humildad, de abandono; una palabra que incluye el acto de fe, esperanza y caridad. Pero no es cierto que un acto que de por sí no se exprese en palabra no pueda establecer una relación, una unión. No siempre se necesita la palabra para establecer la unión. También el silencio traba la unión, cuando el amor es profundo. O un acto. Por ejemplo, si encuentro a alguien que desde hace tiempo no veo, le aprieto la mano, aun sin hablarle. Apretar la mano establece un contacto, reafirma y reaviva una amistad, un afecto, la estima. Establezco una unión con aquella persona.

Asimismo, vivo mi relación con Dios a través de la palabra, a través del silencio, a través de actos exteriores. También ese silencio, esos actos son oración, si establecen esta relación. Al contrario, puedo rezar el rosario sin orar, si el rosario no me pone en contacto con Dios. Una madre que sufre al lado de lecho de su hijo enfermo vive una relación con su niño mediante el mismo sufrimiento, mediante su ojo que lo contempla; también puede trabar la relación mediante la manito del niño que la madre estrecha a su corazón; aun cuando la madre no puede estar ahí ni puede vivir otra relación con el niño, sino la del sufrimiento de saber que no está a su lado, que no lo puede ver, que no sabe nada de él. En este sufrimiento la relación existe, es verdaderamente el vehículo mediante el cual la madre vive su relación con el hijo.

Del mismo género es la relación del padre con su hijo, cuando está trabajando por él, cuando fatiga, cuando suda para obtener los medios a fin de adelantar el estudio del hijo, de educarlo, de alimentarlo. El trabajo del padre es un acto por el que el padre vive su relación con el hijo. No la vive charlando todo el día con él, sino trabajando por él.

Podemos sufrir y orar, si el sufrimiento nos pone en contacto con Dios. Podemos trabajar y orar, si el trabajo nos pone en contacto con Dios. Es oración el acto que pone al hombre en relación con Dios, que establece este contacto y lo afianza e interioriza cada vez más.

Por si sola, podemos decir que ni siquiera la oración es oración, cuando la oración sea mera recitación de fórmulas. Oración es solamente aquel acto humano que es expresión de fe, de esperanza, de caridad, por el que el alma se abandona, se entrega, se confía, por el que el alma desea a su Dios y hacia Él se lanza, con Él se une, lo abraza y lo ama. Ésta es oración.

El amor puro

Reunión en Florencia del 1ro de julio de 1984

En el Evangelio, cuando el escriba se dirige al Maestro y le pregunta cuál es el más grande mandamiento de la ley (ver Mt 22,3), Jesús responde con las palabras del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-9), añadiendo en seguida el precepto del amor al prójimo que también se encuentra en la antigua ley y precisamente en el libro del Levítico (19,18).

¿Por qué en el Evangelio que leímos hoy (Mt 10,37-42) este mandamiento se transforma? De hecho, en las palabras del Deuteronomio debían crear una relación de absoluta dependencia, de absoluta dedicación a Dios en cuanto Dios. En este Evangelio, Jesús sustituye a Dios consigo mismo. Bueno, cuando Jesús habla de Dios, quiere hablar del Padre. ¡Por qué en este Evangelio exige el amor a Él mismo? ¿Y qué amor exige? Es evidente que, cuando se le pregunta cuál es el mandamiento por excelencia, Jesús responde conforme a la palabra de Dios en la antigua alianza: eran hebreos y debían saber que toda la ley se resumía en este precepto del Deuteronomio. Los remite, entonces, a lo que ya sabían, pero que nunca habían puesto en práctica. ¿Por qué, en cambio, aquí Jesús sustituye el amor a Dios con el amor a Él mismo? […].

«Quien ama a su padre y a su madre más que a Mí no es digno de Mí. Quien ama al hijo o a la hija más que a Mí no es digno de Mí» (Mt 10,37). Dos son los temas y ambos grandes. Se podría decir que el tema es único, pero es mejor distinguir. Primero, el amor a Dios lo podemos concebir de dos formas: o amor físico, como enseña santo Tomás de Aquino, o amor extático, como enseña san Bernardo. Respecto al amor físico, san Basilio, en sus Reglas más amplias, nos dice que el amor a Dios es un amor natural, pues no se puede no amar a Dios. El amor a Dios es un hecho del corazón humano, el más espontáneo, el más sencillo, porque el corazón humano está hecho para la verdad, para la belleza, para la bondad, para la alegría, y Dios es todo esto. En otras palabras, el hombre es hecho para encontrar en Dios su finalidad; por lo tanto, la misma naturaleza lo empuja, o estimula en este camino, en esta relación que debe unir al hombre con Dios. Bueno, pero ¿es este amor el más perfecto? No, este es un amor de concupiscencia. Será un gran amor este también, porque es el amor por el cual el alma encuentra en Dios su perfección y su felicidad… pero el alma ¿ama a Dios o se ama a sí misma, al amar a Dios por ser Él su felicidad, al amar a Dios por ser Él la hermosura a la cual el alma aspira, al amar a Dios por ser Él la bondad que el alma quiere?

Es un hecho muy importante, éste. En el catolicismo, durante siglos y siglos, los más grandes maestros de espiritualidad y los más grandes místicos han luchado entre ellos justamente sobre el tema del amor puro. El amor puro es un amor que no se mira a sí mismo. Es amar a Dios porque es Dios. El amor a Dios porque es Dios implica que el hombre salga de sí mismo y no quiera atraer a Dios a sí mismo como bien propio, ni buscar en Dios la felicidad y la perfección propia, sino que, en el total olvido de sí mismo, se orienta hacia Él. A diferencia de santo Tomás de Aquino, san Bernardo enseña que el amor a Dios es un amor extático. Antes que él, también Dionisio el Areopagita afirmó que Dios, amando, sale de Sí mismo y, de hecho, se hace hombre; del mismo modo, también el hombre, amando a Dios, sale de sí mismo, se olvida a sí mismo y no quiere sino a Dios.

En un soneto famoso, atribuido a san Francisco Xavier, se dice:

«No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Entonces, durante muchos siglos, en la espiritualidad cristiana estuvo presente este problema o, mejor dicho, este mandamiento del amor puro que no se entendía qué fuera ni cómo lo debería vivr el alma. Sin embargo, sigue siendo verdad que el amor puro es el amor extático, un amor por el cual el hombre sale de sí mismo, no trae a Dios hacia sí, sino que se orienta hacia Él y muere por Él, es decir, olvida a sí mismo, no quiere a sí mismo, sino sólo a Dios.

Entonces, el amor en el cristianismo no puede ser solamente el del Antiguo Testamento, porque en el Antiguo Testamento nunca se halla un amor puro. En el Antiguo Testamento, el texto más hermoso que expresa el amor es el versículo 28 del Salmo 72: «Mi bien es estar junto a Dios», pero es ¡mi bien! El amor en el Antiguo Testamento es siempre un amor de deseo, es el eros, el tender toda el alma hacia Dios por ser Dios su suprema felicidad. Siempre es eros el amor a Dios en el Antiguo Testamento. En el Nuevo es agape, un amor que exige arrancarse de las propias raíces, del propio egoísmo, no quererse a sí mismo, no pensar ya en sí, sino querer que Dios sea Dios.

La progresiva manifestación de un único misterio

Dal mito alla verità, Gribaudi, Turín 1991, pp. 12-16

Eurípides es un escritor ejemplar para el que intenta descubrir la acción secreta de Dios, que, aun fuera de Israel, prepara paulatinamente el advenimiento de Cristo, término final del camino del hombre.

Si Dios ha elevado desde el principio a la humanidad al orden de gracia – al punto que ya debemos admitir que el estado de naturaleza pura concretamente nunca ha existido para el hombre –, debemos también afirmar que desde el principio Dios ha orientado al hombre hacia el Cristo venidero, aun antes del pecado de Adán. La Biblia no empieza con la vocación de Abrahán, sino con la creación del hombre, y Adán ya es figura de Cristo, y Eva, de María.

Toda la vida de la humanidad es una historia sagrada. Ciertamente, si es difícil reconocer el carácter profético de la historia de Israel sin la acción del Espíritu Santo, mucho más difícil es descubrir el rostro de Cristo en la revelación cósmica, fundamento de las religiones paganas. Sin embargo, la teología católica cada vez más ha de estudiar no sólo la armonía entre los dos Testamentos, sino también – y ya sobre todo – la relación secreta y la armonía entre todas las religiones y el cristianismo. Digo “ya sobre todo”, porque el conocimiento de las diferentes tradiciones religiosas se ha hecho tan vasto, por medio de la red de comunicación social, que postergar este estudio, lo único que puede garantizar la trascendencia del cristianismo y por eso su catolicismo, puede llevar a negar su justa pretensión de ser la única religión verdadera.

El camino de la humanidad no es más que la progresiva manifestación de un único misterio. Por eso la expresión de toda cultura humana en la literatura, en el arte de toda nación, tiene carácter profético, aunque parcialmente. Todo anuncia y aguarda el cumplimiento de aquel misterio, en la Presencia, velada pero real, de Cristo.

Privilegiada entre todas nos parece la cultura griega, ya que la misma revelación del Antiguo Testamento se concluye en lengua griega y todo el Nuevo Testamento se expresa en ese idioma. Si queremos escuchar a Dios, es a través de esa lengua como hoy también nos habla. El idioma no es un instrumento indiferente en la transmisión del mensaje de Dios. Juntamente con el idioma, Dios tuvo que asumir de alguna manera también el pensamiento, también la poesía, porque pensamiento y poesía no se pueden separar de la lengua. La lengua de toda nación es plasmada por el pensamiento y la poesía. Por lo tanto, nos parece un deber descubrir en el pensamiento y la poesía griegos la preparación para el Evangelio. Hay profetas también entre los paganos, según los místicos Justino y Clemente de Alejandría, pero hemos de decir más: Todo gran poeta, todo gran filósofo misteriosamente anuncia al Cristo venidero o, si ya ha venido, lo supone.

Debemos escuchar a Dios en todo hombre que nos habla, porque Dios, antes de asumir nuestra naturaleza humana, ha asumido una lengua humana […].

Ciertamente no debemos forzar los textos. Los textos deben hablar por sí mismos. Sin embargo, a estos textos de la literatura clásica les ocurre algo parecido a lo que a los textos del Antiguo Testamento: sólo en su cumplimiento final se reconoció la profecía en ellos. El Nuevo Testamento ilumina el Antiguo. Sólo Cristo puede abrir el libro siete veces sellado, sólo de Cristo el libro recibe su interpretación auténtica. ¿Es lo mismo respecto a la tragedia griega? ¿Podemos hoy reconocer en la literatura clásica esa preparación evangélica de la que habla el Concilio Vaticano II?

Los héroes míticos más grandes y famosos son Heracles y Dionisio. Su historia rebosaba de nuevas e impredecibles pruebas. Los dos difieren en el desenlace de sus vicisitudes: Heracles es un hombre y se hace un dios; Dionisio es un dios y desciende entre los hombres, se manifiesta, vive con ellos. En el primero, el mito responde al ansia del hombre que anhela convertirse inmortal y en compañero de los dioses; en el segundo, al contrario, el mito parece mostrar como dios se hace cercano al hombre, busca su compañía y, aun permaneciendo dios, fije su morada entre ellos. Siempre terrible es la divinidad, pero el hombre igual lo va buscando, desea su cercanía. El mito parece nacer de esta invencible atracción de lo divino y al mismo tiempo de la oscura percepción de su presencia.

Donde haya caridad y amor, allá está Dios

Del Comentario a la primera carta de san Pedro

La vida de los cristianos es una vida que se deriva de una sola fuente, de un solo principio “casi formal”, esto es el Espíritu Santo, el cual, viviendo en todos nosotros, debe poner en cada día más evidencia la unidad ontológica propia de nuestro ser. El Espíritu Santo no solamente unifica las potencias del hombre y une a los hombres entre ellos en una Iglesia única, cuerpo de Cristo, sino que esta unidad, que es de toda la Iglesia, debe manifestarse en una actividad propia. Si el Espíritu Santo ha creado la comunidad cristiana, la comunidad cristiana debe ahora manifestar esta unidad.

¿Cómo? En el amor, en un amor fraterno que dona a todos los mismos sentimientos, los mismos pensamientos; un amor fraterno que hace que el amor del uno anticipe la necesidad del otro, sea un amor preveniente, un amor por el cual cada uno está al servicio del otro; un amor recíproco que se traduce en humildad, en beniginidad, en paciencia; un amor que nunca oprime, que nunca posee, que al contrario se dona. Cuando el don es recíproco, se realiza la unidad verdaderamente; porque, si donara solamente sin recibir, me perdería a mí mismo. Es cierto que, al donar sin recibir nada, siempre recibimos a Dios, pero, si jamás recibo nada de la comunidad, no se crea verdadera unidad entre los hermanos, que sólo se realiza en la medida en que sea recíproco el amor. Yo me dono y el otro igualmente se dona; yo vivo en el otro y el otro en mí. Pero todo esto se cumple a una condición: que nuestro amor, como el amor de Cristo, se encarne en la obediencia, en la humildad, en la paciencia, que son el verdadero rostro del amor cristiano.

Es por eso porque en el capítulo XIII de la primera carta a los corintios Pablo dice que la caridad es bondadosa, es generosa, es paciente, todo lo aguanta, todo lo espera; es una caridad que nunca se deja vencer de ninguna cosa, porque nada aguarda en cambio, porque nunca es respuesta al amor del otro. Si fuera respuesta al amor del otro, se mediría sobre el amor del otro y el valor del otro. En cambio, recibe su medida de Dios, quien vive en ti, de la posibilidad que le das a Dios de vivir en ti.

Amor paciente, bondadoso, generoso, humilde – según dice san Pedro –, un amor que no responde a la afrenta con una afrenta, porque tampoco responde a la bendición con una bendición, porque previene y por eso siempre es un amor gratuito. No amo porque el otro me ama; amo porque amor como Dios. Y justamente porque no espero nada, nunca puede menguar mi amor al otro ni puede haber una reacción contraria al amor, por si acaso recibo afrenta por parte del otro. Así como el amor de Dios es una pura efusión de luz sin fin hacia todos, así estamos llamados a ser lo mismo, a vivir la heredad de los santos y la heredad de los santos es Dios mismo. Dios que vive en tu corazón, Dios que no es otra cosa sino el amor […].

Esta vida compuesta en unidad y paz es una vida en que está presente Dios mismo. Los ojos de Dios, pues, descansan sobre el justo y Él escucha su oración. La vida del hombre ya no es una simple vida humana; es el signo, el sacramento de la presencia de Cristo entre los hombres, porque donde reina el amor, allá se establece la paz, allá Dios está presente: Donde haya caridad y amor, allá está Dios. La enseñanza suprema de esta catequesis parece ser justamente esta: una vida de paz, de serenidad, de benevolencia ya es sacramento de la divina presencia. Los cristianos, ya en esta vida, realizan y ofrecen a los demás el testimonio de la presencia de Dios y viven en esta presencia la alegría de la intimidad divina, la alegría de una comunión que excede el tiempo y las cosas. Más aún: en esta comunión con los hombres, el cristiano comparte ya con el Absoluto, comparte con Dios.

Vida angélica

«Bios angelikós – vida angélica». En la vida angélica, la vida contemplativa se asocia a la vida activa, pues los ángeles están al servicio de los hombres al mismo tiempo que adoran a Dios. Podríamos pensar que la vida contemplativa nos separe de los hombres. Para nada: los ángeles que contemplan incesantemente a Dios son ellos mismos los que te guían en la vida y te acompañan en los caminos del Señor.

En el cristianismo, la vida contemplativa no aparta de los hermanos, sino que comporta una superación, trascender y abrazar toda cosa. Sólo el amor puede realizar esta vida. Vivimos una vida angélica sólo si vivimos ante el trono de Dios como representantes de nuestros hermanos. El hecho de trabajar por los hombres no te debe distraer de Dios. La vida contemplativa no ha de dispensarte de la vida activa, de ninguna manera puede ser pretexto para que menos te sientas comprometido a salvar a todos los hombres. Realizarás tu ideal de modo perfecto sólo cuando vivas ante Dios tu vida contemplativa como quien está al servicio de todos los hermanos y a todos los lleva en el corazón en la presencia del Señor. Esta es la vida angélica, el ideal de vida que estás llamado a realizar […].

Ya es difícil vivir una vida de oración continua; aún más es difícil esta oración que ha de consumir todas las facultades del corazón y del alma, toda la vida, mientras cumplimos nuestra misión en la oficina, en la escuela, en la casa, etc. Tenemos que vivir en el mundo, sin apartarnos nunca del mundo, viviendo en él como testigos de lo invisible, como una revelación de Dios. Vivir en el mundo, en unión con todos los hermanos, en continua relación de amor y de servicio, con ellos, pero estando en medio de ellos como una aparición celeste […].

Tenemos que vivir en el cielo estando en la tierra. Vivir en el cielo sería fácil, si el Señor no s sacara de aquí con la muerte. En cambio, no hemos de morir, no hemos de apartarnos de este mundo, sino que tenemos que estar aquí y vivir una continua relación con las cosas, un servicio continuo a nuestros hermanos; pero hemos de vivir en el mundo una vida de paz, de bienaventuranza, de amor, ser de alguna manera luz de Dios.

Hemos de ser como ángeles. ¿Qué quiere decir ser como ángeles por lo que concierne a nuestra relación con Dios, por lo que concierne a nuestra relación con los hombres? Ser ángel respecto a la relación con el Señor quiere decir vivir el total olvido de sí mismo, ser consumido en la presencia de Dios. Quien vea al Señor no puede acordarse de sí mismo; el alma que vea al Señor ya no tiene conocimiento de sí, pues Dios tanto la invade que como que la borra. El alma deja de sentir su valor, su existencia… ¡Humildad total del alma que desaparece a sus propios ojos, que se olvida de sí misma tanto que ni sabe nada de sí ni logra llamar la atención de alguna creatura! Humildad del alma que ya no está sometida a la fuerza centrípeta que atrae hacia uno mismo, sino a la ley del amor centrífugo que se entrega totalmente y ya no guarda para sí cosa alguna. Humildad total que se identifica con el acto de adoración. El perfecto acto de adoración no exige el anonadamiento ontológico, sino la pura aniquilación psicológica de la creatura que deja de percibir su propia existencia y consistencia […].

Sin embargo, no es suficiente. Invadido por la gracia, transformado en Cristo, vives todavía en el mundo y tienes una misión que cumplir, tienes que servir. ¿Qué es el ángel de Dios en su relación con el mundo? Puro instrumento de la voluntad divina. Dios quiso a los ángeles para realizar sus designios; es por medio de ellos por medio de quienes Dios cumple su querer.

Esto nos impone la vida religiosa: ser como ángeles para vivir una vida de pura adoración y universal servicio.

APOSTOLADO SOCIAL

Temi per una nuova coscienza sociale (1944), pp. 21-24

El papa Pío XII ha afirmado que la responsabilidad del mal es también de los cristianos. ¿Por qué esta responsabilidad? El cristiano no puede ni debe querer que en la vida social tengan valor otras doctrinas sino la doctrina de Cristo, ni puede confiar a otros la tarea que sólo él puede y debe realizar, so pena de negar el integralismo cristiano. La sociedad cristiana debe ser obra de los cristianos. El dualismo en la vida del cristiano debe ser suprimido. El cristianismo es la salvación del hombre, del hombre como tal, de todo el hombre […].

Es tiempo de introducir a Dios en el mundo. Es tiempo que la luz de Cristo resplandezca y que el reconocimiento de su Realeza universal done a los hombres la justicia, el amor y la paz. Sólo en el reino de Cristo la justicia se abraza con el amor y del amor y la justicia nace la paz […].

Reniega de Cristo, que quiere ser amado en los hermanos, el que en estos días terribles niega su responsabilidad de cristiano y no expresa el propósito de entregar toda su vida y de ponerse al servicio de los hermanos luchando y sacrificándose para el advenimiento de una sociedad por fin cristiana, y con su pasividad trabaja para quienes preparan para el pueblo amargas ilusiones y ruina.

«Expresar su parecer sobre los deberes que se le imponen; no estar obligado a obedecer sin ser escuchado» no son sólo dos derechos, sino también deberes del hombre en el Estado. El cristiano no puede ni debe renegar y despojarse de su libertad ni siquiera frente al Estado. Por encima del Estado y de la sociedad él debe afirmar sus derechos personales, su dignidad natural que es el fundamento necesario de su dignidad sobrenatural como hijo de Dios. El cristiano no puede aceptar la pura pasividad en el Estado, delegando totalmente en él el cuidado y respeto de sí mismo. Un cristiano que acepte el totalitarismo de Estado ya ha negado su dignidad como persona, su libertad de hijo de Dios.

En el Estado, el hombre cristiano debe poder intervenir, porque él también debe contribuir a la vida pública: debe reaccionar, cuando se amenacen los derechos que ha recibido de Dios, no puede permitir que el Estado afecte el instituto familair, la vida de los ciudadanos, la propiedad, la libertad de la Iglesia; tampoco debe permitir que el Estado, reducido a un simulacro de poder y autoridad, esté a la merced de la violencia revolucionaria o consagre con sus leyes la injusticia social rechazando las justas reivindicaciones de una masa que debe llegar a la verdadera dignidad de pueblo, gozando  verdaderamente en la vida civil de aquellos derechos que Dios ha otorgado a cada uno.

Se miente a sí mismo el que se declare cristiano y no haga todo lo a su alcance para que el odio entre las clases y las naciones se calme, para que cese la injusticia social que aplasta las masas obreras, para que la persona humana posea, en el nuevo orden social, la libertad jurídica, política y económica que sola permite un vivir humano. Y es difícil ver cómo cada uno pueda contribuir a esta sanación del mundo, sin entrar apasionadamente en un movimiento político que reúna a todas las almas rectas y de buena voluntad en una sola aspiración, en una sola fuerza, en una sola acción política. Le miente al pueblo el que se declare cristiano y no haga lo que el pueblo espera de una fe que anuncia justicia, amor entre los hombres, paz en la fraternidad universal. ¿Por qué la masa hoy no frecuenta la Iglesia, si no por culpa de los que nos hemos dado al pueblo una prueba suficiente de que el cristianismo no es solamente una luminosa doctrina, sino también realización de ella? Acción es el mandamiento de esta hora. Hagamos de manera que el pueblo vea el poder milagroso del amor cristiano, y el pueblo dejará de agitarse yendo tras cuantos los ilusionan con falsas promesas.

Miente, por fin, a Dios mismo el que se diga cristiano y no tenga como tal el vivo deseo del bien, la voluntad fuerte y determinada de servir a Dios en su prójimo. Sólo el que sirve es grande frente al Señor. Dios reconoce a sus hijos del amor y el servicio que brindan a su prójimo.

De la alienación a la Presencia

Ejercicios espirituales del Monte Alvernia, 3 a 10 de agosto de 1980

En este mundo vivimos una vida de alienación: no sólo las cosas no las tenemos presentes, sino que tampoco entre nosotros nos tenemos presentes. Mejor dicho, ni siquiera estamos presentes a nosotros mismos […]. Somos misterio a nuestros mismos ojos, no nos conocemos, no nos poseemos. En este mundo ninguna presencia es posible: toda nuestra vida es alienación […].

Y tened por cierto que experimentamos más la lejanía cuanto más amamos, porque cuanto más se ame, tanto más sentimos esta incomunicabilidad, porque en el amor desearíamos vivir una participación plena, desearíamos vivir en el otro y totalmente para el otro. Pero el otro ¿quién es? ¿Quién es para mí mi hermano? ¿Quién es para mí mi hijo? ¿Quién está ante mí?

¡Algo terrible, la presencia! Lo veis: puede morir una persona, pero otra se queda. ¿Cómo nos conocemos? ¿Qué es uno según el otro?

En cambio, en la Trinidad, si el Hijo no es, tampoco el Padre es. Si el Padre no es, tampoco es el Hijo. La Presencia que es la pericóresis, que es la circuminsessio, esto es la presencia de cada Persona en la otra, es la vida de las tres Personas divinas. Esta es la Presencia real de Cristo. Somos, en la medida en que Cristo vive en nosotros, porque lo que constituye nuestra vida verdadera, “nuestra vida inseparable”, como decía san Ignacio de Antioquía, es Cristo […].

Todos estamos llamados a vivir esta relación con Cristo, porque lo que distingue al cristiano es esta relación. Así como lo que distingue a las Personas divinas en la Trinidad es la relación de cada una con la correlativa, así en el cristianismo lo que nos distingue es la relación con Cristo. En las Personas divinas existe la relación del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre, en la unidad del Espíritu; en la economía cristiana, lo que la caracteriza es la relación nupcial (no de filiación, sino nupcial) entre Cristo y nosotros, entre nosotros y Cristo. Es por eso porque en los místicos la vida espiritual encuentra siempre su culmen en el que se llama matrimonio espiritual o unión transformante […].

Lo primero que se nos impone en vista de la relación con el Padre celestial, en vista de la relación con todos los hombres, de esta unidad que nos vincula entre nosotros, es encontrarnos con Jesús, Hijo de Dios. El Evangelio, el cristianismo es Jesús. El libro sagrado, para los cristianos, no es un libro de doctrina, sino que es el libro que nos habla de Cristo, que nos hace conocer a Cristo, que nos pone en relación con Él. Aún más que en el Evangelio, el cristianismo tiene su cumplimiento en la liturgia y en la liturgia eucarística, donde se hace presente para nosotros Cristo Señor. Y se hace presente porque ahí estamos nosotros, porque siempre se precisa la presencia de una persona creada para que se haga presente el sacerdocio de Cristo, como también siempre se precisa la presencia del cristiano para que esté Cristo víctima. Nunca Cristo está presente independientemente de ti. Nunca existes como hombre verdaderamente redimido sin Él. La presencia de Cristo supone siempre la presencia de otros. Desde el comienzo ¿podía el Señor hacerse presente sin María? Jesús no existe sin el hombre ni el hombre sin Jesús. El hombre es verdaderamente relación con el Verbo […].

La relación es total. Él lo quiere todo de ti y todo Él se entrega. Solamente esta relación nos hace sujeto, porque es una relación personal, pero, en esta relación personal por la cual somos todo para Él y Él es todo para nosotros, no vivimos más que una única vida: la vida de Cristo es mi vida, mi muerte es su muerte. No es la muerte de Cristo la que se hace mi muerte, sino que es mi muerte la que Él hace suya, asumiendo también mi pecado. En cambio, su vida se convierte en mi vida.

Entonces, ya no existe otra vida para nosotros. Si vivo una vida mía, quiere decir que no he logrado mi unidad con Cristo. Si todavía poseo como propios vida, sentimientos… no he realizado todavía mi vocación cristiana. Realizar mi vocación cristiana quiere decir que yo no vivo más que la vida de Cristo: «Vivo ego, iam non ego; vívit vero in me Christus – Ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo el que vive en mí» (Ga 2,20).

La justicia y la caridad

Reunión en Florencia del 6 de febrero de 1966

En la última parte de la parábola de los trabajadores en la viña, Nuestro Señor pone en relación y en oposición la justicia que los hombres quieren con la caridad que Él dona […]. ¿Qué derecho podía tener el que tan solo una hora había trabajado, sobre todo al no habérsele prometido nada como recompensa? No había nada establecido entre los trabajadores recogidos durante la jornada y el amo. A los que encuentra a la tercera hora les dice: «Id y os daré lo justo», pero a los de la hora sexta, novena y décimo primera, no les dice nada: «Id vosotros también a trabajar». Y éstos ciertamente no esperan nada. Quizás pensaran: «No estamos haciendo nada y casi nos aburre esto de esperar en vano que nos llamen a trabajar. Vamos, pues, a trabajar».

¿No es así? Tal vez ¿no es verdad que ya es un regalo el que nos aparten de nuestra pereza para darnos algo que hacer? Casi hay que agradecer a quien nos pide algún trabajo, más que estar sentados solos, sin hacer nada.

Y a los que en el fondo trabajaron sólo una hora, pero que hicieron cuanto el amo les estuvo pidiendo, justamente a éstos el amo se dirige primero, los trata de primeros, se entrega totalmente a ellos. Hacia ellos no manifiesta más que bondad, así como hacia Él estos trabajadores tuvieron la amabilidad de trabajar un poco sin pretender nada a cambio. No pretendieron nada y todo lo recibieron.

Es lo que nos enseña la parábola, a vivir nuestra relación con Dios en la verdad, como relación de amor. Sabemos que el servicio que le prestamos al Señor es sólo un pequeño juego. ¿Qué pensáis? Trabajar por diez minutos ¿no es un juego? No le demos importancia a nuestro trabajo. Los que trabajaron todo el día se creen mucho: «¿Cómo así? ¿Tratas a los que vinieron la última hora como a los que hemos aguantado el peso de la jornada y del calor?». Se creían. Pero ¿qué queréis que sea nuestra vida frente al Señor, aunque trabajamos? No es más que un pequeño juego. Nuestro trabajo es una cosa de nada, pero ¡hagámoslo con gusto, ya que Él nos lo pide! Y, en cambio, Él nos dona amor. No hemos hecho nada y todo lo recibimos […]. El santo siente siempre que todo lo que dona es un juego pequeño, una piedrecita que el niño regala al papá o a la mamá, nada más. Es nada y, justamente por ser nada, Dios te recompensa con amor inmenso, con amor infinito […].

Así es Dios para con el hombre, mis queridos hermanos. Nuestra relación con Dios se basa en el amor, en la pura misericordia. La debemos vivir como niños con nuestro Padre celestial, niños que saben lo nada que es lo que ofrecen, pero que también saben que todo pueden recibirlo a cambio de su pequeño regalo. Porque la medida del premio no es el precio de lo que donas, sino la grandeza del amor de Aquel que responde a tu pequeño gesto.

Es esto, mis queridos hermanos, lo que nos enseña la parábola. ¿No os parece algo grande? Y otra cosa grande de la parábola es la siguiente: en el fondo, nadie queda sin trabajar. Tarde o temprano, todos hemos sido contratados, llamados a horas diferentes a un trabajo más o menos fatigante, que realizamos con más o menos amor. Sin embargo, todos trabajamos. Y Dios nos dona a todos la recompensa, un premio al final de la jornada. Todos somos distintos y con distinto espíritu trabajamos, pero todos estamos trabajando y trabajamos para Él.

Es lindo sentir esto, para no oponernos los unos a los otros, como al contrario lo hacen los trabajadores de la viña. No, mis queridos hijos […], ¡qué felicidad mañana estar los unos al lado de los otros, recibiendo el premio juntamente con algún hereje o comunista que, aun sin saberlo, había trabajado para Dios. Y no pretendió nada por su trabajo, porque ni siquiera sabía que habría un amo que recompensaría el trabajo.

El amor nos condena para salvarnos

Verso la visione (Ed. Paccagnella, 1999), pp. 113-117

Poco a poco debemos volver a poner a servicio del amor todas nuestras potencias, a someterlas a la fuerza de un amor que nos permita llegar a Dios, transformarnos en Él para poder verlo. No nos reservemos nada en este entregarnos al poder de la caridad.

Pero es esta la cosa que más le cuesta a nuestra naturaleza, porque para someter a la caridad toda nuestra vida interior, con sus imperfecciones, sus faltas, debemos aceptar libremente en juicio divino, juicio experimentado y vivido en nuestra cotidianidad. ¿Por qué nos distraemos? Porque no toleramos esta condena. Pero el amor nos condena para salvarnos. La condenación de Dios, mientras vivamos en este mundo, es en vista de nuestra salvación.

Dios, para salvarnos, nos debe condenar. El primer acto con el que Dios nos salva es con el que nos juzga y nos condena. En la medida en que aceptemos este juicio, esta condenación divina, es como, renegando de nosotros mismos, nos unimos a Dios, como dice san Agustín. Para que se realice nuestra purificación, se precisa, primero que todo, que suframos esta condenación por parte del amor.

De hecho, nuestra purificación implica la experiencia de una condena y de una pena. No puedes acoger el amor, si no te dejas quemar, consumir por el fuego. La gran parte de la vida interior de un alma, mientras no llegue al umbral de la contemplación infusa y más profundamente aún entonces, porque el fuego del amor alcanza la íntima raíz del ser, es justamente la experiencia de un fuego que te quema, la experiencia de una espada que te penetra y te corta. Entonces, la vida del cristiano es, en gran parte, la aceptación amorosa de un juicio divino. Quedar en la presencia de Dios quiere decir soportar pacientemente una luz que ofende nuestros ojos demasiado débiles y nos ciega, soportar un fuego que nos quema. Estaríamos bien felices de poseer la gracia, pero queremos que se nos perdone su intervención sobre nuestro ser para transformarnos en Dios.

¿Por qué? Justamente porque no aguantamos este ardor, esta pena, esta luz que nos deslumbra.

Los antiguos Padres hablan de la vigilancia. Consiste en mantenernos firmes en la luz e Dios para soportar en todo instante su juicio que nos condena. La vigilancia está orientada hacia este juicio. Prácticamente en la vigilancia de la cual hablan los Padres se realiza el juicio divino. No sustraer nada de este fuego, no defender nada nuestro. Es decir: reconducirlo siempre todo a aquel centro en donde habita Dios, estar en su presencia, llevarlo todo bajo su luz, para que la luz todo lo ilumine y para que todo sea tirado al fuego de su santidad a fin de que este fuego todo lo queme y lo consuma. Ningún apego interior o exterior, ninguna aspiración pensamiento, nada se debe salvar. ¡Que Dios lo juzgue todo! Si no tienes el valor de renunciar de inmediato a tus imperfecciones, que al menos te desplazca conservarlas.

El amor puro es solamente de los santos. El alma que no sea santa, en la medida en que no lo sea y en la medida en que se entregue al amor, no puede querer menos que su purificación […].

El amor divino te condena para salvarte, debe despedazarte para poder volver a componerte, debe quemarte para que puedas resucitar. Y tú debes sufrir este fuego, debes aceptar en esta presencia el peso de una condena que te parte y te destruye. Se trata de la purificación de los pecados e imperfecciones voluntarios, propia de los principiantes. Cuando el amor divino no encontrase ya en nosotros imperfecciones voluntarias que quemar, habría de consumir la multiplicidad de los afectos y de los pensamientos, los modos humanos, pues la pureza del corazón exige la reducción a la unidad.

El gran combate de los monjes es la lucha contra los pensamientos. No sólo contra los pensamientos malos, sino contra todo pensamiento, para que al alma toda se recoja en una atención al Señor, humilde y pura. El hombre debe reducir a la unidad toda su vida: debe permanecer en el vacío de todo, fijo, inmóvil en Dios, en el sentimiento confuso de su presencia, en la atención a Él quien es silencio. El contenido de la vida del alma es esta adhesión a Dios en la fe pura. Por eso el alma debe despreciar toda visión, todo éxtasis, ir más allá, porque Dios no se asemeja a ningún pensamiento tuyo, no se identifica con ningún sentimiento.

Dialogando con el mundo

Reunión en Florencia del 6 de febrero de 1966

Esta mañana me decía: «El ateísmo moderno ¿qué es? ¿No es tal vez una condena a la Iglesia, a nosotros los cristianos? El ateísmo moderno ¿no es tal vez, al menos en parte, el testimonio religioso de la presente generación más valioso? […] Estas almas buscan y el hecho de que buscan es importante. Quiere decir que en ellas ciertamente Dios actúa. Un alma no puede buscar, si Dios mismo no la solicita. Probablemente somos nosotros los que ya no estamos buscando, los que ya somos extraños a Dios. Lo de no buscar puede significar solamente una cosa para unos cristianos: que ya hemos encontrado. Pero lo de haber encontrado, en el plano psicológico, en el plano moral, en el plano de la salvación, quiere decir para esos cristianos que ya son santos. Si en nuestra vida no hay cierto drama interior, si no hay cierto deseo de pureza, si no se quiere de alguna manera una extrema sinceridad, quiere decir que somos todos hipócritas, quiere decir que somos todos unas máscaras que esconden a Dios, quiere decir que, muy a menudo, nos convertimos en el principal obstáculo entre las almas que sinceramente buscan y Dios mismo […].

Mis queridos hijitos: Estas palabras ¿qué quieren decir? Que debemos ser sinceros y también que quizá deberíamos escuchar más a los hombres de hoy. Ciertamente podríamos aprender algo de lo que ellos nos dicen, pero también debemos estar alerta, pues es extremadamente peligrosa para nosotros la fascinación de su búsqueda, porque podríamos terminar prescindiendo de la verdad que de todas maneras poseemos, aunque tenemos que revisar constantemente el testimonio que de la verdad da nuestra vida.

Seguramente es peligroso escucharlos, pero es también muy necesario. Con otras palabras, el peligro, el riesgo no nos dispensa. La vida del hombre es de por sí un riesgo, un peligro. Si evito el riesgo, si evito el peligro, duermo y dejo de vivir. Vivir quiere decir ciertamente afrontar el peligro de un diálogo, según pide el Sumo Pontífice. Ahora entiendo la grandeza de su encíclica Ecclésiam súam con la cual Pablo VI quiso presentar como el programa de su pontificado: el diálogo. Programa de un pontificado que quiere ser apertura de la Iglesia hacia el mundo en un verdadero diálogo. Diálogo del católico no sólo con otros cristianos no católicos, sino también del católico con los ateos, con los comunistas, con todos los hombres, porque, en la medida en que los hombres viven, siempre tiene algo para darte.

Ahora entiendo que no la Iglesia Cuerpo místico de Cristo, sino la cristiandad – es decir la Iglesia que somos nosotros – vive sólo si nos mantenemos abiertos a un diálogo verdadero con todas las almas vivas, aunque blasfeman, porque muy a menudo la blasfemia puede ser un testimonio de Dios, como lo es el libro de Job en el Antiguo Testamento. El libro de Job ¿no es una continua rebelión contra Dios? Sin embargo, sigue siendo uno de los libros inspirados. Muy a menudo, en cambio, nuestros libritos de piedad – que seguramente no expresan ninguna rebelión contra Dios – son un obstáculo que esconde la grandeza divina, son solamente pequeños somníferos para almas piadosas. Y las almas piadosas son las viejas señoras que, pobrecitas, ya no saben hacer más que dormir y pasar de la cama al sillón. Probablemente somos así…

Ahora, un alma viva sabe afrontar la tempestad y el huracán. Y el cristiano debe afrontar el huracán y la tempestad así como los afrontó Jesús, que es verdaderamente nuestro Maestro. Él vivió en diálogo con el mundo en el cual estaba. Del mismo modo debemos vivir un diálogo abierto y vivo con los hombres de hoy.