martes, septiembre 17, 2019

¿Quién es don Divo Barsotti? [Sub SPA]

Video de 2013. En 10 minutos una presentación eficaz por Don Divo Barsotti, el hombre, el sacerdote, el místico y su obra más preciada: la Comunidad de los Hijos de Dios.

El Sacramento de la Penitencia (1988)

El cristianismo oriental es más ontológico y menos moral, menos jurídico que el cristianismo occidental. En Oriente, es impensable un lenguaje tan poco cristiano come el de nosotros los católicos a propósito del Sacramento de la Penitencia. Pensad un poco: la absolución, la acusación, el tribunal de la penitencia… ¿Qué son esos términos? ¿No os parece que se debe tomar una escoba y barrer de la Santa Iglesia de Dios ese lenguaje tan poco cristiano? La absolución la dan en un proceso judicial; lo mismo, la acusación; y luego, ¡nada más y nada menos que el tribunal! Es un lenguaje que no es evangélico. El Sacramento de la Penitencia es el don de la misericordia: confesaste tu pecado y Dios te perdonó, ¡te lo borró todo! ¿Qué absolución quieres dar, si basta que confieses tus pecados, si Dios los olvida todos y te dona su amor? En el cristianismo oriental este lenguaje jurídico no existe.

Miren que la misma crisis del Sacramento de la Penitencia en Occidente, quizás también haya sido provocada por una mayor influencia del Oriente. No es que podamos prescindir de este Sacramento, pero pienso que se debería administrar de un modo diferente. En Oriente, las personas se presentan ante el sacerdote, en el centro de la iglesia, y dicen: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (las palabras del hijo pródigo) y el padre abraza al penitente. Si pensamos en cómo se considera el Sacramento de la Penitencia en el Concilio de Trento, quedamos pasmados: ¡hay que confesar número, género y especie de cada pecado! ¿Qué saben de eso los que vienen a confesarse? ¿Cómo quieren que los que, quizás, desde hace treinta años no se confiesan recuerden todas las veces que pudieron haber pecado? ¿Es posible, entonces, que no se pueda dar el perdón a quien no pueda acusarse como quisiera el Concilio de Trento? Entendámonos: No nos podemos desviar, estamos vinculados por lo que la Iglesia quiere de nosotros, pero nos damos cuenta de que el modo de ejercer este ministerio del perdón, de la reconciliación con Dios, ha llegado a ser extremamente difícil.

Y no sólo eso, sino que puede provocar también actitudes psicológicas no justas, tantas veces hasta morbosas. Por ejemplo, recuerdo que, cuando estaba en el Convento de la Calza, llegó una viejita forastera, se confesó y me dijo: «Padre, tengo otro pecado, pero me da vergüenza decirlo». «Pero, ¡ánimo!». ¡Después de veinte minutos de estar luchando para que ella hablara, me dijo que le había caído una gota de la nariz en la sopa y, como era viernes ese día, había infringido el precepto de la Iglesia comiendo carne. ¡Mirad que no son cuentos! Se puede llegar a estas cosas, con lo que la Iglesia nos ha enseñado.

Abrámonos a Dios, que es infinita misericordia, y aceptemos ser amados por nada! Debemos tener una relación más verdadera con el Señor, que no es juez. ¿Quién dijo que es juez? En el Evangelio sí existe también el juicio, pero diferido para los últimos tiempos. En este mundo Dios no juzga, perdona solamente. El juicio viene después de la muerte, no antes de ella. Antes de la muerte existe sólo el perdón, si te diriges a Él. Basta que te abras y aceptes su amor.

Son involuciones que se derivan de cierta visión de la Confesión. De hecho, si creemos de verdad en el amor de Dios y si lo confesamos por lo menos una vez, ¿pensamos, tal vez, que Dios está allí apuntándonos con el fusil, para hacernos morir justamente cuando estamos en pecado, para mandarnos al infierno? ¿Acaso goza de nuestra condena? ¿Acaso goza de vernos separados de Él, de tal modo que vivamos sólo la muerte? ¡Tengamos una visión más plena y verdadera de Dios, que es infinita misericordia! Los que lo buscamos, que realmente con sinceridad quisiéramos ser suyos, pensamos verdaderamente que nuestra salvación está tan en peligro? Entonces, ¿qué será de este mundo que ya no conoce a Dios, que vive de veras en el mal? Si es cierto que los que lo buscan, los que quieren amarlo, están siempre en peligro de caer al infierno, entonces, debemos decir que no hay ninguna esperanza para nadie, porque si pensamos en la inmoralidad que se propaga, en esta incredulidad que aumenta cada día, quedamos turbados.

Reunión del 7 de febrero de 1988 en Florencia

La ley de la alegría (1959)

Si la alegría es la ley fundamental del cristiano, lo es porque la alegría implica primero que todo el amor. Acertadamente siempre se vio una relación entre el amor y la felicidad: quien contrae matrimonio piensa que el día de la boda es el día más feliz de su vida.

Efectivamente, en el amor, aun humano, el hombre encuentra su plenitud y en su perfección natural encuentra precisamente el cumplimiento de sus deseos, la respuesta de la naturaleza a sus propias exigencias, a las necesidades no sólo del alma, sino incluso del cuerpo. Todo encuentra su cumplimiento en la unión nupcial y la unión nupcial no es otra cosa sino el fruto del amor. Amor y alegría parece que van de acuerdo. La alegría es el fruto del amor; por lo tanto también la alegría implica el amor. Nadie, pues, puede poseer la alegría si no está libre de todo egoísmo.

Si queremos tener la alegría es necesario que nos liberemos de nosotros mismos. Esta es la primera experiencia. Es necesario vencer todo tipo de egoísmo que nos encierre en nosotros mismos y nos haga el centro de todas las cosas.

Pero, si la alegría implica el amor, a su vez exige la victoria sobre el egoísmo, implica el olvido de uno mismo. Nadie que se encierre en sí mismo puede poseer la alegría. El alma encuentra la alegría más bien en la donación de sí misma. Pero donarse implica al mismo tiempo un sacrificio. Por eso, no es verdad que el sacrificio se oponga a la alegría. Por eso, no es verdad que la muerte a uno mismo acabe realmente la alegría; al contrario, es la puerta que se abre a la infinita bienaventuranza, a la plenitud de la paz, porque es también la puerta del amor.

En consecuencia, si uno quiere poseer la alegría es necesario que no tenga miedo al sufrimiento. Puede parecer que este lenguaje sea paradójico, contradictorio; en cambio, nada más justo, nada más natural; no sólo justo y natural, sino también nada más necesario. Verdaderamente la alegría es una flor que se abre en el sacrificio. Verdaderamente la alegría es la participación en la Resurrección que supone la muerte. No tener miedo al sufrimiento es una exigencia de la alegría. Estar disponible al sufrimiento, estar dispuesto al sufrimiento. Precisamente para poseer la pureza de la alegría, para que se mantenga pura, incontaminada; justamente para que no se turbe, no conozca el peligro de disminuir, de fracasar, de desviarse.

Pero, si la alegría implica el amor, si implica el don de sí mismo, si es fruto de la donación de nosotros mismos que es sacrificio, se deriva otra consecuencia: que la alegría más pura jamás se realiza en ausencia de dolor. Es en la misma presencia del sufrimiento como el alma goza. Paradoja cristiana, pero al mismo tiempo experiencia de vida. Quien posee la alegría más pura es aquel que más ha sido mortificado. No sólo «bienaventurados los pobres en el espíritu», sino también «bienaventurados los perseguidos» (ver Mt 5,10). iRecordémoslo, porque debemos vivir la enseñanza evangélica! No debemos reducirlo a un tema académico ni a bellas palabras. Debemos vivirla. Y la enseñanza evangélica es esta: la gloria de la Resurrección, el gozo de la Pascua, es el fruto de la muerte […].

¡Tengamos temor cuando la alegría no nos pida nada! Porque quizá sea una alegría contaminada, una alegría ambigua; quizá no sea ni siquiera cristiana, aunque vivamos en la dulzura de la oración. ¡No es la pura alegría cristiana! ¡Pureza de la alegría que florece en la humildad! ¡Plenitud de la alegría que es fruto del sacrificio! Inmutabilidad de una alegría que es el signo de la presencia y también de la pobreza, de la humildad y de la muerte. ¡No temamos el dolor! Esto es lo que quiere decir tener por ley la alegría. ¡Acojámonos, abandonémonos al sufrimiento! Esto es lo que quiere decir tener por ley la alegría.

Retiro del 18 de octubre de 1959 en Settignano

El amor de Dios es eterno (1958)

La eternidad del amor divino una cosa nos asegura: que Él nos precedió. El amor de Dios no es consecuencia de algo; antes de que nosotros existiéramos, de que existiera el mundo, Él ya nos amaba. ¿Somos conscientes del significado de esta verdad?

Si Él nos ha amado siempre no puede sino continuar amándonos, porque el amor con el cual Él nos ama es el mismo amor con el cual Él se ama. Entonces, si es el amor con el cual Él se ama, ¿cómo puedo pensar que jamás me ha amado a mí? No hablo de “mí” en cuanto independiente de Él, porque, amándome, de hecho Dios me hace uno consigo mismo. El acto de amor divino no es sólo el acto por el cual Él se dona a la creatura, sino el acto por el cual Él atrae la creatura a su íntimo. El acto del amor de Dios, del amor del Padre, es el don de su único Hijo al mundo, pero ¿qué significa esto? Significa que Dios asume la naturaleza humana. Vemos entonces que el acto de amor de Dios con el cual Él se dona, es también el acto de amor por el cual ama, porque amando, verdaderamente lleva a la creatura dentro de sí mismo. Precisamente porque el amor de Dios es así, no podemos y no debemos temer.
 Él nos ama como se ama a sí mismo. Si Él nos amara de un modo diferente, dudaríamos de ser amados y de ser amados por Él, pero si nos ama como a sí mismo, su amor es inmutable, nada lo puede cansar, nada puede hacer que se agote este amor. Podría dejar de amarnos, cuando ya no pueda amarse a sí mismo.
[…] Él nos ama eternamente. Mirad que esta verdad nos radica en lo más íntimo de la vida divina y en el centro del ser mismo de Dios; estamos como radicados, plantados en el corazón mismo de la Divinidad. Es verdad, nuestro pecado nos separa de Dios, pero no separa a Dios del amor con el cual Él se ama, no le quita a Dios poder amarnos con un amor eterno, mientras estemos en la tierra. Permanecer en este mundo quiere decir permanecer en una economía de salvación, en una economía de anuncio.  ¿Qué quiere decir “Evangelio”? “Buena nueva”, el mensaje de amor de Dios.
 Entonces, mientras permanezca en el mundo, escucho este mensaje. Por eso los predicadores hacen mal cuando dicen: «¡Dios podría cansarse!». Dios jamás se cansa; eres tú el que, cayendo con la muerte en un mundo en el cual todo es definitivo y ya no hay mensaje, ya no hay anuncio, en el cual Dios ya no ofrece el amor, sino que fija ya las cosas para siempre allá donde están, eres tú el que, cayendo en esta otra economía, te excluyes para siempre de Dios.
 Mientras viva en este mundo, estoy llamado a ser incorporado a Cristo, a ser asumido por Él, a ser uno con Dios. ¡No sólo yo, todo hombre! Dios nos ha amado eternamente: «In caritate perpetua dilexi te» (Jr 31,3). Lo que le dice Dios a Israel, no es más que el eco de lo que le dice el Padre a su Hijo, porque con un amor eterno, con un amor divino, Dios no puede amarse más que a sí mismo. El Padre ama al Hijo, el Hijo, al Padre, eterna, inviolable, indefectible e inmensamente con un amor único e inmenso; es el eco de esa palabra, es más, es esa misma palabra, ese mismo amor, porque yo en realidad soy visto por el Padre como una sola cosa con Cristo, aunque soy pecador; de lo contrario ofenderíamos a Cristo, porque Jesús asumió verdaderamente todos mis pecados, no sólo los que he cometido, sino también los que podría cometer: todos.
De modo que no existe un “basta” al amor de Dios, mientras yo viva acá en la tierra.

Retiro del 26 de diciembre de 1958 en Venecia

Responsables de todos los pecados del mundo (1980)

Tú puedes ser – y eres – el pecado viviente; eres responsable de todos los pecados del mundo, solidario con el pecado humano; en la medida en que lleves a cabo esto, puedes vivir la misma santidad de Cristo. No en la medida en que te sientas ya santo, porque cometiste solo cualquier acto de impaciencia o simplemente te distrajiste en la oración; por este hecho, eres como los fariseos, que pensaban que la gracia divina no era más que hacer que Dios fuera tu deudor. Pretender que el hombre tenga derechos ante Dios, es negar el amor.

Es precisamente esto lo que nos impide a los católicos ser santos; esta pretensión estúpida y absurda, creer que el hombre tenga derechos ante Dios. El hombre es solo aquel que es amado y amado gratuitamente; amado de tal manera que verdaderamente el amor vence en él, no sólo el pecado realmente cometido, sino también la misma capacidad de pecar que es igual para todos y es la posibilidad de poder llegar a cometer todos los pecados. Si no sientes que has sido perdonado de todo pecado de adulterio, de asesinato, etc.,… no vives el amor de Dios, porque pretendes presentarte delante de Él con un rostro limpio, casi como si fuera un mérito tuyo el no haber caído en algunos pecados; casi como si fuera mérito tuyo, independientemente de la gracia divina, el hecho de no ser un adúltero, un asesino, etc. Dios nos perdona todos los pecados, pero en la medida en que seamos conscientes de ellos.
[…] Os he dicho otras veces, que cada uno de nosotros es toda la Iglesia, pero debo decir algo más. La persona tiene un valor tal que, en sí misma, en acto primero, potencialmente puede asumir a toda la humanidad. En cada uno de nosotros está toda la humanidad, humanidad que Él perdona y asocia a Sí mismo. Si toda la humanidad está en nosotros, está también toda la potencia del pecado. Aún antes de que Cristo se solidarice con todos y se haga el único hombre, tú eres la única esposa.
¿No es verdad que el matrimonio implica no solo la indisolubilidad, sino también la monogamia? La monogamia y la indisolubilidad, no son propias solamente del matrimonio humano. Son propias del matrimonio humano, porque, antes que todo, son signos característicos de la unión de Dios con el hombre y de éste último con Dios. Como Él es el único hombre («Ecce Homo»!; Jn 19, 5), el nuevo Adán, así cada uno de nosotros realiza la propia vocación cristiana en la medida en que es toda la Iglesia, toda la humanidad y en la medida en que cada uno de nosotros se sienta responsable de todos los pecados para ser perdonado por Él.
Pero la misericordia divina es tal, que realmente te hace santo de su santidad, no de otra santidad sino de su santidad. En la medida en que te ama, Él depone su amor en ti y tú aceptas ser amado y, por lo tanto, crees en su amor; Él vive en ti y en ti no vive más que su santidad. He aquí la santidad de María. La vocación cristiana, sólo María la realiza en modo pleno; no porque la Virgen sea diferente a nosotros, sino porque creyó en el amor, mientras que nosotros no. «Bienaventurada tú que creíste!» (cfr. Lc 1, 45).  La bienaventuranza de María es sólo creer en el amor de Dios que ella vivió hasta el fondo. Tú no crees, ni yo, ni san Pablo, ni san Pedro, ninguno ha creído como la Virgen. Por eso, solo ella ha realizado hasta el fondo dicha vocación y es santa.
En la medida en que cada uno crea, realiza esa vocación y es santo. Santo con una santidad menor que la de la Virgen, pero no por eso menos real, porque la fe en el amor de Dios no alcanza la pureza, la sencillez, la universalidad de la fe de la Virgen pura. Precisamente porque su fe es plena, justamente por esto en Ella fue perdonado todo pecado. Todo el pecado humano ha sido perdonado en ella, aún antes de que lo cometiera; es por eso que ella es el refugio de los pecadores, la primera en ser perdonada, ella que, como dice la bula Ineffabilis, es «sublimiori modo redempta – redimida de un modo más sublime.

Ejercicios del 13 al 17 de junio de 1980 en Arliano

Toda la vida cristiana es un sacerdocio (1982)

Todos los cristianos, así como somos profetas – es decir, testigos, reveladores del Padre como declaramos en la Oración de los Encuentros – así también somos sacerdotes y debemos ejercer nuestro sacerdocio. Todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo, no sólo porque revelamos a Dios, sino porque actuamos. ¿Qué actúa el sacerdocio? Realiza el sacrificio y con el sacrificio santifica; así nos debemos santificar también nosotros mismos y de alguna manera preparar el sacrificio de los demás, como lo hace el sacerdote, de manera que la ofrenda a Dios sea ofrenda de todo lo que entra en comunión con nosotros […]. La primera tarea de nuestro sacerdocio, según san Pablo es: «Ofreced vuestros cuerpos como un sacrificio» (Rm 12,1), es este ofrecernos nosotros mismos. La santificación es vivir el sacrificio de nosotros mismos […].

Vivimos el amor cristiano solamente cuando vivimos nuestra vida como sacrificio, como ofrenda. “Ofrenda”, porque, en la medida en que nos donemos, nos santificamos y el amor que nos santifica es el amor mismo de Dios que es un amor oblativo. La santidad es solamente la perfección de la caridad y la perfección de la caridad es el sacrificio […].

Que tu trabajo sea el ejercicio de tu caridad: eso es lo que quiere el cristianismo. Por lo tanto, no vivas tu misión en el trabajo como una necesidad para sacar adelante a tu familia; y, si hay necesidad, también esto se vuelve un servicio al amor, dado que lo haces por tu familia, pero no es justo, porque el trabajo en sí mismo se debe vivir como compromiso de amor. Por eso digo que debéis amar las calles, las piedras, debéis querer el bien de la ciudad; no se trata solo de hacer vuestro trabajo a conciencia para luego recibir el sueldo a conciencia al final del mes, pues eso sería muy poco. Como cristianos estáis llamados a vivir vuestro trabajo como oblación sacerdotal. Nunca lo pensamos pero es así: el trabajo es una misión y una misión cristiana.

Pensemos en una modista; cuando hace un vestido, ¡cómo debe alegrarse pensando en lo bonito que le quedará a la persona que lo vestirá! Porque ella debe desear que los demás vistan decorosamente, que vistan con elegancia; porque es propio de la mujer el deseo de mostrarse también en el vestir, en su postura. No para atraer a los hombres, sino porque incluso la nobleza, la dignidad del modo de vestir conviene a la dignidad de la persona humana, de una hija de Dios.

No debéis ser desaliñados, descuidados en el vestir. Daos cuenta de que en todo lo que hacéis debéis vivir un servicio de amor, no para vosotros mismos, sino para los demás. También el testimonio que dais es para los demás, porque la persona descuidada nunca revela la belleza de Dios.

Preparar la comida es un servicio, mantener la casa dignamente, vivir vuestro trabajo en la relación con los demás. Que todo sea transformado verdaderamente en un sacrificio, en una oblación de amor. Este es el ejercicio de vuestro sacerdocio, porque la Misa dura toda nuestra vida y es nuestra participación en el Sacrificio de Cristo que vivimos solamente en la medida en que vivamos el mismo amor que Él vivió. ¿Cómo participamos en la muerte de Cristo? Participando de su amor sacrificial, participando de este amor por el cual Él se donó […].

Vuestro sacerdocio es: transformar toda vuestra vida en un acto de ofrenda, ofrenda a Dios, primero que todo, porque el sacrificio no puede tener otro fin sino Dios, aunque no es el único fin. El sacrificio de Cristo, de hecho, tuvo también un segundo fin, es decir, la salvación del mundo. Así vuestra vida no puede ser solamente un acto de sacrificio a Dios, de alabanza, de adoración, sino que debe ser también un acto de propiciación, de intercesión, de ayuda, de amor a los hermanos, al trabajo, a la ciudad, a la sociedad, a la naturaleza […].

El sacerdocio es el poder que tenéis para llevar a Dios toda la creación en su belleza, a fin de que glorifique a Dios en su salvación: este es el fin de la ecología, porque ella también es un servicio de amor. Pero si tiráis papeles al piso, no ejercitáis vuestro sacerdocio, pues también los prados deben mantenerse limpios.

Tened en cuenta que nuestro sacerdocio nos compromete en relación con todas las cosas, en relación con la sociedad, con el hombre, y no sólo en lo relacionado con su alma. En la educación del niño la mamá ejerce su sacerdocio; la formación de un niño es un acto sacerdotal.

Todo es un sacerdocio, toda nuestra vida cristiana.

Biella, Retiro del 9 al 10 de enero de 1982 

Extenderse entre dos extremos (1988)

Probablemente la décima Exclamación de santa Teresa es la más bella de todas, la más viva de sentimiento, de drama. La oración está estructurada en tres párrafos de la misma medida y en una sabia contraposición continua entre los pecadores y Dios, entre Dios y los pecadores. Teresa, en la mitad, es solidaria con los unos y con el Otro; se siente partidaria de Dios y, al mismo tiempo, pecadora. Se convierte verdaderamente en la que une los dos extremos: la santidad divina y el pecado del mundo […].
 

Primero que todo, veamos a Dios como uno de los “personajes” del drama. ¿Quién es Dios según Teresa? Los nombres que le da no son atributos impersonales jamás o muy de vez en cuando […]. Primero lo llama «¡Dios de mi alma!» y más adelante «Amigo sincero». Con este nombre va más allá, porque Dios ciertamente es el nombre que transciende todo nombre, pero, cuando llama «Amigo» al que acaba de llamar «Dios», quiere decir que toda la Divinidad se ofrece en comunión de amor al alma esposa. Es justamente por esta amistad como Teresa puede dirigirle a Dios una oración verdaderamente extraordinaria, la oración de todos los grandes amigos de Dios. Ella pide que, por medio de su oración, los pecadores se salven, aunque no quieran; se ofrece no por los que no tienen quien interceda por ellos, sino por los que ni siquiera desean esta intercesión. Su amor debe vencer la obstinación del mal […].

A este Dios, al cual Teresa está íntimamente unida, ella dirige su oración, en la que pide la salvación universal. En un primer momento, parece que se pone al lado de Dios contra los pecadores, pero después prevalece la piedad. Mientras al comienzo ve a su Dios herido, matado entre horribles dolores, después ve a los pecadores difuntos, condenados a un castigo eterno. Pasa, entonces, de la visión de Dios, con el cual se hace solidaria en el sentimiento de la pena por la ofensa recibida, a una pena, aún más grave, por los pecadores que han ocasionado estas heridas, que han matado a su Dios.

Teresa está unida contemporáneamente a Dios y, a pesar de todo, a los pecadores. Su unión con Dios no la separa de ningún pecador. Este es el drama del cristiano en esta tierra; en virtud de nuestra unión con Dios, debemos sentirnos solidarios con el pecado del mundo. Cuanto más nos unamos a Dios, más nos convertimos, como Cristo, en el Cordero que carga con el pecado del mundo. Teresa no defiende a los pecadores, sino que quiere que aquel Dios, a quien ofendieron y crucificaron, done ahora su salvación a ellos […].

Teresa así se convierte en corredentora: está consciente de sus pecados pasados que la hacen aún más solidaria con este mundo de pecado. Y no puede hacer menos que pedir que cesen «con los míos» también los pecados de todos. Pero, como sus pecados ya desaparecieron, inmediatamente se pone en la condición de quien fue una pecadora. Así como por las oraciones de Marta y de María Magdalena (probablemente piensa en Magdalena como en el modelo del alma contemplativa) Jesús resucitó a Lázaro, así Teresa, pecadora perdonada, ahora con su oración y sus lágrimas pide la resurrección de estos muertos. Y dice: «No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia».

En el tercer párrafo ya no es ella la que ora, sino el Hijo de Dios en ella. El Juez es aquel que es infinita misericordia: «Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar». Notemos estas palabras de grandísimo valor: es Dios quien les ruega a los hombres, quien se dirige a ellos para que acojan su amor; Dios quiere ser escuchado, implora a los hombres para que le den un puesto en su corazón. No es el pecador el que quiere apartar su pena, que no quiere precipitar en el infierno, sino que es Dios quien no aguanta que un hijo suyo, aunque pecador, se pueda perder. «El Juez que os ha de condenar». Ha de condenar, porque no os puede salvar, si no queréis.

Al final de la oración verdaderamente es la misericordia la que triunfa; no hay otra justicia que la de la misericordia: aquí se funden la justicia y la misericordia. En esta oración, la Santa mantiene una unión profunda, viva y dramática, ya sea con Dios ya sea con los pecadores, y esta unión la crucifica. Esta es la verdadera crucifixión: extenderse entre los dos extremos, deber abrazar al mismo tiempo el pecado del mundo y la misma santidad de Dios, el abismo del mal humano y el abismo de la infinita misericordia. Los dos brazos se extienden para alcanzar estos dos extremos infinitamente lejanos. Teresa se convierte, al final, en la misma mediación de Cristo que extiende sus brazos.

Del Libro Chiedere Dio a Dio, 1988 (comentario a las Exclamaciones de Santa Teresa de Ávila)

X exclamación:

¡Oh Dios de mi alma, qué prisa nos damos a ofenderos y cómo os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?

Cercándome los dolores de la muerte (1). ¡Oh, oh, oh, qué grave cosa es el pecado, que bastó para matar a Dios con tantos dolores! ¡Y cuán cercado estáis, mi Dios, de ellos! ¿Adónde podéis ir que no os atormenten? De todas partes os dan heridas los mortales.

  1. ¡Oh cristianos!, tiempo es de defender a vuestro Rey y de acompañarle en tan gran soledad; que son muy pocos los vasallos que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer. Y lo que peor es, que se muestran amigos en lo público y véndenle en lo secreto; casi no halla de quién se fiar. ¡Oh amigo verdadero, qué mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos!, ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas lágrimas (2), sino por los que no habían de querer resucitar, aunque Su Majestad los diese voces. ¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites.
  2. No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veis la aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no os lo quieren pedir. Ya sabéis, Rey mío, lo que me atormenta verlos tan olvidados de los grandes tormentos que han de padecer para sin fin, si no se tornan a Vos.

¡Oh, los que estáis mostrados a deleites y contentos y regalos y hacer siempre vuestra voluntad, habed lástima de vosotros! Acordaos que habéis de estar sujetos siempre, siempre, sin fin, a las furias infernales. Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios.

NOTAS (X)

1 Salmo 17, 5-6.
2 Jn 11, 35 y 43.

La pena màs grave (1984)

La Iglesia es la esposa y al mismo tiempo cada uno de nosotros es la esposa, porque cada uno de nosotros es toda la Iglesia. Dice san Pedro Damiani: In ómnibus una, una en todos, pero también in síngulis tota, toda en cada uno. Yo soy toda la Iglesia y cada uno de vosotros es toda la Iglesia en la medida en que se realiza nuestra vocación a la santidad.

¿Qué quiere decir ser toda la Iglesia? ¿Qué le da la humanidad a Cristo? La muerte, los pecados. ¿Qué nos da Cristo? Su vida divina, su Espíritu.

¿Qué debemos llevar a Cristo? No sólo nuestro pecado, sino el pecado de toda la humanidad. Sintámonos responsables de todo el pecado del mundo para ofrecérselo a Él y obtener para todos misericordia y perdón. La misericordia que deseamos para nosotros, no la podemos separar de la que debemos desear para los demás, para todos.

[…] Todos debemos sentirnos comprometidos a vivir esta co-redención, asumiendo junto a Jesús el peso del pecado del mundo. Peso que Jesús de alguna manera recibe de nosotros, ya sea porque nosotros mismos somos pecadores, ya sea porque también el pecado que no hemos cometido es en cierto modo nuestro, por el hecho de que somos una sola cosa con todos. No podemos separarnos de los demás. Por eso, el pecado de todos es asumido por Cristo a través de nosotros. Eso es lo que quiere decir vivir la dimensión eclesial de la Eucaristía, vivir la solidaridad con el pecado humano.

Es impresionante la oración de Gregorio de Narek en la cual él se acusa a sí mismo, página tras página, de los pecados más graves: violaciones, asesinatos, adulterios, sacrilegios innumerables. ¡Queda uno sin respiro! Sin embargo, no podemos separarnos de ninguno. Convirtiéndonos en la esposa de Cristo por medio de la Eucaristía, cada uno de nosotros se convierte en toda la humanidad que Él llama de nuevo a la unión con Él.

[…] Es ésta la solidaridad que la Comunión debe despertar en nosotros, dándonos el sentido del pecado universal, para llevarlo a Cristo, porque Él lo desea de cada uno de nosotros. Debemos sentirnos cubiertos, oprimidos por la responsabilidad del pecado universal, para que a través de nosotros, a quienes Él ama, el pecado sea redimido, sea cancelado y, por medio de nosotros, Dios tenga misericordia de todos. Porque nosotros somos todos.

[…] Santa Teresa del Niño Jesús asume el pecado de su tiempo, la incredulidad: debe vivir la angustia terrible de la falta de fe, como si Dios no existiera. Ella misma dice, de hecho, que ya no cree. Usa precisamente esta expresión. Ciertamente creía, si no ¿cómo podía estar allí? ¿Cómo hacía para vivir la vida de oración? Sin embargo, era como si no creyera; tanta era su pena, tanta era su angustia. El pecado del mundo le pesaba con todos sus efectos, dándole el sentido de la irrealidad del mundo divino.

Es la pena más grave que un alma pueda sufrir. De hecho, ésta es precisamente la purificación que Dios pide hoy a las almas. Santa Teresa de Jesús no la conoció ni tampoco san Juan de la Cruz, mientras que santa Teresa del Niño Jesús, que vivió en una época en la que crecía la incredulidad, vivió este sentido de la ausencia de Dios, de la muerte de Dios, para usar un lenguaje propio de cierta teología moderna.

Y también vosotros, en la medida en que viváis la unión nupcial con Cristo, viviréis este drama, porque el pecado del mundo os debe oprimir, no porque lo hayáis cometido, sino porque estáis llamados a cargar con el castigo: el abandono del Padre. Sentirse como suspendido en el vacío, sentir inútil, quizá absurda, la propia vida es la pena que pueden probar las almas religiosas de hoy y que no probaron las de hace siglos.

¿Qué nos permitirá resistir? La gracia de Dios. Esta gracia nos permitirá vivir también la muerte, porque la unión con Cristo se realiza en su muerte. El tálamo de las nupcias con Él es la Cruz, en la cual nos acostamos como Él lo hizo. Quizá no es muy agradable, pero ¡es así como se ama!

Con esta muerte, el alma vive realmente la unión, porque con la muerte dona a Cristo lo que ella es o lo que tiene. Y Cristo nos dona lo que Él es: el Amor. 

Del libro: Spiritualità carmelitana e sacramenti, 1984

Bondada y belleza (1984)

En san Juan de la Cruz, así como en el cuarto Evangelio, predomina la función reveladora del Verbo encarnado. Se ha hablado siempre sobre la importancia que tiene, para este Santo, el atributo de la belleza en el conocimiento de Dios. A través del Verbo encarnado «se verá» la «bondad» del Padre, «su grande potencia, justicia y sabiduría», pero, sobre todo, el mismo Verbo enterará al mundo de la Belleza, la Dulzura y la Soberanía de Dios. La Bondad es aparte: parece que de la Bondad toman origen dos series de tres atributos de Dios [potencia, justicia, sabiduría; belleza, dulzura, soberanía]. La Bondad ciertamente está casi por «amor», como en san Francisco; entonces, más que un atributo, es el nombre de la misma naturaleza de Dios. Los atributos son los aspectos de Dios al actuar en el mundo y al revelar a su Rostro a las creaturas. En esta revelación del Verbo divino, la Belleza, al principio de la segunda serie de atributos, parece concluir y resumir todo conocimiento de Dios. Así, en la palabra del Hijo que responde al Padre, aprobando plenamente su plan, se acentúan principalmente Bondad y Belleza […].

El Padre dispone dar una esposa al Hijo y Él corresponde a ese don con la revelación de la Bondad y la Belleza del Padre. La revelación es la misma glorificación.

La oración sacerdotal de Jesús en el cuarto Evangelio termina con las palabras: «Padre […] les di a conocer tu nombre y aún lo haré conocer, porque el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).

En el conocimiento de Dios está el proceso de la vida divina. El Verbo divino comunicará a la creatura, su esposa, todo su bien que es el conocimiento del Padre. Un conocimiento vivo en el amor.

La única propiedad de toda Personas divina es ser relación infinita de amor hacia la otra Persona correlativa. La propiedad del Hijo es la de ser Hijo. En el Hijo de Dios, la esposa se convierte en hija, será, con el Hijo y en el Hijo, un único Hijo unigénito. No sólo hablará del Padre, sino que dirigirá y llevará a la esposa hasta el Padre. Al comienzo, el Verbo encarnado habla del Padre: «Iré a decirlo al mundo – dice – y le hablaré de tu belleza». Y de verdad el Verbo no habla de Sí mismo, no revela a Sí mismo, sino que dice el nombre del Padre. Pero, en últimas, anuncia: «La sacaré del abismo de su miseria y la dirigiré hacia ti». El Hijo se dirige hacia el Padre, está frente a su Rostro. En su unión nupcial con el Hijo de Dios, la esposa participará en la relación de amor infinita entre el Hijo y el Padre. La esposa mirará al Padre con los ojos del Verbo.

La vida cristiana termina con la alabanza al Padre. Hechos una sola cosa con el Hijo, nosotros mismos seremos con Él alabanza de su gloria, viviremos con el Hijo en el seno del Padre.

Por la encarnación del Verbo, el hombre entra en el misterio de Dios; con el Esposo, la esposa penetra en este infinito misterio de amor y es arrastrada en la corriente infinita de amor que pasa de una Persona divina a la Otra. Nuestra relación no termina en el Hijo, si el Hijo es pura relación de amor con el Padre.

Es la vida divina: la transfiguración del ser, la luz, la alegría de la cual habla san Juan. Evidentemente esta relación de amor no puede ser otra cosa sino fuente de gozo, fuente de luz, fuente de eternidad. Sin embargo, la luz, la alegría, son fruto, efecto de lo que es esencial en la vida divina: ser relación de amor. La naturaleza de la vida cristiana es ser relación con el Hijo de Dios.

Según san Juan de la Cruz, la unión nupcial transforma al amante el cual se parece cada vez más al amado. Es más: transforma al amante en el amado y al amado en el amante.

De La teologia spirituale di san Giovanni della Croce, 1990  

“Una esposa que te ame…” (1990)

«Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería, / que por tu valor merezca…» (inicio del tercer Romance de san Juan de la Cruz). Si el Padre quiere donar una esposa al Hijo, el Hijo será el Esposo que se dona a la esposa y ella deberá donarse al Esposo.

No existe otro vínculo entre la esposa y el Esposo, excepto el del amor. «Una esposa que te ame»: ¿Qué quieren decir estas palabras? Suponen que la unión nupcial se debe cumplir con una doble donación: la del Esposo, porque la creatura no podría ser la esposa del Hijo de Dios si el Hijo no la amara y no se donara primero; pero también la de la esposa que responde al amor del Esposo con su mismo amor. Con esta donación recíproca se consuma la unión.

Es necesario que el mismo amor reine tanto en el uno como en la otra; en este amor se une el esposo a la esposa y la esposa al esposo. Así como el Espíritu Santo es la Unidad del Padre y del Hijo, así en el Espíritu Santo se cumple la unión del Esposo, que es el Hijo de Dios, con la esposa que es la creatura. En el acto de ese amor que orienta a los esposos el uno hacia el otro y realiza la donación recíproca del uno al otro es como se cumple la unión. El Padre celestial, en el designio de darle al Hijo una esposa, determina también que la esposa lo ame. No es solo el Esposo el que ama, también la esposa amará al Esposo. Y podrá amar al Esposo con el amor que Él “merece”, porque su amor es del Espíritu Santo.

Cuando la persona creada se convierte en la esposa de Cristo, sucede lo que dice el Padre: tal esposa «que, por tu valor, merezca / tener nuestra compañía». Si te casas, pierdes tu apellido y tomas el de tu esposo. Con el matrimonio la esposa pierde su apellido y adquiere el del esposo. Por el valor y la dignidad del Esposo, la esposa misma entra en el mundo de Dios, «en compañía» no sólo del Hijo sino también del Padre. El mismo Hijo la levanta y la lleva con la fuerza de su Espíritu. Si la esposa adquiere la dignidad del Esposo, ella, entonces, para el Padre cuenta lo mismo que cuenta el Hijo de Dios. El Padre ya no separa lo que el Amor ha unido. La esposa es verdaderamente una sola cosa con el Esposo, posee su misma riqueza y vive su misma vida. Por esto entra en el misterio inaccesible de Dios, es admitida a vivir su comunión con el Padre. Inseparable del Hijo, ella se vuelve en Él también inseparable del Padre. Ella es generada por el Padre en la misma generación del Hijo, y con el Hijo vive en el abismo de Dios, en pura relación de amor al Padre. No es que se multipliquen las Personas divinas, sino que la esposa ya no es extraña a la compañía de los Tres, su vida es la misma vida de Dios.

El designio de Dios depende todo de la libertad del amor, del amor del Padre que quiere donar una esposa a su Hijo, del amor del Hijo que quiere a la esposa. La libertad, sin embargo, nada le quita a la realidad del amor. No sería amor si no fuera libre, pero, ya que es el amor de Dios, es también un amor infinito y nada excluye en la donación de Sí mismo que Dios hace como Esposo a la esposa.

Si la esposa se nutre del mismo pan del Padre, entonces conocerá a su Esposo como lo conoce el Padre y en este conocimiento gozará de su posesión. En la posesión de su Esposo, ella vivirá la plenitud de todos sus bienes, así como los conoce y los disfruta el Padre: «a fin de que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo / de tu gracia y lozanía».

En realidad, como escribe el apóstol Juan: «El Hijo de Dios es la vida eterna» y en el Hijo de Dios es que el hombre posee esta vida que también es la vida del Padre. El Hijo se donará a la esposa y se convertirá en todo su bien, así como Él es el bien del Padre. La vida de la esposa es solo el Esposo. El conocimiento de Dios no puede multiplicar a Dios en una vana imagen de Él; su verdadero conocimiento no puede ser otra cosa que la posesión de Dios, no puede ser sino su morada en el hombre.

A las palabras del Padre el Hijo responde: «Mucho me agrada, Padre». Libertad en el Padre, libertad en el Hijo. Es libre el amor del Padre al crear y querer darle una esposa a su Hijo; libre es el amor del Hijo que hace suya la voluntad del Padre.

Del libro La teología espiritual de San Juan de la Cruz, 1990