jueves, abril 15, 2021

APOSTOLADO SOCIAL

Temi per una nuova coscienza sociale (1944), pp. 21-24

El papa Pío XII ha afirmado que la responsabilidad del mal es también de los cristianos. ¿Por qué esta responsabilidad? El cristiano no puede ni debe querer que en la vida social tengan valor otras doctrinas sino la doctrina de Cristo, ni puede confiar a otros la tarea que sólo él puede y debe realizar, so pena de negar el integralismo cristiano. La sociedad cristiana debe ser obra de los cristianos. El dualismo en la vida del cristiano debe ser suprimido. El cristianismo es la salvación del hombre, del hombre como tal, de todo el hombre […].

Es tiempo de introducir a Dios en el mundo. Es tiempo que la luz de Cristo resplandezca y que el reconocimiento de su Realeza universal done a los hombres la justicia, el amor y la paz. Sólo en el reino de Cristo la justicia se abraza con el amor y del amor y la justicia nace la paz […].

Reniega de Cristo, que quiere ser amado en los hermanos, el que en estos días terribles niega su responsabilidad de cristiano y no expresa el propósito de entregar toda su vida y de ponerse al servicio de los hermanos luchando y sacrificándose para el advenimiento de una sociedad por fin cristiana, y con su pasividad trabaja para quienes preparan para el pueblo amargas ilusiones y ruina.

«Expresar su parecer sobre los deberes que se le imponen; no estar obligado a obedecer sin ser escuchado» no son sólo dos derechos, sino también deberes del hombre en el Estado. El cristiano no puede ni debe renegar y despojarse de su libertad ni siquiera frente al Estado. Por encima del Estado y de la sociedad él debe afirmar sus derechos personales, su dignidad natural que es el fundamento necesario de su dignidad sobrenatural como hijo de Dios. El cristiano no puede aceptar la pura pasividad en el Estado, delegando totalmente en él el cuidado y respeto de sí mismo. Un cristiano que acepte el totalitarismo de Estado ya ha negado su dignidad como persona, su libertad de hijo de Dios.

En el Estado, el hombre cristiano debe poder intervenir, porque él también debe contribuir a la vida pública: debe reaccionar, cuando se amenacen los derechos que ha recibido de Dios, no puede permitir que el Estado afecte el instituto familair, la vida de los ciudadanos, la propiedad, la libertad de la Iglesia; tampoco debe permitir que el Estado, reducido a un simulacro de poder y autoridad, esté a la merced de la violencia revolucionaria o consagre con sus leyes la injusticia social rechazando las justas reivindicaciones de una masa que debe llegar a la verdadera dignidad de pueblo, gozando  verdaderamente en la vida civil de aquellos derechos que Dios ha otorgado a cada uno.

Se miente a sí mismo el que se declare cristiano y no haga todo lo a su alcance para que el odio entre las clases y las naciones se calme, para que cese la injusticia social que aplasta las masas obreras, para que la persona humana posea, en el nuevo orden social, la libertad jurídica, política y económica que sola permite un vivir humano. Y es difícil ver cómo cada uno pueda contribuir a esta sanación del mundo, sin entrar apasionadamente en un movimiento político que reúna a todas las almas rectas y de buena voluntad en una sola aspiración, en una sola fuerza, en una sola acción política. Le miente al pueblo el que se declare cristiano y no haga lo que el pueblo espera de una fe que anuncia justicia, amor entre los hombres, paz en la fraternidad universal. ¿Por qué la masa hoy no frecuenta la Iglesia, si no por culpa de los que nos hemos dado al pueblo una prueba suficiente de que el cristianismo no es solamente una luminosa doctrina, sino también realización de ella? Acción es el mandamiento de esta hora. Hagamos de manera que el pueblo vea el poder milagroso del amor cristiano, y el pueblo dejará de agitarse yendo tras cuantos los ilusionan con falsas promesas.

Miente, por fin, a Dios mismo el que se diga cristiano y no tenga como tal el vivo deseo del bien, la voluntad fuerte y determinada de servir a Dios en su prójimo. Sólo el que sirve es grande frente al Señor. Dios reconoce a sus hijos del amor y el servicio que brindan a su prójimo.