domingo, abril 21, 2019

“Una esposa que te ame…” (1990)

«Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería, / que por tu valor merezca…» (inicio del tercer Romance de san Juan de la Cruz). Si el Padre quiere donar una esposa al Hijo, el Hijo será el Esposo que se dona a la esposa y ella deberá donarse al Esposo.

No existe otro vínculo entre la esposa y el Esposo, excepto el del amor. «Una esposa que te ame»: ¿Qué quieren decir estas palabras? Suponen que la unión nupcial se debe cumplir con una doble donación: la del Esposo, porque la creatura no podría ser la esposa del Hijo de Dios si el Hijo no la amara y no se donara primero; pero también la de la esposa que responde al amor del Esposo con su mismo amor. Con esta donación recíproca se consuma la unión.

Es necesario que el mismo amor reine tanto en el uno como en la otra; en este amor se une el esposo a la esposa y la esposa al esposo. Así como el Espíritu Santo es la Unidad del Padre y del Hijo, así en el Espíritu Santo se cumple la unión del Esposo, que es el Hijo de Dios, con la esposa que es la creatura. En el acto de ese amor que orienta a los esposos el uno hacia el otro y realiza la donación recíproca del uno al otro es como se cumple la unión. El Padre celestial, en el designio de darle al Hijo una esposa, determina también que la esposa lo ame. No es solo el Esposo el que ama, también la esposa amará al Esposo. Y podrá amar al Esposo con el amor que Él “merece”, porque su amor es del Espíritu Santo.

Cuando la persona creada se convierte en la esposa de Cristo, sucede lo que dice el Padre: tal esposa «que, por tu valor, merezca / tener nuestra compañía». Si te casas, pierdes tu apellido y tomas el de tu esposo. Con el matrimonio la esposa pierde su apellido y adquiere el del esposo. Por el valor y la dignidad del Esposo, la esposa misma entra en el mundo de Dios, «en compañía» no sólo del Hijo sino también del Padre. El mismo Hijo la levanta y la lleva con la fuerza de su Espíritu. Si la esposa adquiere la dignidad del Esposo, ella, entonces, para el Padre cuenta lo mismo que cuenta el Hijo de Dios. El Padre ya no separa lo que el Amor ha unido. La esposa es verdaderamente una sola cosa con el Esposo, posee su misma riqueza y vive su misma vida. Por esto entra en el misterio inaccesible de Dios, es admitida a vivir su comunión con el Padre. Inseparable del Hijo, ella se vuelve en Él también inseparable del Padre. Ella es generada por el Padre en la misma generación del Hijo, y con el Hijo vive en el abismo de Dios, en pura relación de amor al Padre. No es que se multipliquen las Personas divinas, sino que la esposa ya no es extraña a la compañía de los Tres, su vida es la misma vida de Dios.

El designio de Dios depende todo de la libertad del amor, del amor del Padre que quiere donar una esposa a su Hijo, del amor del Hijo que quiere a la esposa. La libertad, sin embargo, nada le quita a la realidad del amor. No sería amor si no fuera libre, pero, ya que es el amor de Dios, es también un amor infinito y nada excluye en la donación de Sí mismo que Dios hace como Esposo a la esposa.

Si la esposa se nutre del mismo pan del Padre, entonces conocerá a su Esposo como lo conoce el Padre y en este conocimiento gozará de su posesión. En la posesión de su Esposo, ella vivirá la plenitud de todos sus bienes, así como los conoce y los disfruta el Padre: «a fin de que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo / de tu gracia y lozanía».

En realidad, como escribe el apóstol Juan: «El Hijo de Dios es la vida eterna» y en el Hijo de Dios es que el hombre posee esta vida que también es la vida del Padre. El Hijo se donará a la esposa y se convertirá en todo su bien, así como Él es el bien del Padre. La vida de la esposa es solo el Esposo. El conocimiento de Dios no puede multiplicar a Dios en una vana imagen de Él; su verdadero conocimiento no puede ser otra cosa que la posesión de Dios, no puede ser sino su morada en el hombre.

A las palabras del Padre el Hijo responde: «Mucho me agrada, Padre». Libertad en el Padre, libertad en el Hijo. Es libre el amor del Padre al crear y querer darle una esposa a su Hijo; libre es el amor del Hijo que hace suya la voluntad del Padre.

Del libro La teología espiritual de San Juan de la Cruz, 1990