jueves, enero 21, 2021

¿Mucho o… poco?

¿Creemos que hacemos mucho? Es a Dios a quien le debemos responder, a un Amor infinito. Todo lo que podamos hacer siempre será poco, si sentiremos de verdad que nuestra vida tiene que ser respuesta personal a un Amor infinito que nos quiere para Sí mismo.

Hablo mucho, escribo mucho…

«Ninguna vocación, no viene ninguno. Ciertamente la culpa es sólo mía. Hablo mucho, escribo mucho… pero ¡cuán lejos estoy de la santidad que ya hubiera debido alcanzar! Las palabras suenan falsas ni tienen la fuerza para renovar los ánimos, para prender en los demás el amor necesario para el despegue. Sin embargo, aun este fracaso mío, el fracaso de toda hazaña mía, no puede ni debe ser motivo de desaliento, sino de una fe más pura, de una esperanza más grande.

Nuestro pecado no hace menos grande su amor».

Tomado de Nel cuore di Dio, p. 327. 17 de febrero de 1985

Atreverse a lo imposible

«Debemos entender que la fe siempre es un milagro y exige de nosotros la superación de todo temor y la certeza de que Dios todopoderoso vive en nuestros corazones. Sería de verdad no sólo ingenuo, sino también culpable pensar que puede haber en nosotros la fuerza para lograr lo que humanamente es inalcanzable. Y todo lo que Dios nos pide es inalcanzable para el hombre.

Todo cristiano debe atreverse a lo imposible y, si cree en Dios, no solamente puede, sino que está obligado a atreverse».

De la circular de septiembre de 1999

Preguntas retóricas

«Esta mañana me preguntaba si la palabra de Dios es de verdad palabra de Dios para mí. ¿Es Dios de verdad el que me habla o soy yo el que finjo escuchar a otro, mientras me escucho sólo a mí mismo? Y me preguntaba: ¿Mi oración es de verdad mi palabra dirigida a Dios o más bien dirigida a mí mismo? A menudo, la vida religiosa ¿no es acaso algo irreal, falto de contenido, un dar vueltas en torno a sí mismo?

[…] Sin duda estas preguntas son retóricas, pero debemos repetírnoslas continuamente, para que no sea retórica la vida».

Diario, 6 de noviembre de 1967

Todo es alienante, si…

¡Cuánto más inteligente y verdadera es la concepción platónica que la que hoy quisiera reemplazarla! En realidad, no es la oración la que aliena, no es la vida religiosa, sino la vida del mundo, toda relación con las cosas y con los hombres, si esta relación no te conduce a Dios, en tu íntimo.

Alienante es comer, beber, dormir. Alienante todo trabajo, todo acontecimiento que te involucre, alienante incluso el amor humano. Todo te aparta de tu íntimo centro, no te restituye a ti mismo. Sólo en el acto en que te encuentras con Dios, te encuentras contigo también.

4 de marzo de 1981

Una amenaza constante

«Es natural y por lo tanto casi inevitable la conversión de la vida religiosa en una experiencia de tipo moral o metafísico. La oración se transforma en una meditación o contemplación de la verdad y Dios se trueca de Persona viva – el único absoluto Yo, el único absoluto Tú – en un Él neutro e impersonal. El Dios personal parece ser, ahora, casi un tropiezo en el esfuerzo de realizar, más allá de toda distinción personal, la Unidad del sujeto con el objeto en la experiencia suprema.

La amenaza de las religiones asiáticas es constante».

Diario, 7 de mayo de 1966

Los tres silencios

Primero el silencio que separa al hombre del torbellino de los pensamientos, luego el silencio para escuchar la palabra de Dios que te llama y, finalmente, el silencio que establece al hombre en el reposo de una

Cento pensieri sulla conoscenza di Dio, n. 92, p. 98

Quien sabe escribir…

Quien sabe escribir, sabe embaucar al lector. Os lo digo yo que escribo mucho. De mis libros parece que soy alguien, pero, cuando me conocen, se dan cuenta de quién soy: un pobre hombre. Es cierto que no queremos engañar, pero, como naturalmente y sin darnos cuenta, estamos inclinados a lucirnos con bellas frases y bellas palabras.

Dio solo e Gesù crocifisso (1985), p. 15

El verdadero conocimiento de Dios

«El hombre no podría conocer a Dios sino en la medida en que se trasforma en Él. Cualquier otro conocimiento de Dios tiende de por sí a transformar a Dios en el hombre, a adecuar a Dios a la pobreza de la creatura, a la pequeñez del hombre».